Retirada de pinos quemados en Burgohondo, ÁvilaAgencia ICAL

El incendio de Burgohondo y la amenaza que puede prolongarse durante años

Ávila inicia la retirada de pinos quemados para reducir el impacto de plagas de escolitinos, el principal problema en estos montes, evitar riesgos de caída de árboles y favorecer un beneficio económico entre los propietarios

«Somos sensibles a la preocupación de los vecinos, en particular la gente de los pueblos afectados por los incendios y los propietarios de los montes. Entendemos su postura y ni queremos ni debemos decidir cómo actuar, pero consideramos que se debe disponer de toda la información para tomar las decisiones una vez se hayan tenido en cuenta todos los condicionantes, y asumir las consecuencias que puedan derivarse de ellas». La ingeniera de montes Gema Pérez Escolar habla así de las cortas sanitarias después de los incendios, de extraer la madera quemada, por diferentes circunstancias: por cuestiones de sanidad vegetal, para reducir el impacto de las plagas, para evitar riesgos de caída de árboles y favorecer un beneficio económico entre los propietarios.

El incendio de Burgohondo, en Ávila, así como todos los demás que han calcinado una importante superficie forestal en la Comunidad, se llevó por delante 33.943 hectáreas, según Inforcyl, el 81 % de carácter arbolado. Claudia Suárez, técnico del Servicio Territorial de Medio Ambiente de Ávila, indica sobre el terreno que ya se ha iniciado la retirada de madera quemada en fincas particulares, después de que la Consejería de Medio Ambiente y Energía publicara una orden a finales de verano para agilizar estas sacas y que esta solicitud se pudiera realizar sin comunicación o notificación alguna.

«Toda esta superficie tiene propietarios, ya sean los ayuntamientos o montes privados. En Casavieja, donde estamos, la madera es municipal; y así se gestiona desde hace 100 años, con un aprovechamiento sostenido en el tiempo», comenta Suárez en declaraciones a Ical. Relata que este consistorio ha obtenido todos los años un recurso «nada desdeñable». «Ahora se les ha quemado el monte y tienen derecho a obtener el máximo rendimiento posible de ese capital y que dejarán de percibir durante los siguientes años», vaticina. Otra cosa diferente será la capacidad de la industria de la madera para «absorber los millones de metros cúbicos» que arden cada verano en España. «Y este incendio, en concreto, tiene unas dimensiones enormes», prosigue.

A su juicio, si a un monte que se ha quemado entero «le quitas el derecho a vender toda esta madera, estarías cometiendo un exceso». «Bastante daño tienen y problemas tendrán estos ayuntamientos y los particulares en estos primeros años como para hacerles renunciar a algo que es suyo», manifiesta Suárez, quien desde un punto de vista más técnico se refiere a los recursos renovables favorecidos en los últimos años, porque esta madera «tiene CO2 capturado por la edad de estos pinos, que se puede emplear para muebles, vigas, cajerío, pellets, leña o simplemente para calentar casas en redes de calor de Madrid» «¿Por qué no la vamos a usar? Quieren vender la madera, porque es su capital y quieren que se regenere para que lo aprovechen sus hijos o nietos. No podemos obligar a renunciar a este derecho», traslada, en respuesta a organizaciones conservacionistas que demandaron en las últimas semanas que esta madera quemada se deje en el suelo del monte, algo que supondría «un problema social y sanitario», matiza la trabajadora, mientras pisa el monte.

Preocupación por los escolitinos

Gema Pérez trabaja en el centro de Sanidad Forestal Calabazanos, perteneciente a la Dirección General de Patrimonio Natural y Política Forestal, junto a Ana Belén Martín y Juan Carlos Domínguez. Entre los tres forman un equipo que, entre sus muchas labores, se encuentra analizar e intentar mitigar los problemas sanitarios que sufre la vegetación tras un incendio, y que ponen su foco en las coníferas, los pinos, pues muchas de las frondosas, en especial las especies del género Quercus, tienen una evolución más favorable.

Según la orden publicada por la Junta, la saca de madera de los incendios de este verano en Castilla y León se extenderá hasta el 31 de marzo de 2028. La obligación de corta se refiere al arbolado de coníferas del género Pinus afectado por el incendio y con un diámetro normal, medido a 1,30 metros del suelo, superior a ocho centímetros. Durante el plazo de ejecución se realizará la corta y retirada del monte de este arbolado, excepto los pies no afectados por el fuego y que presenten estado vigoroso. Además, se considera recomendable la corta del resto de especies arbóreas, con las mismas excepciones anteriores, para el favorecimiento del rebrote y la regeneración.

