Carta de ajuste de Televisión Española

Cinco cosas que solo te pasaron si creciste en Castilla-La Mancha durante la EGB

Casi un mundo (o sin el casi) aparte. Un mundo distinto. Para muchos también Un Mundo Perfecto, como la película de Clint Eastwood, también llena de nostalgia y de costumbrismo

La región ha cambiado mucho en medio siglo. Puede que más que ninguna. Quienes fueron niños hace 50, 40 o 30 años ya apenas reconocen aquella Castilla-La Mancha que comenzaba y, como principiante, aún tenía muchas de las características de la vieja tierra, entonces la Comunidad recién «inventada». Una sociedad que empezaba a crecer sobre siglos de historia y olvido.

La Transición entre dos mundos

Casi un mundo (o sin el casi) aparte. Un mundo distinto. Para muchos también Un Mundo Perfecto, como la película de Clint Eastwood, también llena de nostalgia y de costumbrismo, entre otras cosas. Un mundo más distinto, quizá, que otras regiones españolas, debido al atraso, a la llanura olvidada, como siempre, a la Castilla vieja alejada de las ciudades y del mar.

Aquí se traen algunos recuerdos imborrables para aquellos primeros castellanomanchegos y también para todos los españoles porque desde su centro Castilla-La Mancha ha irradiado por toda la piel de toro y también ha absorbido el espíritu de un país que ella misma representa mejor que nadie:

Solo dos canales de televisión (y ni eso)

La «1» y la «2». Eso era todo. Y si querías cambiar de una a otra tenías que levantarte y pulsar el botón en el aparato. El mando a distancia era una cosa del futuro, casi como una espada láser de La Guerra de las Galaxias. Hoy hay mando a distancia hasta para bajar las persianas. Incluso ni eso: se hace con una palmada. Hoy hay cientos de canales, y decenas de plataformas. Entonces solo dos canales, donde se veía (y no siempre: muchas zonas rurales no tenían señal) lo que ponían (por la noche sonaba el himno español y ya no se ponia nada) y uno soñaba con un día o una hora para sentarse un rato emocionado delante del televisor.

La sirena o la campana del fin del recreo

No es una cosa extinguida, pero sí en muchos colegios. Es representativa del pasado. El aviso de la vuelta al trabajo, como la llamada a los obreros en las fábricas tras la pausa del bocadillo o de la comida. Ese sonido familiar y agradable ahora, no tanto entonces, pues anunciaba el regreso a la obligación después de la efímera libertad, mayormente en los patios «salvajes», pero también muchos casos en el mismo campo como patio, gimnasio, baño e incluso aula.

La excursión del año

Había una solo. Una en todo el año. Un momento memorable. Una aventura impresionante. No se iba a clase un día laborable porque se iba de excursión, con un bocadillo para comer y una cantimplora llena de agua, como un explorador. En el horizonte castellanomanchego solía estar Cuenca, Toledo, las Tablas de Daimiel, dependiendo de la procedencia de los escolares. Otro momento de libertad, todo un día de descubrimiento, de despreocupación y diversión.

El maestro, autoridad moral

El ruralismo y el franquismo reciente hacían del maestro de la escuela aún una figura de prestigio respetada por todos: una autoridad moral, señor de sus, a menudo, pequeños colegios (con 40 o más alumnos por clase), donde todavía se impartía la educación tradicional lejos de los modelos modernos del presente que ya empezaban a llegar, aunque no en todos lugares de la inmensa Castilla-La Mancha por igual.

Disciplina «militar»

A propósito de la educación tradicional y de la cercanía del franquismo, los pequeños castigos fisicos seguian produciéndose, más con humor por parte de los alumnos que con miedo, a pesar del dolor. Los capones dolían, pero también hacían reir. Lo que no hacía tanto reir era copiar cien veces una frase en la pizarra o tener que quedarse de pie en la clase o en un rincón. Ya no se ponían orejas de burro ni se golpeaba en las yemas de los dedos con la regla: se vivía en la, se diría «bella», Transición con reminiscencias de un mundo que daba sus últimos pasos.