El cardenal Joseph Ratzinger (futuro Benedicto XVI) y el cardenal Marcelo González en 1990Levan Ramishvili

El arzobispo de Toledo que pudo ser Papa y señaló con premonitorio acierto cinco defectos de la Constitución

Marcelo González Martín también fue arzobispo de Barcelona durante cuatro años convulsos (1967-1971) por el rechazo de los catalanistas que querían un prelado catalán

Marcelo González Martín pudo haber sido Papa en lugar de Juan Pablo I, protagonista del pontificado más breve de la Historia: 33 días. Albino Luciani murió oficialmente de un infarto poco más de un mes después de su elección, pero las teorías conspirativas de que algo más había pasado siguen estando presentes.

«No se pueden guardar secretos»

Precisamente que «algo había pasado» fue la expresión referida a la no elección entonces de Marcelo González. Contó su secretario personal, en una entrevista en Religión en Libertad, que un periódico de Madrid tituló «Pudo ser Papa» junto a una foto del arzobispo español, a lo que este dijo: «No se pueden guardar secretos, aquí hay alguien que lo ha violado».

Nunca fue Papa, pero el arzobispo de Toledo durante casi un cuarto de siglo, desde 1971 a 1995, sí fue un cardenal destacado y respetado, amigo de Papas, sobre todo de Juan Pablo I y de Juan Pablo II, a quien consiguió llevar a Toledo en 1982 contra pronóstico. Ese fue uno de los muchos «triunfos» que consiguió a lo largo de su vida.

No quiso ser arzobispo de Barcelona. Siéndolo, quiso renunciar ante los problemas de quienes no le querían por español, los catalanistas, y de quienes no le querían por acercarse a los catalanistas por aprender la lengua y promover la liturgia en ella. Fueron tiempos de manifestaciones y de rechazos fuera y dentro de la Iglesia que acabaron cuando en 1971 fue nombrado cardenal (por Pablo VI) primado de España y arzobispo de Toledo.

Predicador esencial (decidió seguir como arzobispo de Barcelona porque la alternativa era enviarle a una congregación, donde no se predica), uno de sus sermones, en forma de pastoral, más conocidos y notables fueron sus cinco objeciones (en realidad fueron seis, pero la última la descartó) a la Constitución como Consejero de Estado que también era.

Cinco objeciones anunciadoras

Estas fueron que no apareciera el nombre de Dios en el texto en un país católico por mayoría; que no hubiera referencias a la ley natural, por lo que esta quedaba al arbitrio de los poderes públicos; que no hubiera una protección expresa para la familia, lo que favorecía la llegada de la ley de divorcio; lo mismo en cuanto a la vida humana y al aborto; y la falta de garantías de la libertad de enseñanza.

La sexta discrepancia no escrita (para que no pensaran que iba contra Cataluña) fue poner el foco en la ambigüedad del término «nacionalidades». Pensó, porque lo había vivido en sus tiempos de Barcelona, que algunos lo utilizarían para intentar la división de España («cola y disgustos», dijo que traería), y que podría producir el enfrentamiento entre españoles que había superado la Transición.

La vida misma casi medio siglo después. No se equivocó el cardenal que pudo ser Papa, el arzobispo de Toledo que no podía vivir sin predicar, cuya epístola en este caso resultó perfectamente acertada.