Retirada de pinos quemados en BurgohondoAgencia Ical

«Desde el punto de vista fitosanitario nos preocupan mucho más los pinos», resume Pérez, quien se muestra partidaria de sacar «los pies quemados muertos o los que no han muerto, pero presentan un daño subletal», que son los «más conflictivos». «Cuesta hacer ver al ciudadano que un pino que todavía presenta un porcentaje de copa verde, aunque sea pequeño, hay que sacarlo. La copa tras un incendio muchas veces no manifiesta la realidad del árbol, que puede estar ya herido de muerte a pesar del color», abunda. «El xilema puede estar todavía moviendo agua hacia la copa, que si no se ha quemado presentará las acículas verdes durante meses, pero si el floema está muerto no podrá distribuir los azúcares y otros carbohidratos necesarios, y el pino terminará muriendo meses después».

Desde un punto de vista más técnico, Pérez profundiza en los pinos que aún presentan tejidos subcorticales verdes aunque tenga la copa muerta. «Esto lo que significa es que el árbol está muerto pero todavía es apetecible para ciertos insectos perforadores, del grupo escolitinos, que se reproducen de forma larvaria por debajo de la corteza.

Para desarrollarse necesitan tejidos vivos. Si el floema está verde, aunque el pino esté quemado y muerto, este insecto puede criar. Eso es un gran problema», insiste. Por contra, cuando el pino está quemado y ese tejido conductor «está achicharrado» por la severidad del incendio, ese árbol «no genera ningún problema fitosanitario, aunque se pueda sacar por otros motivos. En él criarán xilófagos secundarios, que no causan ningún daño».

Reproducción exponencial y dañina

El problema, indica la ingeniera de montes, es la disposición de material disponible para la reproducción de estos insectos durante un plazo muy prolongado de tiempo. Los árboles muertos con floema verde son «muy atractivos» para estos insectos, que se reproducen y completan la generación, y «son peligrosos a corto plazo». «Como está muerto y quemado, en el transcurso de unos meses, ese tejido que aún está verde se terminará secando. Pero la generación de insectos resultantes que han criado en ellos, que será más numerosa que la parental, tendrán más árboles sobre los que desarrollarse, aquellos que han permanecido en el monte con las copas menos quemadas pero sin defensas suficientes para repeler el ataque.

Y a medida que se vayan sucediendo las generaciones de insectos tendrá un potencial tan grande que será capaz de extenderse a árboles sanos, incluso a kilómetros”, advierte, citando para ello la evidencia científica y la propia experiencia de Calabazanos en los numerosos incendios analizados en la Comunidad durante los últimos años, así como experiencias de otros gestores en grandes incendios de otras comunidades autónomas.

En estos escenarios se han observado coníferas que «no han muerto en primera instancia, sino posteriormente, muchos afectados por escolitinos, porque se reproducen exponencialmente, con carácter epidémico; emergen y cierran varios ciclos a lo largo del año». Este incremento se mantiene en el tiempo mientras estos insectos «tengan material que colonizar». «Esta es la razón por la que es necesario aplicar cortas sanitarias, para tratar de impedir que sus poblaciones se disparen, pasando de una población basal o en equilibrio a un brote epidémico, porque si no se evita, hasta al menos dos o tres años después puede haber mortalidad en árboles completamente sanos en las cercanías», manifiesta a Ical, para añadir que «hay que asumir que si no se corta, los daños estarán presentes durante un tiempo largo, con el perjuicio que conlleva».

Dentro de los escolitinos, Gema Pérez pone el foco en la especie ‘Ips sexdentatus’, el «caballo de Atila» de los ingenieros de montes, porque «presenta muchas generaciones en el verano y es el escolitino más grande de la entomofauna española». De hecho, ha ocasionado los principales focos en Castilla y León, que ataca al arbolado cuando «está debilitado», por ejemplo, tras un incendio, gracias al cual suele tener un excelente y amplio material de cría, y cuando las poblaciones son muy numerosas se dirige a las masas sanas.

«El insecto adulto no causa daño, lo hace la actividad larvaria. Estamos en un escenario en que tenemos en contra a la climatología, no sólo por déficit hídrico, si no por temperaturas altas muy prolongadas en el tiempo, en ocasiones con fuertes golpes de calor, algo que estresa a los árboles y pueden terminar muriendo por la acción de otros agentes bióticos que en circunstancias normales no serían peligrosos. Por eso estamos observando comportamientos un tanto anómalos en los últimos años, como decaimientos en masas de pinos silvestres en ciertas cotas; y es porque el arbolado empieza a estar fuera de su rango óptimo en las zonas más bajas, porque no llueve como antes o la distribución de las precipitaciones no es la adecuada, las olas de calor son prolongadas y tenemos veranos que pueden durar hasta seis meses», determina.

