Jaime I con sus tropas durante la conquista de Mallorca en 1229, representada en pintura medieval

Historia

Cuando Baleares se incorporó a la Gran Provenza en el siglo XIII

La lengua de oc de los nuevos pobladores se fundió con el habla de los Rum y dio lugar al mallorquín que plasmó Ramón Llull

La flota cruzada de ciento cincuenta y cinco naves comandadas por Jaime I de Aragón, la más importante vista en el Mediterráneo occidental hasta esa fecha zarpó en el mes de septiembre de 1229 desde los puertos de Salou, Cambrils y Tarragona hacia Mallorca. Después de librar una terrible tempestad la flota de conquista se concentró frente a los islotes mallorquines de Dragonera y Panteleu. Fue precisamente en Panteleu donde los cruzados contactaron con los cristianos que quedaban en Mallorca después de tres siglos de la dominación musulmana, los Rum, los mozárabes. En el autobiográfico «Llibre dels fets», Jaime I relataba que cuando pisó por primera vez tierra mallorquina en «aquel pug del Pantaleu» se le acercó «Alí de la Palomera, nedant a nós, e contà’ns noves de l’illa, e del rei, e de la ciutat».

De la conversación en Panteleu, el cronista Bernardo Desclot detallaba que durante la entrevista con el monarca Alí «saluda-lo en son llatí», es decir, en la lengua mozárabe de los Rum. Alí conocía la lengua de oc de Jaime I. No fue necesario ningún intérprete, como en posteriores ocasiones: «enviam-hi don Nuno ab deu cavallers seus, e un jueu de Saragossa qui sabia algarvia (la lengua árabe) per trujanman (traductor)». Con otros mallorquines, Ben Habet el poderoso señor de Pollensa, tampoco fue necesario un «trujanman» para parlamentar: «dix-nos lo sarraí que enviàssem cavallers a un bon lloc que era prop de la host una llegua». Tanto Alí como Ben Habet vieron la oportunidad de quitarse de encima la intransigencia y opresión almohade que les ahogaba y, además, poder retornar a la religión cristiana de sus antepasados.

Hacía relativamente pocos años que los almohades habían llegado a Mallorca. En 1203 la escuadra comandada por Idris ibn Yusuf y Utman ibn Abí Hafs había tomado Medina Mayurka tras derrocar a la dinastía autóctona mallorquina de los Ghaniya. Los nuevos dominadores aplicaron la misma estrategia usada para dominar la isla desde hacía milenios, se asentaron en Medina Mayurka y en los castillos roqueros de Santueri, Alaró y Pollensa desde donde controlaban toda la isla y sus comunicaciones. Desde su llegada la intransigencia almohade se había cebado en la población Rum y sarracena mallorquina, descendiente de romanos y bizantinos, que vivía en el campo y en las montañas; y que aún se había incrementado mucho más después de la trascendental victoria cristiana de las Navas de Tolosa, que supuso una mayor llegada de almohades a Mallorca.

Aunque el catalanismo niega la existencia del mozárabe mallorquín el filólogo catalán Antonio M. Badía admite la existencia de un «enigmático substrato»

El walí Abu Yahia había cedido a las exigencias de los recién llegados para que se les entregasen las tierras tanto de los mallorquines islamizados, como de andalusíes, árabes y bereberes. La opresión de los almohades había predispuesto a los mallorquines, como Alí de la Palomera y Ben Habet, a cooperar con Jaime I para deshacerse del yugo integrista almohade. Ante la potente flota cruzada la población de la isla había quedado dividida. Los Rum y los mallorquines islamizados que habitaban en el campo y en las montañas apoyaron a Jaime I, mientras que los sarracenos, a pesar del rigor almohade se refugiaron en la medina. El resultado fue la toma de la capital con muchos muertos y la huida de los supervivientes hacia los castillos roqueros, la sierra de Tramontana y la sierra de Artá.

Tras la toma de la capital, el grueso de los caballeros y sus huestes regresó al continente con su parte del botín. El rey Jaime se quedó en la isla con una fuerza reducida de apenas trescientos caballeros, principalmente de las Órdenes Militares como el Temple y el Hospital, para hacer frente a los focos de resistencia musulmana en Artá y Tramontana, además de la terrible epidemia de peste causada por la acumulación de cadáveres en la ciudad. El monarca comenzó la organización administrativa del nuevo reino cristiano de Mallorca con la promulgación de la Carta de Franquezas del día 1 de marzo de 1230, instrumento legal clave para atraer pobladores.

