Hoy hace justo un mes que falleció mi padre. Y aunque somos conscientes de que este momento va a llegar, nunca estamos preparados para asumir esta experiencia de la vida. Las conversaciones, los consejos, la presencia tranquila que uno ha tenido desde siempre… todo de repente pasa a formar parte del recuerdo.

Mi padre era una persona de edad avanzada y como ocurre tantas veces su salud se fue deteriorando poco a poco con el paso del tiempo. A mediados de enero tuvo que ingresar en el Hospital Virgen del Valle. Y hoy, pasado un mes de su fallecimiento, siento la necesidad de escribir estas líneas para agradecer algo que, en medio de momentos difíciles, fue profundamente reconfortante: el trato humano y profesional de quienes trabajan allí.

Cuando uno entra en un hospital con un familiar mayor, y con una situación grave, lo hace con la angustia y el dolor de ver cómo esa vida corre peligro. Y espera, cómo mínimo sentir que la persona a la que quiere está en buenas manos.

Eso ha sido, lo que tanto mi familia como yo, hemos sentido desde el primer momento. Los especialistas y profesionales sanitarios que atendieron a mi padre demostraron una preparación extraordinaria, pero también algo que no siempre se puede enseñar en los libros: cercanía, sensibilidad y respeto. En cada conversación encontramos explicaciones claras, paciencia para escuchar y una actitud que transmitía serenidad.

En situaciones así, las familias estamos llenas de dudas. Queremos entender qué ocurre, qué se puede hacer, qué esperar. Y nunca hemos tenido la sensación de que nuestras preguntas molestaran o de que faltara el tiempo para atenderlas. Siempre hubo alguien dispuesto a explicar, a escuchar o simplemente a acompañar.

Lo que más nos ha marcado en estos días en el hospital, es la manera en la que tratan a todos los enfermos. Cuanta delicadeza, con qué dignidad y con qué respeto, algo que iba más allá de lo estrictamente médico. Porque cuando una persona llega a una edad avanzada y su salud se debilita, el cuidado no es solo una cuestión de tratamientos o diagnósticos. Es también una cuestión de humanidad. Y de eso saben mucho en el Hospital del Valle de Toledo.

Sé que quienes trabajan en un hospital viven situaciones complejas cada día. Ven el sufrimiento de muchas familias, conviven con la preocupación y con la incertidumbre de los pacientes. Aún así, los profesionales que se cruzaron en nuestro camino supieron mantener siempre una actitud cercana, amable y profundamente humana.

A pesar del dolor por la pérdida de un ser querido, permanece viva la sensación de tranquilidad, la certeza de que estuvo cuidado por grandes profesionales y por personas con una enorme vocación.

A veces hablamos de la sanidad en términos de cifras, de presupuestos o de infraestructuras. Todo esto es importante, sin duda. Pero después de lo vivido tengo claro que la verdadera fortaleza de un hospital, está en las personas que trabajan dentro de él.

Por eso hoy desde el recuerdo de mi padre, solo quiero decir GRACIAS.

Gracias a todos los trabajadores, especialistas, personal sanitario y a todos los profesionales del Hospital Virgen del Valle de Toledo por su trabajo, por su trato y por la humanidad con la que atendieron a mi padre en sus últimos días.

Hay gestos que una familia nunca olvida. Y éste, es sin duda, uno de ellos.