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Cuando un pueblo se convierte en teatro: la España de Rojas revive en el Festival Celestina

Calles, cuevas y plazas se convierten en escenario para celebrar el legado inmortal de La Celestina

Hay lugares que en verano cambian de piel. Y hay pueblos que, durante unos días, se transforman en algo que va más allá de sus calles, sus plazas y sus gentes. En agosto, la localidad toledana de La Puebla de Montalbán deja de ser un pueblo castellanomanchego para convertirse en una gran tragicomedia hecha carne, palabra y emoción. Se detiene el tiempo, los rincones se iluminan, y todo gira en torno a lo mismo: el Festival Celestina, la fiesta teatral y literaria que cada año devuelve a Fernando de Rojas a la tierra que lo vio nacer. Al origen.

Lo que en 1999 comenzó como una apuesta arriesgada para conmemorar el V Centenario de La Celestina, con vecinos convertidos en actores improvisados, ha terminado siendo un festival de referencia, consolidado, con compañías profesionales, talleres y actividades de primer nivel. Reconocido ya como Fiesta de Interés Turístico Regional y a las puertas de ser declarado de Interés Turístico Nacional, hoy es uno de los grandes acontecimientos culturales de Castilla-La Mancha. Pero lo que lo hace realmente único no es el reconocimiento oficial, sino lo que late bajo él: la emoción compartida de un pueblo entero que se convierte en escenario y protagonista de su propia historia.

El alma de un pueblo que sueña

«Para nosotros el Festival Celestina es más que un evento cultural; es una expresión viva de nuestra identidad como pueblo», confiesa Pablo Justo, coordinador general del festival. Sus palabras no son retórica: basta pasear por La Puebla durante esos días para comprobarlo. Los balcones se adornan, los vecinos ensayan en patios y plazas, las calles se llenan de visitantes que buscan no solo teatro, sino una experiencia completa.

Aquí no hay espectadores pasivos. Hay niños que debutan con tres años y que, veinte ediciones después, siguen sobre las tablas como actores o técnicos. Hay familias enteras implicadas, vecinos que cosen vestuarios, que ceden espacios, que se convierten en voluntarios o que simplemente abren sus casas a los visitantes. La Puebla no representa el festival: es el festival. Y eso se nota en cada gesto, en cada palabra, en cada aplauso.

Escenarios con memoria

Los espacios escénicos son en sí mismos un espectáculo. La Plaza Mayor, corazón del pueblo y declarada Conjunto Histórico, se convierte en el epicentro de la gran representación nocturna. Allí, bajo la Torre de San Miguel, se vive uno de los momentos más intensos: ese silencio colectivo, personas expectantes, y de pronto la palabra, la música, la luz y la pirotecnia estallando al unísono. «Ese instante pone los pelos de punta», recuerda Justo.

Pero no solo la plaza es protagonista. Las cuevas subterráneas, donde la historia parece respirar en las piedras, ofrecen representaciones íntimas que sumergen al público en otra época. Las casas señoriales abren sus patios, los rincones se convierten en escenarios improvisados, y hasta las fachadas parecen cobrar vida para contar historias. La Puebla de Montalbán entera se metamorfosea en un escenario vivo donde cada esquina guarda un secreto literario.

Un programa que respira diversidad y modernidad

La edición de 2025 llega con una programación vibrante que demuestra la madurez del festival. Más de veinte propuestas que conjugan lo académico con lo popular, lo clásico con lo contemporáneo.

El arranque corre a cargo de las II Jornadas Internacionales de Investigación y Transferencia, que convierten a La Puebla en un punto de encuentro para estudiosos y amantes de la literatura universal. A ello se suman espectáculos en cuevas y patios como Pedro Bermudo, o el lenguaje de Dios, El verdugo y Celestineos. El teatro se abre también a los más pequeños con obras como El cangrejo volador.

La programación no se limita al teatro: hay talleres de esgrima escénica, cine al aire libre, teatro de barrio, un mercado celestinesco que transporta al visitante a otra época, ópera, flamenco y música balcánica para clausurar el festival. La Celestina se convierte en excusa para que la cultura entera tome las calles.

Y todo ello con un detalle que lo hace aún más especial: muchas actividades son gratuitas, y las funciones en cuevas apenas cuestan cuatro euros, destinados al mantenimiento de estos espacios patrimoniales.

El latido de una emoción compartida

Más allá del programa, lo que distingue al Festival Celestina es su capacidad de emocionar. «Nos gustaría que el visitante se llevase una emoción, que volviese a casa pensando: quiero volver», resume Justo. Y lo logran. Porque quien acude no solo disfruta de una obra de teatro: se sumerge en un pueblo transformado, en una experiencia donde la frontera entre público y actor se desdibuja.

Las anécdotas abundan: vecinos que descubren talentos ocultos, niños que crecen con el festival, generaciones unidas en un mismo proyecto. «Hay un momento mágico en los ensayos previos —explica Justo— en el que sabes que todo va a salir bien, porque ves la emoción en los ojos de quienes participan». Ese es el motor verdadero de esta cita.

Un puente entre pasado y presente

El Festival Celestina es, en palabras de su coordinador, «un puente entre pasado y presente, una celebración de la cultura hecha con el alma». Y lo cierto es que cada verano, La Puebla de Montalbán lo confirma: la literatura no es un vestigio del pasado, sino un fuego vivo que ilumina las calles del presente.

En este rincón de Toledo, la «España de Rojas» no es un concepto académico, sino una realidad palpable que revive en cada aplauso, en cada representación y en cada visitante que se marcha con la sensación de haber vivido algo irrepetible.

Con cada edición, el Festival Celestina demuestra que el teatro no pertenece solo a los grandes escenarios urbanos ni a las élites culturales. Pertenece al pueblo que lo sueña, lo crea y lo comparte. Y en La Puebla de Montalbán, ese pueblo se convierte, literalmente, en teatro.