De distintos colores, pero inconfundibles
Cultura
La Ibiza que se teje a los pies
De los campos y el 'ball pagés' a la moda contemporánea, las espardenyen eivissenques conservan una de las técnicas artesanales más delicadas de la isla
En el borde de una espardenya, justo donde la tela blanca se encuentra con la suela, hay una hilera de puntadas que resulta fácil pasar por alto. No cumple una función ornamental: mantiene unidas dos materias vegetales que, antes de encontrarse en el zapato, han seguido procesos completamente distintos. Abajo está el esparto trenzado que forma la base; encima, la pieza tejida que cubre el pie y que tradicionalmente se confecciona con pita. Basta fijarse en esa unión para empezar a entender por qué un calzado de apariencia tan sencilla exige bastante más trabajo del que muestra una vez terminado.
La pita, de hecho, no llega a manos de la artesana convertida en el hilo blanco que vemos en la espardenya. La fibra vegetal debe pasar antes por un proceso de preparación que incluye su limpieza, secado y blanqueado, hasta obtener un material que pueda trabajarse y tejerse. Sólo después comienza a reconocerse el zapato. La fibra preparada se trabaja hasta formar la pieza que cubrirá el pie, se ajusta a la suela y se cose siguiendo su contorno; los cordones completan una estructura pensada para sujetarse al tobillo. El resultado pesa poco y apenas deja ver la complejidad de su fabricación, porque buena parte del trabajo queda escondida precisamente cuando la espardenya está acabada.
El origen
Durante generaciones, esa fabricación respondió a una necesidad bastante más ruda que la que hoy asociamos a la indumentaria tradicional. Las espardenyes acompañaron a los habitantes del campo ibicenco en el trabajo y en los desplazamientos diarios, antes de quedar vinculadas a una imagen de Ibiza que ahora reconocemos sobre todo a través del ball pagès y de los distintos vestidos tradicionales de la isla. Lo que hoy se conserva como una pieza característica de esa indumentaria fue primero un objeto de uso, sometido al desgaste y pensado para una vida en la que el calzado debía poder hacerse con materiales disponibles y conocimientos transmitidos dentro de la propia comunidad.
Tampoco todas las espardenyes se construían de la misma manera. Entre los modelos femeninos tradicionales se encuentran las denominadas de morret o capelleta, en las que la parte delantera del pie queda cubierta, mientras que determinados modelos masculinos presentan una configuración diferente. Son variaciones que pueden resultar poco evidentes para quien observa por primera vez un conjunto de indumentaria tradicional, pero que permiten distinguir formas de vestir y modelos que durante años convivieron dentro de la isla.
La cuestión ahora es quién sabe hacerlas. El registro de artesanos del Consell d'Eivissa recoge a Núria Costa Reverter, que trabaja en la recuperación del oficio y organiza cursos en los que enseña el proceso de confección, además de otras artesanas como Catalina Ribas Boned y Patricia Monjo Díaz. Esta última está vinculada a Espardenyes Torres, un proyecto en el que el conocimiento heredado se utiliza también para fabricar modelos pensados para un mercado contemporáneo, lejos ya del contexto campesino en el que nació este calzado.
Esa adaptación se aprecia enseguida en los escaparates. Han aparecido plataformas, colores y diseños que se apartan de la espardenya blanca asociada al traje tradicional, y el zapato ha entrado en un terreno en el que convive con la moda y con un público que probablemente nunca lo utilizará para bailar ball pagès. La transformación afecta a su aspecto y a la manera de llevarlo pero la fabricación a mano permanecen indemnes.