Salvador Dalí, María Luisa González, Luis Buñuel, Juan Vicens, José María Hinojosa y José Moreno Villa en ToledoEduardo Sánchez Butragueño

El juramento secreto de Toledo: la noche en que Buñuel, Lorca y Dalí fundaron una hermandad imposible

Así nació la Orden de Toledo, la hermandad surrealista que marcó a Buñuel, Lorca y Dalí en sus noches por la ciudad imperial

Hay noches que cambian la historia sin que nadie lo note. En marzo de 1923, en el restaurante Venta de Aires de Toledo, un grupo de jóvenes artistas firmó un juramento extraño y poético. Prometieron amar la ciudad más misteriosa de España, recorrerla de noche, perderse en sus callejones y convertirla en su refugio creativo.

El impulsor era un estudiante aragonés de carácter inquieto llamado Luis Buñuel. A su lado estaban Federico García Lorca, Salvador Dalí, Rafael Alberti, Pepín Bello, José Moreno Villa y otros nombres que pronto formarían parte de la Generación del 27. Aquella hermandad se llamó La Orden de Toledo. Y aunque duró poco, su eco sigue resonando un siglo después.

Lista de miembros de la Orden de Toledo mecanografiada por Buñuel. Archivo Buñuel, Filmoteca Española.Eduardo Sánchez Butragueño

Toledo, el paraíso escondido de la imaginación

En los años veinte, Toledo no era aún el destino turístico que conocemos. Era una ciudad silenciosa, casi detenida en el tiempo, donde las campanas marcaban el ritmo de las horas y la historia parecía respirar en cada piedra.

Para aquellos jóvenes artistas, la ciudad era algo más que un lugar bonito. Era un escenario de misterio.

Las callejuelas empedradas, las sinagogas medievales, los conventos en penumbra, el río Tajo rodeando la ciudad como un cinturón oscuro… Todo parecía sacado de un sueño surrealista.

Buñuel contaría después que, paseando por el claustro de la Catedral, sintió una emoción extraña, casi una revelación. Como si Toledo escondiera un secreto que solo podía entenderse de noche. Aquella sensación fue el origen de la Orden.

El juramento en Venta de Aires

Venta de AiresEduardo Sánchez Butragueño

La ceremonia tuvo algo de broma juvenil y algo de ritual poético. En Venta de Aires, uno de los restaurantes históricos de Toledo, firmaron su compromiso. No había estatutos oficiales ni documentos solemnes. Solo la palabra dada entre amigos.

Prometieron volver a Toledo cada año, recorrerla de noche, admirar sus monumentos en silencio y dejarse llevar por su atmósfera. Querían vivir la ciudad como una experiencia artística.

Dormían en posadas antiguas, vagaban por Zocodover hasta el amanecer, subían al Alcázar o al Hospital de Tavera, escuchaban el eco de sus pasos en los claustros. Toledo era su laboratorio creativo. Un lugar donde la imaginación se volvía real.

No era una broma: era una revolución estética

La Orden de Toledo puede parecer hoy una anécdota simpática de juventud. Pero fue mucho más.

Aquellos encuentros nocturnos alimentaron la sensibilidad de artistas que acabarían marcando la cultura del siglo XX.

Miembros de la Orden de Toledo en el restaurante Venta de Aires de ToledoEduardo Sánchez Butragueño

Buñuel, Dalí y Lorca buscaban romper con lo establecido, explorar el subconsciente, encontrar nuevas formas de expresión. Toledo, con su mezcla de culturas y su atmósfera casi irreal, les ofrecía el escenario perfecto. El surrealismo español encontró allí uno de sus paisajes simbólicos. La ciudad se convirtió en metáfora de la imaginación libre.

Una amistad marcada por Toledo

Más allá de la literatura y el cine, la Orden fue también una historia de amistad. Jóvenes que compartían entusiasmo, debates, paseos interminables y sueños de futuro. La ciudad los unía.

Alberti recordaría años después aquellos viajes como una experiencia irrepetible. Pepín Bello hablaría de Toledo como un territorio mágico donde todo parecía posible.

La Orden era una complicidad entre amigos que intuían que estaban viviendo algo único.

La ciudad eterna que siguió inspirando

Con el paso de los años, cada uno siguió su camino. Algunos se convirtieron en figuras universales del arte. Otros tomaron rumbos más discretos. Pero Toledo quedó en su memoria. Y ellos en la de Toledo.

Buñuel volvería a la ciudad en varias ocasiones, y su atmósfera se reflejaría en películas como Viridiana o Tristana. Dalí y Lorca mantuvieron siempre esa fascinación por la ciudad oscura y luminosa a la vez. Toledo había dejado una huella invisible. Una inspiración silenciosa.

Luis Buñuel en la campana gorda de la torre de la Catedral de Toledo el 10 de mayo de 1936Eduardo Sánchez Butragueño

Más de un siglo después, el misterio sigue vivo

Hoy, más de cien años después, Toledo continúa siendo esa ciudad que se revela de noche. Quien camina por sus calles al anochecer siente algo parecido a lo que sintieron aquellos jóvenes artistas. El silencio de los conventos, las luces sobre el Tajo, el eco de los pasos en los callejones… Todo invita a imaginar.

Los miembros de la Orden de Toledo, Hernando Viñes, Lulú Jourdain, Pepín Bello y Luis Buñuel en Venta de AiresEduardo Sánchez Butragueño

La Orden de Toledo no fue solo una travesura universitaria. Fue una declaración de amor a la historia, al arte y a una ciudad única. Un recordatorio de que el patrimonio no es solo piedra. Es emoción. Es memoria. Es inspiración.

Toledo, la ciudad que todavía invita a jurar amor eterno

Quizá esa sea la razón por la que esta historia sigue fascinando. Porque habla de juventud, de amistad, de arte y de una ciudad que parece salida de un sueño.

Toledo sigue siendo un lugar donde el tiempo se detiene, donde cada calle guarda una historia y cada rincón parece pedir silencio. Como si aún esperara a aquellos jóvenes que juraron amarla. Como si aún escuchara, en la noche, el eco de la Orden. Toledo. Siempre Toledo.