Laboratorio de los InglesesPortal Cultura Castilla-La Mancha

El misterioso «Laboratorio de los Ingleses» del siglo XVIII empieza a renacer en Guadalajara

Los trabajos de rehabilitación ya han comenzado en este histórico edificio ligado a la Real Fábrica de Paños de Guadalajara

A pocos minutos de la ciudad de Guadalajara, junto a la carretera CM-101, se alza un edificio discreto que durante décadas ha pasado desapercibido para la mayoría de quienes circulan por la zona. Sus muros austeros y su cubierta deteriorada apenas dejaban adivinar que allí se esconde uno de los vestigios más curiosos de la historia industrial de Castilla-La Mancha.

Es el Laboratorio de los Ingleses, un inmueble construido entre 1786 y 1787 que ahora comienza a recuperar su dignidad después de años de abandono. Los trabajos de rehabilitación ya han arrancado tras varios requerimientos de la Junta de Comunidades a la propiedad del edificio, que está catalogado como Bien de Interés Patrimonial desde 2016.

Durante años, el paso del tiempo había dejado huellas evidentes: filtraciones, deterioro en la estructura y una cubierta que amenazaba con venirse abajo. La restauración busca ahora evitar que desaparezca uno de los testimonios más singulares del pasado industrial de Guadalajara.

Un edificio creado para traer tecnología textil desde Inglaterra

La historia de este edificio comienza en pleno siglo XVIII, cuando Guadalajara vivía uno de sus momentos de mayor dinamismo económico gracias a la Real Fábrica de Paños.

Fundada en 1719 por iniciativa de la Corona, aquella fábrica se convirtió en la industria más importante de la provincia. Su objetivo era ambicioso: producir paños finos en España para reducir la dependencia de tejidos extranjeros e incluso exportarlos a América.

En ese contexto nació el llamado Laboratorio de los Ingleses. El edificio fue diseñado por Fray Eugenio Valcázar, Diego García y Feliciano de la Isequilla para alojar a trabajadores especializados procedentes de Inglaterra.

Aquellos técnicos textiles habían sido contratados a través de un agente irlandés con una misión muy concreta: introducir nuevas técnicas de fabricación y mejorar la calidad de los paños producidos en Guadalajara.

El nombre del edificio, que ha llegado hasta nuestros días, recuerda precisamente a esos artesanos extranjeros que trabajaban allí perfeccionando tintes y tejidos.

Un plano de 1788 revela cómo era por dentro

Un documento histórico permite imaginar cómo era el interior del edificio cuando estaba en plena actividad.

Se trata de un plano fechado el 24 de marzo de 1788, firmado por el maestro Diego García y titulado «Plano del Edificio que se ha construido dentro de la Cerca de los Batanes de las Reales Fábricas de Guadalajara con destino a que le ocupen los Yngleses en sus maniobras».

Gracias a ese plano se sabe que la planta baja estaba dividida en numerosas estancias dedicadas a los trabajos de tintado. Por una de las puertas laterales entraba incluso un caz de agua que alimentaba varias calderas utilizadas para los tintes.

En diferentes salas se almacenaban lanas, herramientas y materiales, mientras que los maestros tintoreros disponían de su propio espacio de trabajo.

La primera planta estaba destinada principalmente a tendederos de lanas y paños, donde se secaban los tejidos después de los procesos de tintura, mientras que el desván servía también como espacio de secado.

De laboratorio textil a taller abandonado

Sin embargo, el edificio pronto se quedó pequeño para las necesidades de la fábrica y terminó transformándose en Oficina de Tintes.

Cuando la Real Fábrica de Paños cerró definitivamente sus talleres en 1822, el inmueble comenzó una larga etapa de transformaciones. Como muchos otros edificios industriales de la época, fue adaptándose a distintos usos.

El último de ellos fue un taller de carpintería, una reforma que modificó notablemente el interior. Muchas de las antiguas divisiones desaparecieron y el muro de carga de la planta baja fue sustituido por una estructura metálica que dejó el espacio casi diáfano.

Con el paso del tiempo, la actividad cesó y el edificio quedó abandonado, iniciando un lento deterioro.

Una intervención para evitar su desaparición

La situación empezó a preocupar a los técnicos de patrimonio. En una inspección realizada en 2023 se constató el mal estado de la cubierta, cuya falta de mantenimiento estaba afectando a la estructura del inmueble.

Ante el riesgo de pérdida del edificio, la Delegación de Educación, Cultura y Deportes inició varios requerimientos a la propiedad para que cumpliera con su obligación de conservación, tal y como establece la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha.

Finalmente se presentó un proyecto de rehabilitación que fue autorizado por la Junta.

Los trabajos que ahora se están ejecutando se centran principalmente en la restitución de la cubierta, una intervención esencial para garantizar la estabilidad del edificio.

El proyecto prevé mantener el volumen original y reproducir la estructura de madera existente, muy deteriorada, utilizando materiales y características similares a los que tenía en su origen.

Una vez terminada esta fase, está previsto desarrollar una segunda actuación centrada en otros elementos del inmueble para asegurar su conservación a largo plazo.

Un testigo de la historia industrial de Guadalajara

Representantes de la Junta, técnicos de patrimonio y responsables de la empresa encargada de la obra han visitado recientemente el edificio para comprobar el avance de los trabajos.

Desde la administración regional destacan que este tipo de intervenciones son fundamentales para preservar las huellas de la historia industrial de la provincia.

Porque aunque hoy parezca un edificio discreto junto a una carretera, el Laboratorio de los Ingleses fue en su día parte de un proyecto económico que conectó Guadalajara con Europa y con el comercio atlántico.

Más de dos siglos después, sus muros vuelven a tener una oportunidad para contar esa historia.