Bombos Tomelloso
Las cúpulas de piedra que emergen entre viñedos en La Mancha y se sostienen sin una gota de cemento
Los agricultores levantaron los bombos de Tomelloso con las piedras que arrancaba el arado
Desde la distancia parecen construcciones llegadas de otro tiempo. Grandes cuerpos redondeados de piedra se levantan en mitad de los viñedos, sin calles, sin pueblos alrededor y sin una sola gota de cemento que mantenga unidas sus paredes. Son los bombos de Tomelloso, una de las obras más sorprendentes y desconocidas de la arquitectura popular manchega.
Su aspecto puede recordar al de algún remoto asentamiento prehistórico, pero su historia está estrechamente unida a la expansión de la vid. Estas construcciones agrícolas comenzaron a generalizarse durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando los agricultores roturaban nuevas tierras y se encontraban con enormes cantidades de piedra caliza.
Lo que inicialmente era un obstáculo para el arado terminó convirtiéndose en el único material necesario para levantar refugios capaces de resistir durante generaciones.
Arquitectura sin arquitectos
Los bombos fueron construidos piedra a piedra por los propios labradores. Utilizaban las lajas o «lanchas» extraídas de la tierra y las colocaban unas sobre otras sin emplear argamasa, mortero ni ningún otro material que las mantuviese unidas.
El secreto de su estabilidad se encuentra en la falsa bóveda. Cada hilada sobresale ligeramente sobre la anterior, reduciendo progresivamente el diámetro hasta cerrar completamente la cubierta. El peso y la cuidadosa colocación de las piedras hacen el resto.
Aunque predominan las plantas circulares, también existen bombos cuadrados, ovalados e incluso algunos formados por varias cúpulas. Ninguno responde a un plano firmado, pero todos demuestran un extraordinario conocimiento práctico de la piedra y del equilibrio.
Sus gruesos muros protegían a los agricultores del calor extremo del verano y del frío invernal. En el interior podían encontrarse chimeneas, poyos para dormir, pequeñas hornacinas utilizadas como alacenas, ganchos para los aperos y una zona reservada a los animales, cuyo calor ayudaba a combatir las bajas temperaturas nocturnas.
Un patrimonio que ha ido desapareciendo
El profesor e investigador Jerónimo Pedrero documentó en 1999 un total de 296 bombos dentro del término municipal de Tomelloso. Sus estudios sostienen que los agricultores de la localidad levantaron además varios centenares en municipios próximos.
Sin embargo, una parte importante de aquellas construcciones ha desaparecido por el abandono del campo, la mecanización agrícola, los derrumbes y algunas restauraciones realizadas con materiales que alteraron su estructura original. La información turística regional destaca actualmente más de 90 bombos protegidos y en buen estado de conservación.
El valor no reside únicamente en los edificios. La técnica empleada para levantarlos forma parte del arte de la construcción en piedra seca, incluido desde 2018 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La protección de la Unesco se refiere al conocimiento y al oficio tradicional, no a cada bombo de manera individual.
Una ruta de 17 kilómetros entre viñedos
La mejor manera de conocer este paisaje es recorrer el sendero PR-CR 50, conocido como Ruta de los Bombos. Se trata de un itinerario circular de 17,17 kilómetros y dificultad baja que comienza junto al Santuario de Nuestra Señora de las Viñas, situado a unos cinco kilómetros de Tomelloso.
El camino avanza entre viñedos, parcelas de cereal y algunos pinares, pasando junto a numerosos bombos. La ruta permite observar cómo estas construcciones se integran en el terreno hasta parecer una prolongación natural de la propia tierra.
La Federación de Deportes de Montaña de Castilla-La Mancha aconseja realizarla durante la primavera, el otoño o el invierno. La ausencia de árboles y sombras convierte las horas centrales de los días de verano en una opción poco recomendable.
Durante más de un siglo, los bombos fueron hogares provisionales, cuadras, almacenes y refugios. Hoy son la huella de unos agricultores que consiguieron transformar las piedras que dificultaban su trabajo en construcciones capaces de desafiar al tiempo.