Durante años, los parlamentos se consideraron «templos de la palabra». La expresión no deja de tener su punto naíf porque en las cámaras siempre hubo representantes del pueblo incapaces de hace una O con un canuto. Ya no te digo hablar desde una tribuna sin confundir el diccionario con una pelota de fútbol. Pero dábamos esa expresión por buena porque la calidad de algunos oradores, al margen de su ideología, compensaba la indigencia verbal de los menos dotados para la retórica. Entonces, llegó Gabriel Rufián con su impresora, sus esposas y sus casquillos de bala, y la palabra fue sustituida por el objeto.

Rufián creó tendencia. Abascal subió al estrado del Congreso con un adoquín y una diputada del PP esgrimió desde su escaño un espray de gas pimienta. Esta última fue una estupidez tan grande que le va a costar a su señoría una sanción disciplinaria. Sin embargo, la mayoría de diputados y diputadas no cuentan con suficientes dotes interpretativas, o con suficiente jeta, y se conforman con vestir camisetas reivindicativas en el salón de plenos, exhibir fotografías y portadas de periódicos, o poner pegatinas en la tapa del ordenador. Toda una revolución del parlamentarismo, un ejemplo de intrepidez sin límites que triunfaba en Twitter y economizaba los discursos. Ya no era necesario juntar cuatro palabras o dos ideas argumentales para lanzar un mensaje. El mensaje que se lanzaba era el objeto, como aquella sandalia que un diputado de la CUP amagó con arrojar a Rodrigo Rato en el Parlament de Cataluña.

Pero los objetos inanimados —impresoras, adoquines o zapatos— tienen sus limitaciones. Son elementos sin vida, inconscientes y con nula capacidad para comunicar sin una mínima explicación previa. Era necesario llevar un paso más allá el circo parlamentario para captar la atención de unos espectadores cada día más desencantados con el teatrillo político. Había que utilizar algún ente animado cuya situación conmoviera por sí misma a cualquier persona de bien. A partir de un drama personal, ya se encargaría el diputado con menos pudor de sentenciar quiénes son los culpables.

Analizada con detalle, la escena que se vivió el pasado martes en el Parlament de Baleares debería provocar el sonrojo a cualquier ciudadano que no esté cegado por la ideología. Un diputado entró en el salón de Plenos llevando del brazo a una mujer sexagenaria desesperada por un desahucio sufrido hace unos meses. El diputado es militante de un partido cuyo secretario general es presidente del Gobierno desde hace ocho años, un hombre que prometió estando en la oposición que, si alcanzaba el poder, en España se acabarían los desahucios. Bajo los mandatos de Pedro Sánchez se han producido más de 270.000 lanzamientos, pero esta cifra no amilanó al diputado lazarillo que introdujo en el hemiciclo a Pilar, que así se llama la mujer desahuciada.

Los planes se empezaron a torcer para el PSOE cuando, para sorpresa de los manipuladores, la señora mostró la suficiente dignidad y educación como para mantenerse en silencio y no interrumpir con gritos ni insultos las intervenciones parlamentarias que se producían en su presencia. O sea, que esa mujer, con todo el drama que lleva a su espalda, a los efectos que buscaba el PSOE se estaba comportando como una impresora, un adoquín o un zapato, porque no pronunció palabra. Al diputado lazarillo no le quedó más remedio que, al sacar a Pilar de la sala, espetar a la presidenta Prohens el exabrupto que el objeto animado que portaba para su espectáculo rufianesco, la pobre Pilar, no había sido capaz de proferir: «no tienes vergüenza, gritó.

La prueba irrefutable de la intención perversa de esta escena provocada llegó unos segundos después. Cuando Prohens se levanta para hablar con la mujer, ambas se abrazan. Pilar rompe a llorar y comienza a hablar al oído de la presidenta. Entonces, el diputado lazarillo pierde definitivamente los papeles y tira del brazo de la mujer para llevársela y apartarla de Prohens, no fuera a decirle o a escuchar algo que no estuviera en el guion. Es decir, ni siquiera se trataba de conmover a la presidenta, algo que sólo podía lograr la afectada, sino simplemente de montar el número y dictar sentencia. En el PP sólo hay malas personas, pero el partido sanchista se preocupa por Pilar tanto o más que por Begoña Gómez.

A estas alturas de la columna pueden quedar lectores que piensen que exagero. A éstos, si no tuvieran cosas más importantes que hacer, les recomendaría que perdieran diez minutos y escucharan el audio completo, sin cortes, de las declaraciones de Pilar ante los medios de comunicación justo después del incidente en el Pleno. La mujer describe angustiada su situación personal, pero la pobre no termina de dejar claro con sus palabras que la culpa es de la derecha. Así que una representante de la Plataforma anti desahucios la interrumpe cada tanto para puntualizar que el tema «no va de ideologías», pero la culpa de todo es del PP y de Vox. Por el Salón de Pasos Perdidos, se extendía sin remedio el olor a podrido de toda aquella operación.

El buitre es una ave que no sólo se alimenta de carroña, sino que es capaz de sobrevolar durante horas, incluso días, sobre un animal que percibe moribundo. Como los fondos que buscan en el mercado activos con riesgo elevado para comprarlos a bajo precio, o los diputados que olfatean la desesperación para cogerla del brazo e intentar convertirla en votos.