Hasta siempre, Consellera
María Eugenia Cuenca fue la primera mujer en ser consejera de la Generalitat de Cataluña, entre 1992 y 1995, y falleció esta semana, con 78 años. El que fue su escolta se despide de ella en esta sentida carta.
María Eugenia Cuenca, en una imagen de archivo
Hoy, Consellera, con tristeza me tengo que despedir de usted por segunda vez: la primera fue en la puerta de su casa en el Turó Parc el último día de servicio como escolta suyo, pero a pesar de la tristeza sabía que tarde o temprano nos volveríamos a encontrar en el camino de la vida, como así fue al ser nombrado Concejal del Ayuntamiento de Barcelona.
Hoy es diferente, sé que es para siempre y no puedo decirle de palabra la admiración que sentí por la Maria Eugènia Cuenca mujer, madre y esposa, muy diferente a la Consellera con cargo público sometida constantemente al escrutinio mediático a veces injusto, potenciado incluso por políticos mediocres de sus propias filas que no podían entender que la primera mujer en el Gobierno de la Generalitat estuviera al frente de la Policía de Cataluña… «Qué agravio… esto era una responsabilidad de hombres que hubieran hecho el servicio militar… ¿Qué podía saber una mujer de hombres uniformados…?»
Pues demostró a todos aquellos cortos de vista que estaban muy equivocados, que sí, que una mujer está tan capacitada (y a veces, como se ha demostrado a posteriori, más) como el que más para gestionar personas, no uniformes; valores sociales, no el «valor machorro», y también a mujeres haciendo el mismo trabajo que los hombres. Solo era una cuestión de inteligencia emocional.
Y esa demostración de saber hacer, de salir de todas las trampas explosivas que algunos malos políticos le iban poniendo en el camino para que fracasara, se convirtió en un susurro constante para desgastarla solo por envidia.
Solo los que íbamos dentro del vehículo oficial con usted cuando salía de las reuniones, y nos tenía la confianza de comentarnos alguna de sus decepciones, sabemos de su fortaleza y de sus capacidades para luchar positivamente contra tanta mala baba (por no decir otra cosa).
Solo los que estábamos a su lado en aquellos momentos difíciles del 94 sabemos las falsedades que se escribieron de usted, sobre todo en el tramo final de su mandato, y que usted, como buena política, nunca quiso desmentir para no dar más munición a los que envidiaban su cargo.
Recuerdo con rabia cómo llegaron a tergiversar sobre el motivo de su dimisión haciendo creer a la opinión pública que había sido una condición sine qua non del presidente Pujol. Nada más lejos de la realidad.
La política a veces es barro, y los catalanes, siempre tan tiquismiquis, no somos una excepción; y aquí quería llegar: si había una excepción a tanto interés privado en la política, esa era usted. Fue una gran servidora pública, una persona que entendió la política como un acto de responsabilidad, compromiso y vocación de servicio.
Su visión de futuro y su trabajo dejaron, entre otras cosas, el camino abierto para el futuro profesional de los Mossos d’Esquadra, no solo en las leyes y los proyectos que consiguió impulsar, sino también en la confianza y en la esperanza que supo implantar en unos profesionales hasta entonces huérfanos de un liderazgo claro (aún recuerdo los viajes a Madrid para negociar competencias).
Su liderazgo era un liderazgo diferente, más sutil, más femenino, no basado en los «galones» testosterónicos del que ostenta el poder; el suyo era un liderazgo basado en la honestidad, el diálogo y la búsqueda constante del bien común. Supo escuchar, tender puentes de diálogo y tomar decisiones pensando siempre en Cataluña y en el futuro de todos y todas.
Fue, y lo es todavía, un ejemplo de integridad y de dedicación (aún recuerdo las jornadas diarias de 15/17 horas), valores que seguirán inspirando a los que sí creen en una política cercana, humana y justa; y debo decir que a mí particularmente me ha servido de modelo en mi etapa de Concejal de Barcelona intentando aplicar todo aquello que aprendí de usted, sobre todo demostrarme a mí mismo que la política se puede ejercer con dignidad.
Sé que me dejo muchas cosas por decirle, pero sí quería agradecerle que entendiera desde el primer día la dificultad del trabajo de protección de un escolta, no permitiendo que me convirtiera solo en una sombra constante y silenciosa a su lado, demostrándome siempre aquel respeto, complicidad y confianza tan necesarios para un trabajo donde, sin querer, te puedes llegar a jugar la vida.
Hasta siempre, Consellera. Deseo que su legado continúe guiando el camino de la sociedad catalana y, ya puestos a pedir, de algún que otro político en activo.