Jacinto Guerrero
El genio toledano que conquistó España y cuya música resiste 75 años después en una Ucrania en guerra
Jacinto Guerrero murió el 15 de septiembre de 1951, solo seis días después de dirigir sus obras en Toledo. Ahora, un documental muestra cómo ‘La rosa del azafrán’ logró abrirse paso entre las amenazas y el dolor de Kiev
Hay músicas capaces de sobrevivir a su creador, atravesar fronteras e imponerse incluso al estruendo de una guerra. La de Jacinto Guerrero pertenece a esa categoría. Setenta y cinco años después de su muerte, las melodías que el compositor comenzó a imaginar entre Ajofrín y Toledo han terminado sonando en Kiev, en una Ucrania golpeada por el conflicto bélico.
Este martes, 15 de septiembre, se cumplen tres cuartos de siglo de la muerte de uno de los grandes nombres de la zarzuela española. Guerrero falleció en Madrid en 1951, cuando tenía 56 años y se encontraba en la cima de una trayectoria que había dejado títulos como Los gavilanes, El huésped del sevillano y La rosa del azafrán.
La efeméride llega acompañada de una poderosa coincidencia. Solo un día después del aniversario, mañana, miércoles 16 de septiembre, los Cines Zoco Majadahonda estrenarán The Safron Rose, un documental rodado en Kiev a finales de 2024 que muestra la preparación de La rosa del azafrán en el Teatro Nacional de la Opereta de la capital ucraniana.
La cinta sigue a artistas, directores y trabajadores que levantaron la producción mientras convivían con el dolor, las amenazas y la incertidumbre provocados por la guerra. El documental presenta la creación artística como una forma de refugio y resistencia ante la violencia. La zarzuela manchega estrenada en Madrid en 1930 adquiere así, casi un siglo después, un significado completamente nuevo.
De tocar el bombo en Ajofrín a triunfar en Madrid
La historia de Jacinto Guerrero comenzó muy lejos de los grandes escenarios. Nació en Ajofrín el 16 de agosto de 1895. Su padre, Avelino Guerrero, era sacristán, cantor, organista y director de la banda de música del municipio. El pequeño Jacinto se familiarizó muy pronto con los instrumentos y llegó a tocar el bombo y los platillos en aquella agrupación.
La muerte de su padre, cuando el futuro compositor apenas tenía nueve años, cambió el rumbo de su vida. Guerrero ingresó en el Colegio de Infantes y se convirtió en seise de la Catedral de Toledo. En la ciudad ejerció también como capillero, lector de coro, organista de la iglesia de San Justo y pianista en un café de la calle Hombre de Palo y en una de las primeras salas de cine toledanas.
Su talento terminó abriéndole las puertas de Madrid. El éxito de su Himno a Toledo, estrenado en 1914 en la plaza de toros de la ciudad, le permitió obtener dos becas del Ayuntamiento y la Diputación, dotadas con una peseta diaria, para continuar sus estudios musicales en la capital.
Tras trabajar como violinista en el Teatro Apolo, Guerrero consiguió su primer gran triunfo en 1920 con La pelusa o El regalo de reyes. A partir de entonces llegaron los estrenos que lo convertirían en una de las figuras esenciales del teatro lírico español.
Los gavilanes vio la luz en 1923. Tres años más tarde, El huésped del sevillano obtuvo un éxito arrollador en el Teatro Apolo: todos sus números tuvieron que repetirse y algunos, como el Canto a la espada toledana y el Coro de lagarteranas, fueron interpretados hasta tres veces ante las ovaciones del público. En 1930 se estrenó en el Teatro Calderón La rosa del azafrán, considerada una de las grandes expresiones de la zarzuela regionalista.
Su última batuta sonó en Toledo
Guerrero no fue únicamente compositor. Construyó el Teatro Coliseum de la Gran Vía madrileña, ejerció como concejal del Ayuntamiento de Madrid y en 1948 asumió la presidencia de la Sociedad General de Autores. Durante su mandato adquirió para la entidad el palacio de Longoria, actual sede de la SGAE.
Sede SGAE
Sin embargo, ni el éxito ni sus responsabilidades lograron romper su vínculo con Toledo. El 9 de septiembre de 1951, la ciudad le rindió un homenaje y dio su nombre a una calle. El propio Guerrero dirigió en el Teatro de Rojas la orquesta que interpretó sus composiciones.
Fue una de sus últimas apariciones públicas. Seis días después, el 15 de septiembre, murió en el sanatorio Rúber de Madrid. Dejó inconclusa El canastillo de fresas, que pudo estrenarse de manera póstuma aquel mismo año después de que otros compositores orquestaran sus números.
Setenta y cinco años después, aquella música nacida entre los sonidos de una banda de pueblo, el coro de la Catedral de Toledo y las melodías populares de La Mancha continúa viva. Su recorrido resulta difícil de imaginar: comenzó en Ajofrín, conquistó los grandes teatros españoles, viajó hasta América y ahora resuena en Kiev como una afirmación de belleza frente a la guerra.