La Endiablada, Almonacid del Marquesado
El ruido infernal de Cuenca que National Geographic quiere convertir en patrimonio
La Endiablada, declarada de Interés Turístico Regional, busca ahora el reconocimiento internacional como una de las celebraciones más singulares de España
Entre los campos infinitos de Cuenca, hay un pueblo de apenas 400 habitantes que cada febrero se transforma en un escenario imposible de olvidar. Almonacid del Marquesado es conocido en el mapa por una fiesta que ha logrado traspasar fronteras: La Endiablada, un ritual milenario en honor a la Virgen de la Candelaria y a San Blas que hoy no solo late en las calles de la localidad, sino que también ha captado la atención de National Geographic, nominándola en sus premios «+Historia» dentro de la categoría de Mejor Patrimonio Cultural.
No es casualidad. La Endiablada no se parece a nada. Es una de esas celebraciones que parecen suspendidas en el tiempo, en las que religión, mito, folclore y comunidad se funden en un mismo sentir.
Los orígenes: entre la historia y la leyenda
Decir con exactitud cuándo nació esta tradición resulta imposible. Lo reconocen los expertos y lo asumen los propios vecinos. Documentos de 1633 ya mencionaban las celebraciones de San Blas con comidas, sermones y bailes, pero lo cierto es que los orígenes de la fiesta se hunden mucho más atrás, probablemente en ritos de purificación que luego la Iglesia cristianizó.
Los diablos esperando a la procesión. Almonacid del Marquesado (Cuenca). 1976
La tradición oral conserva dos leyendas. Una cuenta que los diablos, con sus ruidos ensordecedores, distraían al pueblo para que nadie mirase con malicia a la Virgen de la Candelaria cuando presentaba a Jesús niño en el templo. Otra recuerda que unos pastores encontraron enterrada la imagen de San Blas, y que, tras un conflicto entre pueblos vecinos por la posesión de la talla, el propio santo intervino de manera milagrosa para quedarse en Almonacid. Aquel hallazgo se celebró con bailes, aguardiente y, sobre todo, con cencerros.
Mito o realidad, lo cierto es que desde entonces los diablos recorren cada año las calles de este rincón conquense. Y el estruendo metálico de sus campanas sigue siendo, siglos después, la banda sonora de la fiesta.
El estrépito de los diablos
La imagen más reconocible de La Endiablada son sus diablos. Cerca de un centenar de hombres —vecinos nacidos en el pueblo o descendientes directos— se visten con blusas y pantalones de colores vivos y floreados, ajustan a su cintura enormes cencerros de hasta 45 centímetros, se cubren la cabeza con un gorro cilíndrico adornado de flores el día de la Candelaria y con una mitra episcopal el día de San Blas, y toman una porra tallada con figuras diversas.
Diablos
Con cada paso, los diablos hacen sonar los cencerros. No hay calle que quede en silencio ni vecino que no sienta el estremecimiento en el pecho. El estruendo es atronador, pero también hipnótico, como si el pueblo entero se moviera al ritmo de un corazón colectivo.
El papel de diablo no se improvisa: exige fuerza, resistencia y sobre todo devoción. Los cencerros pesan más de diez kilos y se llevan durante largas horas de procesiones y bailes. Pero quienes los cargan aseguran que no se sienten como un peso, sino como un privilegio.
El contrapunto femenino: las danzantas
En medio de ese mar de ruido y fuerza, aparece un contrapunto delicado y solemne: las danzantas. Son ocho mujeres que, acompañadas por una alcaldesa y una palillera, realizan sus bailes tradicionales al son de la dulzaina y el tambor. Ellas son las encargadas de recitar los «dichos» a la Virgen y a San Blas tras las misas, uno de los momentos más emocionantes de la fiesta.
1970 - Danzantas
Las danzantas simbolizan la gracia frente al vigor de los diablos, la cadencia ordenada frente al estrépito caótico. Sus coreografías recuerdan que La Endiablada no es solo ruido y resistencia, sino también belleza, tradición y palabra compartida.
El pueblo que late en cada campanada
Durante cinco días, del 1 al 5 de febrero, la vida en Almonacid del Marquesado se transforma. Las calles se llenan de vecinos y visitantes, los balcones se adornan, y el aire se impregna de olor a pólvora, cera y vino. Los diablos acompañan a los santos en procesión, saltan ante ellos, les dedican sus bailes y, al mismo tiempo, visitan el cementerio para honrar a quienes ya no están.
Los niños también participan con campanillas más pequeñas, garantizando que el relevo generacional está asegurado. Porque en Almonacid no se concibe febrero sin el estruendo de los cencerros.
Reconocimientos que trascienden fronteras
En 2020, La Endiablada fue declarada Bien de Interés Cultural. Diez años antes, el Gobierno castellanomanchego la declaraba Fiesta de Interés Turístico Regional. Ahora, la nominación de National Geographic le otorga un altavoz internacional que refuerza su valor como patrimonio vivo. Compite con otras celebraciones emblemáticas, como el Día de la Faldeta en Huesca o la Fiesta de la Arribada en Pontevedra, pero los vecinos sienten que su tradición tiene algo irrepetible: la autenticidad de un ritual que no ha perdido su esencia.
La nominación ha llenado de orgullo a los habitantes de Almonacid, que ven en este reconocimiento una oportunidad para mostrar al mundo lo que ellos llevan siglos custodiando: una fiesta que no necesita artificios para emocionar, porque su fuerza reside en la devoción, en la memoria y en el sonido de los cencerros.
Un patrimonio vivo que mira al futuro
La Endiablada es, ante todo, una manifestación de identidad. No se trata solo de celebrar a los santos patronos, sino de mantener vivo un legado que ha resistido al paso del tiempo y que hoy se presenta al mundo como una joya de la cultura popular.
La Endiablada
Para los vecinos, participar en la fiesta es una promesa cumplida, un gesto de fe y una forma de pertenencia. Para los visitantes, es un espectáculo irrepetible, una inmersión en la historia viva de un pueblo. Y para Castilla-La Mancha, un ejemplo de cómo las tradiciones más arraigadas pueden seguir brillando en pleno siglo XXI.
El rugido de los cencerros seguirá resonando mientras haya quien los vista con orgullo. Porque La Endiablada no es solo una fiesta: es el latido de un pueblo que recuerda que la cultura, cuando se vive con pasión, es capaz de desafiar al tiempo.