Fotografía archivo de Julio Escudero del 12/10/2010, considerado el último pescador tradicional de Las Tablas de Daimiel
Se apaga la memoria viva de Las Tablas de Daimiel: muere Julio Escudero, el último pescador del humedal
Con su muerte a los 97 años desaparece una de las figuras más auténticas del Parque Nacional, testigo de su esplendor, su deterioro y su lenta esperanza de recuperación
Hay vidas que no caben en una biografía. Vidas que son territorio, memoria y tiempo. La de Julio Escudero es una de ellas. Este jueves, a los 97 años, ha muerto en Daimiel el que muchos consideraban el último pescador tradicional de Las Tablas de Daimiel, y con él se apaga una forma de entender el humedal que ya solo quedaba en su mirada.
Nació en 1930, cuando el agua todavía mandaba en estas tierras de Ciudad Real. Y nunca se fue del todo. Su historia no se puede contar sin contar la de Las Tablas: un paraje que alimentó generaciones… y que también fue perdiendo su pulso con el paso de las décadas.
El hombre que hablaba con el agua
Julio Escudero aprendió a pescar de niño, siguiendo los pasos de su padre, en una época en la que el oficio no era una elección, sino una necesidad. Entonces, el humedal era despensa y sustento. Las redes se llenaban de vida y en ellas aparecían carpas, cangrejos y, sobre todo, un pez que él nombraba con cariño: el «picarro».
Era el barbo comizo, una especie hoy casi desaparecida, pero que durante años fue uno de los grandes tesoros de estas aguas. No solo por su sabor, sino por lo que representaba: abundancia, equilibrio, vida. Escudero no solo lo pescaba. Lo entendía.
El día que el pasado volvió a respirar
Hubo un momento que resume toda su vida. Tenía 86 años cuando, tras más de tres décadas sin rastro en el parque, un barbo comizo volvió a aparecer en sus redes. No era una captura más. Era un símbolo.
Él lo interpretó como una señal. Como si el humedal quisiera decir algo. Aquel día, Julio no hablaba solo de un pez. Hablaba de esperanza.
Testigo de la herida de Las Tablas
Pero su historia también es la de una pérdida. Escudero fue testigo directo del deterioro del humedal: la desecación progresiva, la apertura de canales, la sobreexplotación de acuíferos… heridas que fueron cambiando para siempre el paisaje que había conocido de niño.
Cuando en 1973 Las Tablas fueron declaradas parque nacional, su vida dio un giro. De pescador pasó a protector. Se incorporó a la plantilla del espacio y trabajó allí hasta su jubilación, convirtiéndose en una figura clave para entender el lugar. No desde los libros. Desde la experiencia.
El hombre que enseñó a mirar
Quienes trabajaron con él lo recuerdan como algo más que un guía. Jesús Casas, expresidente de Tragsa y exdirector conservador del parque, lo resume con una frase que define toda una vida: «Era un libro abierto, te explicaba lo que veías y lo que no veías».
Su casa, una casilla humilde de pescadores, era mucho más que un hogar. Era un refugio de memoria, un centro de conocimiento vivo donde cada objeto contaba una historia y cada conversación abría una puerta al pasado.
Por allí pasaron técnicos, gestores… y también figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, a quien acompañó durante sus grabaciones en el parque.
Cuando muere un hombre… y queda el silencio
La muerte de Julio Escudero no es solo la despedida de una persona. Es el final de una era.
Con él desaparece el último vínculo directo con una forma de vida que ya no existe. Una manera de habitar el humedal desde dentro, sin distancia, sin teoría.
Hoy, Las Tablas de Daimiel siguen ahí. Pero son un poco más silenciosas. Porque ya no está quien sabía escucharlas.