Juan Carlos insiste en que su proyecto no debe definirse como museo. Para él, la diferencia es clara. «Los museos son los que cobran, aquí no lo hacemos. Esto es una casa de verdad», explica. Prefiere definirlo como una «casa etnográfica», un espacio donde la vida del pasado se presenta de forma natural, sin artificios. «Es como si estuviera congelada en el tiempo», resume. En una sociedad cada vez más tecnológica, iniciativas como esta adquieren un valor especial. «Antes no había frigoríficos, había una fresquera donde metían la carne», explica, ilustrando el contraste con la actualidad. Para muchos jóvenes, estas realidades resultan difíciles de imaginar. Por eso, el proyecto cumple también una función educativa.