Palazuelos, en Guadalajara
El pequeño pueblo escondido de Guadalajara que es una máquina del tiempo
Un transporte al pasado en sí mismo desde que uno cruza sus murallas, que aún resisten, bordeando todo el recoleto lugar, donde uno viaja a otra época sin remisión
Palazuelos casi se confunde con el paisaje. Cuando baja el sol y está a punto de desaparecer, en la hora azul, un caminante podría toparse con sus murallas de repente, sin darse cuenta.
Vista de Palazuelo conn el castillo y sus murallas en primer plano
Es un pueblo camuflado, una pequeña aldea alcarreña de apenas 100 habitantes con una impresionante historia íntima y visible. A H.G. Wells le hubiera resultado mucho más difícil imaginar su máquina del tiempo de haber conocido Palazuelos.
Iglesia de san Juan Bautista
Un transporte al pasado en sí mismo desde que uno cruza sus murallas, que aún resisten, bordeando todo el recoleto lugar, donde uno viaja a otra época sin remisión.
Puerta del Monte
Tiene, por supuesto, también un castillo, solitario y modesto y al mismo tiempo impresionante en su escala de cuento. Asentamiento romano y musulmán, la Reconquista puso a Palazuelos en los documentos que indican que fue propiedad de distintos señoríos, con sus señores: casi un pueblo-regalo.
Entrada del Palacio blasonado de la Plaza de los Seis Caños
Los Mendoza fueron quienes construyeron el castillo y las murallas. Fue villa independiente hasta la supresión de los señoríos, cuando se convirtió en municipio. Antes de esto, Pedro Hurtado de Mendoza fue su H.G. Wells, nombrado adelantado de Cazorla por su hermano el arzobispo de Toledo y gran señor de los alrededores.
Fuente de los siete caños
Esta época de esplendor, que se conservó para siempre en su arquitectura y urbanismo, se acabó cuando tras la Guerra Civil el éxodo rural afectó a su población. Hoy está como siempre, como un fantasma bueno en la noche en medio de Castilla.
Puerta de la Villa en Palazuelos
Con su castillo y sus murallas y las tres puertas que permiten traspasarlas, su Plaza Mayor, su iglesia románica o su fuente, casi como los distintos habitáculos de la nave del Viajero de ficción, al que en este caso es fácil creer al contar sus aventuras, que no transcurren en el año 800.000, sino en el siglo XXI como si fuera el XV en un bonito y pequeño rincón de la cercana Guadalajara.