Desde Roma se exhortó a la llegada de nuevos pobladores para tomar el control efectivo de la isla para reforzar la recristianización del reino y evitar que volviera a caer en manos musulmanas, como había sucedido un siglo antes, en 1115, con la exitosa Cruzada pisana. En el mes de febrero el papa Gregorio IX había ordenado al arzobispo de la localidad occitana de Embrún, Bernard Chabert, que publicase el otorgamiento de las mismas indulgencias concedidas a los cruzados de Tierra Santa a sus diocesanos que fuesen a poblar Mallorca. Nuevamente a finales de 1230 emitió otro breve donde otorgaba indulgencias de Cruzada no solo para los que habían quedado en Mallorca, sino para todos aquellos que auxiliaran en la consolidación de las tierras «recién adquiridas o por adquirir». Y posteriormente, ya con toda la isla totalmente tomada, en 1233, concedió tres años de indulgencia a los súbditos de «Aragonie et Navarre, regna et circumvecinas provincias constituitas». Las acciones del Papa fueron fundamentales para asegurar que Mallorca no fuera solo una conquista militar temporal, sino un territorio cristiano estable y habitado frente a las costas del norte de África.

Los nuevos pobladores mallorquines que llegaron procedían mayoritariamente de las mismas tierras de la Gran Provenza de los cruzados: Lérida, Cataluña, Aragón, Languedoc, Gotia, Provenza... En esos años desembarcaron pobladores procedentes de Gotia y Languedoc que habían perdido sus propiedades y su patrimonio después de la desoladora Cruzada albigense. También fueron llegando payeses de remensa catalanes procedentes de las tierras de economía y sociedad feudales, como eran los condados de Barcelona y Ampurias, a diferencia de los marquesados de Tortosa y Lérida donde ya disfrutaban de Cartas de Población con las mismas libertades que la carta mallorquina. Los payeses de remensa estaban adscritos a la tierra de su señor, por lo que sólo podían obtener la libertad con la compra a su señor. No fue hasta 1249 que aquella realidad jurídica mallorquina quedó reforzada para los remensas que llegaron a Mallorca desde Cataluña con el privilegio dado en Valencia, donde se explicitaba su remisión si se quedaban a poblar Mallorca: «Quod populatores Majoricarum non teneantur redimire se a dominis si quos in Cathalonia vel alibi habuerint» [Que los pobladores de Mallorca no estén obligados a redimirse de los señores que tuvieren en Cataluña o en otra parte]. Aunque de todos modos tampoco llegaron muchos ya que aún se daban cartas de población para repoblar el Campo de Tarragona, y además quedaba mucho más cercano el recién conquistado reino de Valencia.

Dado que la inmensa mayoría de los nuevos pobladores de Mallorca pertenecían a la Gran Provenza, a las tierras de la lengua de oc que abarcaba desde Provenza, pasando por Gotia y Barcelona, hasta Tarragona, comunicarse y entenderse entre ellos se realizó sin problemas. La lengua de oc traída por los colonizadores se fundió con la lengua de los Rum, dando lugar a la nueva lengua mallorquina, que fue la que Ramón Llull plasmó en sus escritos. Aunque el catalanismo niega explícitamente la existencia del mozárabe mallorquín el filólogo catalán Antonio M. Badía admite la existencia de un «enigmático substrato», que no es más que el mozárabe mallorquín: «havent-s’hi conservat els trets de l’ignot substrat corresponent (...) aquests trets, formarien (...) la manera d’ésser dels parlars baleàrics» [habiéndose conservado los rasgos del ignoto substrato correspondiente (...) estos rasgos, formarían (...) la manera de ser de las hablas baleáricas]. De hecho, no fue hasta hace un siglo que el romanista suizo Werner Meyer-Lübke en su obra «Das Katalanische» [«El catalán»] rompió la secular unidad de la lengua de oc al dejar de considerar al catalán un dialecto del provenzal.