Pérez sostiene que a ello se suma el efecto del incendio, lo que hace que el insecto «tenga más generaciones al año, con poblaciones cada vez mayores, en presencia de un arbolado cada vez más estresado; y esto sucede de forma más evidente en la zona del incendio de Ávila, que suele ser más cálida», comenta a Ical.

Los escolitinos frenan su actividad con el frío del invierno, «pero es que en otoño seguimos con 20 grados y su actividad no para, por lo que se genera cada vez más población». «Cuando un árbol está debilitado, para nosotros pasa desapercibido, pero está emitiendo una serie de volátiles que avisa a los ‘Ips sexdentatus’ de que no ofrecerá resistencia. Además, cuando entran unos pocos en la corteza, la señal cambia y ellos emiten para avisar al resto, mediante una feromona de agregación», apunta, algo que no pasa con otros grupos de insectos

Su forma de actuación es mediante la entrada de un macho por debajo de la corteza, accede al floema, «donde ve que es colonizable porque no tiene capacidad de crear resina», construye una cámara y «prepara la habitación de bodas». A partir de ahí llegan unas cuantas hembras, «se produce la cópula, quedan fertilizadas y cada una crea una galería materna». Ahí se forma una especie de figura en estrella, donde «van poniendo huevos a ambos lados». «Así, decenas y decenas. Y a los pocos días nace una larva, se alimenta y se hace más grande, y corta el flujo del árbol hasta que lo anilla y genera una muerte lenta por actividad larvaria».

Una vez colonizado, la población del insecto aumenta «exponencialmente y es imparable». «En un incendio de grandes dimensiones pasan años hasta que se puede controlar», dice, de ahí la importancia de sacar del monte este tipo de árboles dañados El empleo de trampas de feromonas es muy útil para monitorear poblaciones y conocer aspectos como el momento en el que se inicia y en el que concluye el vuelo los insectos, «pero en el incendio de Ávila han ardido miles de hectáreas, millones de pinos que están emitiendo volátiles y que serán colonizados». «Es imposible atajar el problema del manejo de poblaciones mediante trampas con feromonas. Es como intentar tapar el sol como un dedo», sentencia.

Caída de árboles

Claudia Suárez coincide plenamente en el análisis fitosanitario de Calabazanos. Va más allá y plantea el supuesto de que no se retire la madera. «Tenemos millones de árboles que están mayoritariamente quemados. Si dejamos la madera dónde está, que para nosotros sería lo más cómodo, la naturaleza iría actuando, los árboles quemados se caerían con los vendavales, y tienen más de 25 metros, con todas sus ramas. Imagina el enredo sobre el terreno. Se convertiría en una maraña y sería un problema tremendo», resume.

Si eso sucede, «también se descalzarían los tocones» y en primavera empezaría a regenerar el pino si ha quedado con vida en sus conductores, a lo que se suma la semilla que germinaría, con el «semejante lío de árboles tumbados y nuevos, donde los pinos buscarían la luz de forma tortuosa, no recta, a la vez que se regenera matorral, que ya hoy está pasando».

Para retirar este enjambre vegetal que se crearía, añade Suárez, habría que introducir maquinaria en el monte, pero «sería más difícil desbrozar por la cantidad de vegetal y el riesgo para el personal, por la falta de accesibilidad y penetración». Además, el matorral «acabaría ahogando al pinar». «Desde el punto de vista práctico y de gestión, dejar la madera en el monte es una barbaridad, porque no se puede hacer absolutamente nada después», advierte en declaraciones a Ical.

Retirada de pinos quemados en BurgohondoAgencia Ical

También, considera que en esta zona de Ávila la madera «no se descompone tan rápido como algunos dicen», pues el Sistema Central «no es Galicia». «La gente que opina esto se basa en hipótesis, que no es la situación nuestra», apunta Suárez, quien añade que estos montes cuentan con numerosos accesos para llegar a las fincas, donde hay ganado, con un «uso recreativo brutal» y la gente «entra en el monte». «No lo podemos tener lleno de riesgos. Ya hoy lo tenemos, con el tiempo será mucho peor. Sería un escenario que se prolongaría durante años, cada vez peor porque el problema se incrementa», incide.

Aunque suene sorprendente, aumentaría el riesgo de incendio por todo este combustible en el monte, «con el inconveniente de que no se podría acceder ni a desbrozar ni trabajar ni extinguir». «Son problemas en todos los sentidos», dice Suárez, quien vaticina: «Vamos a estar aquí varios años para conseguir levantar estos bosques; que serán una cosa diferente de lo que era hasta ahora, porque la edad será homogénea».

También pone el acento sobre el suelo de la superficie quemada, pues la materia orgánica «favorece los recursos a la vegetación que crece después»; y la ceniza es impermeable. Así, señala que con la «gente trabajando, los elementos superficiales se mezclan y es bueno porque disminuye la impermeabilidad que produce la ceniza».