Una de las millones de tiendas por todo el mundo que hacen el agosto con los elementos de Halloween

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Tradiciones

Halloween ya invade los escaparates pero Mallorca tiene sus propias reglas para recordar a sus difuntos

Mucho antes de que las calabazas de plástico y los disfraces de bruja invadiesen los escaparates -darse un paseo horroroso- los mallorquines dejaban velas encendidas para que sus difuntos encontraran el camino de regreso a casa

Mucho antes de que Halloween se extendiera por Mallorca, con sus disfraces, calabazas y decoraciones, los mallorquines ya celebraban los últimos días de octubre y los primeros de noviembre con unas costumbres profundamente arraigadas en la vida familiar y religiosa. Eran jornadas dedicadas al recuerdo de los seres queridos, a la oración por los difuntos y a unas tradiciones que se transmitían de padres a hijos.

La festividad de Todos los Santos, el 1 de noviembre, y la conmemoración de los Fieles Difuntos, el día 2, ocupaban un lugar destacado en el calendario cristiano. La primera recordaba a todos aquellos que habían alcanzado la santidad y gozaban de la presencia de Dios. La segunda invitaba especialmente a rezar por las almas de los fallecidos, confiando en la misericordia divina y en la esperanza de la resurrección. En Mallorca, estas celebraciones religiosas convivían con numerosas costumbres populares que reflejaban la estrecha relación de las familias con la memoria de sus antepasados.

Una de las más conocidas estaba relacionada con sa nit de les Ànimes. Según una antigua creencia popular, durante aquellas fechas las almas de los difuntos podían regresar a los lugares donde habían vivido. Se trata de una tradición transmitida durante generaciones, que expresaba de manera simbólica la permanencia del vínculo afectivo con quienes habían fallecido. En algunas viviendas se dejaba una vela encendida o un candil alumbrando alguna estancia durante la noche. Había familias que mantenían una silla junto al fuego, un lugar dispuesto en la mesa o incluso una cama preparada. Eran gestos heredados de los mayores que, dentro de la religiosidad popular, manifestaban el recuerdo y el respeto hacia los familiares ausentes.

Estas prácticas formaban parte de una época en la que la muerte se vivía con mayor cercanía dentro de las casas. Los abuelos transmitían a sus nietos las historias familiares, se recordaba a quienes habían partido y se enseñaba a los pequeños la importancia de rezar por sus almas.

La fe católica ofrecía el verdadero sentido espiritual de aquellas jornadas. La muerte no significaba el final de la existencia, sino el paso hacia la vida eterna. La oración por los difuntos, especialmente por las almas del purgatorio, constituía una expresión de caridad cristiana y de confianza en la salvación. Por eso, las misas, los responsos, el rezo del rosario y las visitas a los cementerios eran parte esencial de la celebración. Las familias acudían a las sepulturas, las limpiaban, depositaban flores y dedicaban unos momentos de oración a sus seres queridos.

Los rosarios de azúcar que esperaban los niños

Todos los Santos también era una celebración especialmente esperada por los más pequeños. Una de sus tradiciones más características eran los rosaris ensucrats, unos vistosos collares de dulces que los padrinos regalaban a sus ahijados y que llegaron a convertirse en una de las imágenes más entrañables de estas fechas en Mallorca. Su forma recordaba a la del rosario, aunque su finalidad era distinta. Se elaboraban ensartando golosinas, frutas confitadas, panellets y otras piezas de azúcar hasta formar una larga sarta que los niños podían llevar colgada del cuello. En uno de sus extremos destacaba la patena, una pieza de mayor tamaño, tradicionalmente elaborada con calabaza confitada, que remataba el conjunto.

Durante aquellos días, las confiterías y los obradores preparaban los rosarios con especial dedicación. Sus escaparates se llenaban de colores y dulces que anunciaban la proximidad de Todos los Santos.

La costumbre llamó incluso la atención de viajeros extranjeros que visitaron Palma entre finales del siglo XIX y principios del XX. En sus descripciones de la ciudad dejaron constancia de aquellos singulares rosarios que aparecían cada año en las confiterías.

Más allá del regalo, la tradición tenía un importante significado familiar. Los padrinos renovaban con aquel obsequio el afecto hacia sus ahijados, en una relación que, dentro de la tradición católica, estaba vinculada al acompañamiento espiritual y a la responsabilidad adquirida en el bautismo.

Buñuelos

También era tiempo de buñuelos. En muchas cocinas se preparaba la masa desde temprano y los establecimientos dedicados a su elaboración recibían a numerosas familias. Recién hechos y espolvoreados con azúcar, acompañaban las reuniones domésticas de aquellas jornadas. Así, junto al recogimiento de las celebraciones religiosas, había espacio para los pequeños regalos, las visitas familiares y las costumbres gastronómicas que daban a estas fechas un carácter propio.

Ses animetes y el recuerdo de los antepasados

Otra antigua tradición mallorquina era la conocida como ses animetes, especialmente apreciada por los niños. Durante la noche, los adultos escondían dulces en diferentes rincones de la vivienda. A la mañana siguiente, los pequeños los buscaban con entusiasmo, mientras los mayores les explicaban, siguiendo la costumbre popular, que habían sido las ánimas de los familiares difuntos quienes los habían dejado.

En una sociedad donde las historias se transmitían principalmente de forma oral, estas prácticas ayudaban a conservar la memoria familiar y las particularidades culturales de cada pueblo.

La oración por los difuntos, una tradición profundamente arraigada

En la Mallorca de generaciones pasadas, la muerte estaba mucho más presente en la vida del día a día. Los velatorios se celebraban habitualmente en las viviendas, los familiares acompañaban de cerca a los enfermos y el fallecimiento de una persona implicaba la participación de vecinos y allegados. Las campanas anunciaban las defunciones y las comunidades parroquiales acompañaban a las familias en los funerales y en las oraciones por el eterno descanso de sus seres queridos.

El luto tenía también una importante dimensión social. La manera de vestir, las celebraciones familiares y determinados hábitos cotidianos reflejaban el respeto hacia la persona fallecida. En este contexto, la conmemoración de los Fieles Difuntos adquiría una especial relevancia.

La Iglesia católica enseña que la comunión de los santos une espiritualmente a los fieles que peregrinan en la tierra, a las almas que se purifican y a quienes ya gozan de la presencia de Dios. Desde esta convicción, rezar por los difuntos constituye una obra de misericordia y una expresión del amor que permanece más allá de la muerte.

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