Pedro Encinas y María del Mar Arauzo mantienen viva la tradición de elaborar su propio vino y mosto junto a sus nietos Laura y Daniel, transmitiendo el amor por la tierra y la memoria familiar

Pedro Encinas y María del Mar Arauzo mantienen viva la tradición de elaborar su propio vino y mosto junto a sus nietosAgencia Ical

Amor al terruño sin trabajos a gran escala: vendimiar en familia aún se conserva en la Ribera del Duero

Estas tierras trabajadas con esmero no buscan grandes producciones, ni intereses comerciales masivos, sino obtener para el consumo familiar

En la Ribera del Duero, septiembre ya no viste siempre de mañanas heladas. Sin embargo, en los majuelos donde las raíces se hunden profundas, la esencia del campo sigue latiendo al ritmo de las familias que entienden la viticultura como un modo de vida y de afecto compartidos.

Pedro Encinas Porcel y María del Mar Arauzo Pérez encarnan esa dedicación al terruño que se transmite de generación en generación. Aunque llevan toda la vida vinculados a las viñas, siguiendo los pasos de sus padres, quienes ya compaginaban pequeñas parcelas con el trabajo a jornal, fue a comienzos de los años noventa cuando decidieron consolidar sus propios viñedos. Unas tierras trabajadas con esmero que no buscan grandes producciones ni intereses comerciales masivos, sino obtener el fruto noble necesario para el consumo familiar, la elaboración artesanal de su propio vino y mosto, y la conservación de una herencia viva.

En la actualidad, con el marco legal e inspector vigente, la normativa del sector exige una rigurosa contratación para los trabajos agrícolas del campo a gran escala, un ámbito profesionalizado donde ya no cabe el apoyo informal entre parientes como se hacía antiguamente. Por eso, el momento en que toda la familia se reúne en el majuelo se reserva exclusivamente para la recogida recreativa y tradicional de sus parcelas familiares. Esa vendimia íntima destinada únicamente a elaborar su propio vino y mosto.

Para esa cita con los suyos, la casa de Pedro y Marímar se organiza con una logística perfeccionada tras décadas de experiencia. Pedro se encarga de preparar los aperos y herramientas en el campo, mientras Marímar organiza los almuerzos y comidas desde días antes. Preparar los guisos con antelación y congelarlos le permite alimentar a una nutrida cuadrilla formada por sus hijos, nueras, nietos, yernos y amigos que se acercan a echar una mano.

Pedro Encinas y María del Mar Arauzo mantienen viva la tradición de elaborar su propio vino y mosto

Pedro y María del Mar mantienen viva la tradición de elaborar su propio vino y mostoAgencia Ical

Pese al calor inusual de las últimas campañas, no falta jamás el histórico almuerzo de patatas guisadas a mitad de jornada, un plato lleno de nostalgia que recuerda a los años en que se madrugaba con temperaturas bajo cero y se necesitaban calorías para aguantar el esfuerzo en la viña.

El mayor motivo de satisfacción para esta pareja de viticultores no se mide en rendimientos ni en kilos de uva, sino en la respuesta de las nuevas generaciones. En una época marcada por la despoblación rural y el distanciamiento de los jóvenes respecto al campo, ver a sus nietos disfrutar entre las cepas supone el verdadero triunfo de su legado.

Sus nietos, Laura y Daniel, representan la continuidad natural de esta costumbre. Laura vive estos días con un entusiasmo que contagia, expresando sin rodeos el deseo de regresar cada año al pueblo para compartir la experiencia de la vendimia con los suyos. Por su parte, Daniel demuestra cada vez mayor soltura y compromiso en las labores de la viña, ayudando activamente en el transporte y descargando los canastos de uva junto a sus tíos.

Ver a los nietos pisar la tierra con ganas, aprender el oficio y sentir como propio lo que con tanto esfuerzo se ha levantado durante décadas es, en definitiva, el mayor regalo para Pedro y Marímar. Más allá de lo que depare el futuro o de si las tierras continuarán mañana en las mismas manos, la certeza de que el amor por la viña y por la familia ha calado en los más jóvenes convierte cada jornada entre cepas en un triunfo rotundo. Es la victoria de la memoria, de las raíces que no se secan y de un legado familiar que seguirá vivo en cada copa que compartan alrededor de la mesa.

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