Tráfico intenso en el lugar del accidente de tren de Rodalies, a la altura de GelidaEFE

Cataluña

La AP-7, una infraestructura al límite tras el accidente de Gelida

Sergi Saurí, director del Centro de Innovación del Transporte de la UPC, asegura que esta autopista tiene un problema estructural de capacidad

El derrumbe de un muro de contención en Gelida, en el momento en que un tren de la línea R4 pasaba por el punto afectado, ha provocado una de las mayores sacudidas recientes en la movilidad en Cataluña. El siniestro, que causó la muerte del maquinista en prácticas Fernando Huerta y dejó más de cuarenta personas heridas, ha tenido consecuencias que van más allá del ámbito ferroviario y han puesto en primer plano la fragilidad de la AP-7, una de las arterias viarias más importantes de Cataluña y un nudo importante de conexión con el resto de España

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, ha anunciado que será la Red de Carreteras del Estado la que asuma la reparación del muro de contención, cuya titularidad aún no está del todo clara. El talud, construido en paralelo a la autopista, se encuentra justo debajo de la calzada y por encima de la vía ferroviaria, lo que ha abierto interrogantes sobre las responsabilidades administrativas. Mientras avanzan las investigaciones judiciales y policiales, el Gobierno ha asegurado que la reparación se hará con la mayor brevedad posible.

Más allá de determinar qué administración era responsable del mantenimiento del muro, el accidente ha tenido un efecto inmediato sobre la AP-7. La inestabilidad del terreno ha obligado a cortar la autopista en sentido sur entre Martorell y Vilafranca del Penedès, en un tramo por el que circulan de media unos 120.000 vehículos diarios, de los cuales unos 25.000 son camiones.

Los técnicos advierten ahora del riesgo de hundimiento del suelo que sostiene la carretera, lo que complica tanto la reapertura como los trabajos de peritaje. Este jueves, precisamente, los técnicos llevan a cabo una segunda inspección para acabar de determinar cuánto tiempo deberá estar cortada la vía.

Problemas de capacidad

Para el director del Centro de Innovación del Transporte de la UPC, Sergi Saurí, lo ocurrido en Gelida no puede analizarse únicamente como un accidente puntual. En su opinión, la AP-7 arrastra desde hace años un problema estructural de capacidad que la convierte en una infraestructura extremadamente vulnerable.

La autopista soporta una sobresaturación constante de tráfico, especialmente de transporte pesado y de mercancías, lo que hace que cualquier incidencia, por pequeña que sea, tenga un impacto desproporcionado sobre la movilidad del conjunto del territorio.

Saurí subraya que, a diferencia de Rodalies, donde el déficit de mantenimiento tiene un peso determinante en la fiabilidad del servicio, en la AP-7 el cuello de botella es principalmente la capacidad. Aunque el mantenimiento se va realizando, la autopista funciona tan cerca de su límite que carece de margen para absorber episodios imprevistos, ya sean meteorológicos o derivados de fallos en infraestructuras anexas, como ha ocurrido en este caso.

El experto apunta que la solución no pasa únicamente por actuaciones puntuales o por ampliar tramos concretos de la vía. A su juicio, la AP-7 necesita una redefinición de su papel dentro del sistema de movilidad, acompañada de alternativas reales que permitan aliviar la presión sobre la autopista. Entre ellas, destaca el refuerzo del transporte ferroviario de mercancías y una mejora sustancial de la oferta de transporte público para los usuarios que hoy dependen del vehículo privado.

El accidente de Gelida ha puesto de manifiesto, además, la interdependencia entre infraestructuras clave. Un fallo en un talud situado entre una autopista y una línea ferroviaria ha terminado afectando a dos de los principales ejes de movilidad de Cataluña. Para Saurí, esta coincidencia no es solo mala suerte, sino el reflejo de un sistema tensionado, con pocas redundancias y escasa capacidad de reacción ante situaciones excepcionales.

Mientras continúan los trabajos para retirar el tren siniestrado y estabilizar el terreno, y se investiga el origen exacto del derrumbe, el caso reabre un debate de fondo: hasta qué punto la AP-7 puede seguir soportando el volumen de tráfico actual sin una transformación profunda del modelo de movilidad. Lo ocurrido en Gelida sugiere que, en un contexto de episodios meteorológicos cada vez más intensos, las infraestructuras al límite dejan de ser solo un problema técnico para convertirse en un riesgo sistémico.