En el acta fundacional del monasterio de Taranco de Mena, Burgos, es donde por primera vez aparece el vocablo 'Castilla'
El desconocido lugar donde hace 12 siglos se registró por primera vez la palabra Castilla
Un notario llamado Lopino utilizó en el año 800 el término 'Castella' para referirse a un pequeño espacio geográfico
El 15 de septiembre del año 800 es una de las fechas que cambiaron el rumbo de la historia peninsular. En aquel tiempo, el norte cristiano era un mosaico de valles aislados, monasterios y comunidades que luchaban por abrirse paso entre montes y bosques. Sin embargo, en Taranco de Mena, una pedanía muy pequeña de la actual provincia de Burgos, ocurrió un hecho que siglos después sería reconocido como un hito fundacional: por primera vez, el nombre de Castilla quedó escrito en un documento. Y no fue en una corte ni en una gran ciudad donde se fijó este vocablo, sino en un rincón remoto de Las Merindades, territorio que hoy presume de ser la cuna documental de la identidad castellana.
Allí, un notario llamado Lopino redactó un pergamino en el que utilizó el término 'Castella' para referirse a un pequeño espacio geográfico. Aquella palabra, que entonces designaba un territorio modesto y fronterizo, acabaría dando nombre a una de las regiones más influyentes de Europa y a la lengua que hoy hablan casi seiscientos millones de personas.
El origen de este documento está ligado a la labor de los monjes foramontanos, aquellos que, desde las zonas costeras de Cantabria, se adentraron en los valles del sur para repoblar, roturar y consolidar territorios. Entre ellos destacaron dos figuras esenciales, que fueron el abad Vítulo y su hermano, el presbítero Ervigio, miembros de la familia de Libato y Muniadona. Procedentes de la comarca de Trasmiera, cruzaron las sierras de Ordunte en busca de nuevas tierras donde fundar un asentamiento estable.
La placa conmemorativa en la que aparece 'Castilla' por primera vez
Su objetivo no era solo agrícola o estratégico, sino que llevaban consigo una profunda convicción religiosa. Por ello decidieron levantar y dotar una basílica bajo la advocación de los santos Emeterio y Celedonio, mártires muy venerados en el norte peninsular. La fundación de este templo consolidó la presencia cristiana en la zona y también generó la necesidad de registrar propiedades, donaciones y límites territoriales. Fue en ese contexto donde el notario Lopino escribió la palabra que cambiaría la historia.
Gran valor simbólico
Actualmente, Taranco de Mena es un lugar tranquilo, rodeado de prados, montes y caseríos dispersos. Nada en su apariencia actual permite imaginar que allí se gestó un concepto que acabaría definiendo a un reino y, más tarde, a un país. Sin embargo, su valor simbólico es inmenso.
En este territorio se forjó la idea de una tierra de castillos, pequeñas fortalezas que vigilaban pasos naturales y defendían a las comunidades repobladoras. Aunque el término 'Castella' del documento de Lopino no hacía referencia directa a estas construcciones, con el tiempo la palabra evolucionó y se asoció a la proliferación de torres y castillos que jalonaban la región. La Castilla que nacería después hunde sus raíces en este paisaje.
El pergamino del año 800 no es solo una curiosidad archivística. Representa el primer testimonio escrito de un nombre que acabaría extendiendo su influencia mucho más allá de sus límites iniciales. Desde estas montañas burgalesas, Castilla se expandió hacia el sur, lideró la unificación peninsular y proyectó su lengua y su cultura por Europa, América y buena parte del mundo.
Que todo comenzara en un lugar tan pequeño como Taranco de Mena subraya la verdad histórica de que los grandes procesos también pueden nacer en la labor silenciosa de comunidades que trabajan, rezan y construyen sin imaginar que están dando forma al futuro.
Hoy, más de doce siglos después, en el corazón de Las Merindades, Taranco de Mena continúa recordando que la historia, a veces, se escribe en los lugares más inesperados.