Viñedo

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El mayor viñedo del mundo no está en Francia ni en Italia… está mucho más cerca

Más de 430.000 hectáreas de viñedo, el 6% del total mundial, se extienden en una tierra que produce suficiente vino para llenar mil piscinas olímpicas cada año

Imagina una llanura infinita, un horizonte donde la tierra parece no tener final y las cepas se alzan como un ejército ordenado que respira bajo el sol. El aire huele a vendimia: racimos cortados con paciencia, manos que seleccionan una a una las uvas, apartando las pasas, buscando la perfección en cada fruto. No es un viñedo cualquiera: estamos ante el mayor del planeta. Un mar de vides que cubre más de 430.000 hectáreas, casi el 7% del total mundial, y que acaba de estrenar una nueva campaña.

Cada año, de estas tierras salen en torno a 25 millones de hectolitros de vino y mosto, una cifra que se entiende mejor si se traduce: sería suficiente para llenar mil piscinas olímpicas. Ahí es nada. Un océano líquido nacido de un suelo duro y de un clima extremo, donde la vid ha aprendido a sobrevivir con lo justo, como sus gentes. La mayor bodega del mundo.

La vendimia, un ritual de memoria

«Me han salido los dientes vendimiando», confiesa uno de los trabajadores. Su frase resume la identidad de este territorio: generaciones enteras han crecido entre cepas, marcadas por la dureza de la campaña, pero también por la satisfacción que llega cuando la uva ya está en el remolque. Es trabajo de sol a sol, de paciencia y mirada atenta, de madrugones y silencios rotos por el rumor de las tijeras y el crujir de los racimos al caer.

Entre las variedades que aquí se miman destaca la Airén, tan resistente al calor y a la sequía que se ha convertido en símbolo de estas llanuras. Tanto, que el próximo 30 de noviembre, se celebrará el Día de la Variedad Airén en Castilla-La Mancha. Con ella se elaboran vinos honestos, hijos de un cultivo que en muchos casos se mantiene en secano, sin riego, siguiendo la tradición de quienes aprendieron a escuchar la tierra. Esta uva no solo representa un fruto: encarna la resistencia y la capacidad de adaptación de una región entera.

Mucho más que un viñedo

Este océano de vides no es solo trabajo y producción: es también paisaje, cultura y literatura. En el horizonte, los molinos evocan la figura del caballero que confundía gigantes con aspas; los castillos, siempre vigilantes, narran historias de frontera. Y la mesa completa el retrato: gachas, migas, un queso que ha conquistado el mundo y, cómo no, una copa de vino de estas tierras.

Aquí el vino no se entiende solo como bebida: es relato, es herencia, es identidad. Cada hectárea trabajada encierra la memoria de los abuelos, la apuesta de los jóvenes que ahora se incorporan al campo gracias a nuevos apoyos, y el futuro de una región que sigue creciendo en cifras y en prestigio. Los números lo dicen todo: la mitad del viñedo español está aquí, y su producción alimenta tanto a bodegas familiares como a gigantes que exportan a los cinco continentes.

Paisajes de vino y literatura

Quien se adentra en estos campos comprende de inmediato por qué la literatura encontró aquí inspiración. Las llanuras infinitas, interrumpidas apenas por colinas, encinas y molinos, parecen hechas para el vagabundeo de un caballero soñador. Y, sin embargo, son también un motor económico y social que late en cada vendimia.

El turismo del vino, cada vez más pujante, invita a recorrer bodegas que son auténticas catedrales subterráneas. Allí, el visitante descubre que el silencio de una sala de barricas no es vacío, sino una pausa solemne donde el vino madura como quien guarda un secreto. El enoturismo se mezcla con rutas gastronómicas, visitas a castillos medievales y paseos por campos de lavanda como los de Brihuega, en Guadalajara, que en verano se tiñen de morado y huelen a eternidad.

La poesía líquida de la tierra

De punta a punta, este viñedo infinito se extiende como una alfombra verde que, en verano, se convierte en un mar de racimos maduros. Es un espectáculo enológico difícil de igualar: no hay otro lugar en el planeta que concentre tanta vid, tanta vida.

Quizás por eso, quien entra en una bodega aquí nunca sale igual. Entre barricas y salas de crianza, el tiempo se ralentiza. Cada sorbo cuenta una historia: de sol, de viento, de esfuerzo. Una poesía líquida que guarda siglos de memoria en cada copa.

Y al final, cuando cae la tarde y el campo se tiñe de dorado, basta con mirar alrededor para entender que este lugar no es solo el mayor viñedo del mundo. Es, sobre todo, una tierra que convirtió la uva en identidad y el vino en eternidad. Salud.

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