Ahora que se aproxima el periodo electoral comienzan a avizorarse movimientos de personajes de la vida pública balear para agitar, en beneficio propio, las diferentes patrias que llevan décadas alimentando opíparamente a buena parte de nuestros políticos. Los difíciles tiempos que hoy vivimos contribuyen favorablemente al festín identitario, pues la construcción de «relatos» y la demonización polarizadora de los adversarios han sustituido a las políticas de gestión y al simple examen de resultados realizada por los ciudadanos al ejercer el voto.

Esa contraposición entre gestión y relato se hace aún más evidente en los dos extremos del tablero político, unos que remueven con cualquier pretexto la patria española y otros que reivindican la catalana o la insular, según el grado de adhesión a los constructos identitarios elaborados por los movimientos románticos de finales del siglo XIX. Nada tiene ello que ver con la legítima y necesaria defensa de nuestras raíces propias y nuestro seny particular en materia de lengua, cultura, manifestaciones artísticas e idiosincrasia insular, sanas reivindicaciones que deberían sostener sin excepción todos los integrantes del espectro político.

Entre dichas reivindicaciones debería destacar, de manera preferente, la defensa y enseñanza de las modalidades lingüísticas propias de cada isla, y también el estudio profundo y la divulgación exhaustiva de lo que supuso la monarquía privativa de Mallorca -que abarcaba todas las Baleares-, con nuestros Reyes Jaime I, Jaime II, Sancho I y Jaime III y sus desdichados descendientes, sin pretender reproducir nostálgicamente en el siglo XXI estructuras políticas medievales de las que todo lo que se desconoce acaba siendo inventado.

Resulta muy interesante, para analizar ciertas desbordadas pasiones identitarias, conocer varios resúmenes históricos publicados recientemente en la red social X por el tuitero Ander (nombre en redes del historiador Ander Lourido). En relación con el nacionalismo vasco, cuenta que Euskal Herria es un invento de un racista bilbaíno llamado Sabino Arana que prefería «una Vizcaya de vascos que hablaran castellano a una llena de inmigrantes que hablaran euskera, porque la raza no se restaura». Históricamente, las Vascongadas nunca fueron independientes, y formaron parte del Reino de Navarra, siendo su evolución política posterior -hasta el movimiento independentista actual- dirigida por carlistas españoles como el propio Arana. Es conocido que los vasquistas de Don Sabino pasaron de defender un tradicionalismo foral y católico a un separatismo racial, inventándose una raza superior que odiaba a la España de donde todos procedían. Hoy, ahondando en ese odio que desaparece donde empieza la cartera, siguen viviendo opíparamente -favorecidos por el régimen del Cupo- del país que dicen odiar.

Entre dichas reivindicaciones debería destacar la defensa y enseñanza de las modalidades lingüísticas propias de cada isla, y también el estudio y la divulgación de lo que supuso la monarquía privativa de Mallorca

Y en relación con el nacionalismo catalán, que acaba de celebrar hace pocos días su declinante Diada, explica que no perdió un país el 11 de septiembre de 1714, sino una guerra por el trono de España. Ese no fue un conflicto de secesión, como capciosamente nos quieren colocar, sino una guerra dinástica por la corona de toda España. Y los mártires de dicha efeméride tienen su biografía burdamente manipulada: Antonio Villarroel, el general que defendió Barcelona, hijo de gallego y asturiana, arengó a sus soldados diciendo que «peleáis por nosotros y por toda la nación española»; y Rafael Casanova, en cuya tumba depositan flores cada mes de septiembre, no murió como mártir en el conflicto, sino que resultó herido, se hizo pasar por muerto, sobrevivió 30 años y murió ejerciendo de abogado proclamando su amor a España. Los mitos inventados de la Diada los fabricó el catalanismo de la Renaixença, acabando el siglo XIX, cuando necesitaron convertir una mera derrota dinástica en un altar nacionalista a la medida de sus ensoñaciones independentistas. Y, desde entonces, siguen viviendo de forma opípara del Estado al que dicen odiar. Como sucede con los vascos, el odio llega justo hasta donde empieza la pela.

La utilización abusiva de cierto españolismo folklórico resulta también inconveniente en las reivindicaciones partidistas de otros de nuestros políticos, que deberían trabajar mejor para convencer a la gente con argumentos de más peso que apelaciones a la raza, a los tercios, a ciertos atributos colgantes o al patrioterismo más cañí. Aunque, en este caso, más de 500 años de apabullante historia universal demuestran que no se trata, al menos, de una patria inventada.