En los últimos años, tras haberlo relegado al ostracismo, el nacionalismo –sobre todo, en el entorno de Junts, pero también en otros sectores, como Aliança Catalana– ha venido reivindicando la figura y el legado de Jordi Pujol. El momento álgido de esta resurrección pública de Pujol ocurrió cuando fue recibido con honores por el socialista Salvador Illa, tras acceder a la presidencia de la Generalitat, en 2024.
Cataluña
El giro ‘pujolista’ del PSC en Cataluña: de «su problema se llama 3 %» a celebrar que no vaya a ser condenado
Dos décadas después, ese mismo espacio político, el PSC, parece haber recorrido un largo camino
Hay frases que sobreviven a sus protagonistas y acaban definiendo una época. En la política catalana, pocas han tenido tanto recorrido como aquella que pronunció en 2005 el entonces president Pasqual Maragall en el Parlament: «Ustedes tienen un problema, y ese problema se llama 3 %». Era una acusación directa a Convergència i Unió sobre el cobro de comisiones en la adjudicación de obra pública. La retiró horas después, presionado, pero ya era tarde. La expresión quedó fijada en la memoria política de Cataluña.
Dos décadas después, ese mismo espacio político, el PSC, parece haber recorrido un largo camino. No tanto en los hechos judiciales, que han seguido su propio curso, como en el tono. De la confrontación frontal con el legado de Jordi Pujol a una cierta normalización institucional que, sin borrar el pasado, lo sitúa en otro plano.
El contexto de aquella acusación era el de una Cataluña en plena pugna política. Maragall, al frente de un gobierno tripartito, señalaba lo que durante años había circulado como sospecha: la existencia de comisiones vinculadas a la financiación de Convergència. Aquella denuncia, desmentida en el plano político en su momento, acabaría encontrando años después respaldo en investigaciones judiciales como el caso Palau, que acreditaron mecanismos de financiación irregular del partido.
Durante años, el PSC convirtió ese marco en uno de sus ejes discursivos. El «3 %» no era solo una acusación: era una forma de delimitar un modelo político frente a otro. El pujolismo, entendido como sistema, quedaba asociado a una manera de gobernar marcada por la opacidad y las redes de poder.
Sin embargo, el paso del tiempo y, sobre todo, el cambio de ciclo político en Cataluña ha ido matizando ese relato. El declive de Convergència, la irrupción del independentismo y los años del procés desplazaron el eje del debate. En ese nuevo escenario, la figura de Pujol empezó a ser reinterpretada en algunos sectores, también dentro del socialismo catalán.
Los gestos de Illa con Pujol
No se trata de una reivindicación abierta ni de una revisión completa de su trayectoria, marcada en su etapa final por el reconocimiento de la existencia de fondos no regularizados en el extranjero. Pero sí de una cierta distinción entre etapas: por un lado, los años de construcción institucional de la Cataluña autonómica; por otro, los escándalos posteriores que afectaron a su entorno familiar.
Ese cambio de mirada se ha traducido en gestos políticos concretos. El actual president de la Generalitat, Salvador Illa, ha optado por mantener una relación institucional con el expresidente, en línea con el trato que se dispensa a quienes han ocupado el cargo. En este marco se inscriben encuentros discretos y el reconocimiento público de su condición de expresidente (Illa recibió en Palau a Jordi Pujol cuando llegó a la Generalitat), algo que el PSC había evitado durante años.
Además, Illa ha introducido matices en el discurso sobre su figura. En intervenciones recientes ha defendido la necesidad de «respetar a todos los expresidentes» y de no borrar etapas de la historia política de Cataluña, en una línea que evita la deslegitimación global del pujolismo que había predominado en etapas anteriores.
Ese tono también se ha reflejado en reacciones a decisiones judiciales. Illa ha cuestionado públicamente la conveniencia de determinados movimientos procesales, como el desplazamiento de Pujol a Madrid para declarar, apelando a criterios de proporcionalidad y al respeto institucional hacia quien ha ocupado la presidencia de la Generalitat. No ha entrado en el fondo de las causas, pero sí ha marcado distancia con un enfoque estrictamente punitivo en lo simbólico.
No es una posición aislada. Otros dirigentes del PSC han contribuido a este cambio de clima. Figuras del partido han insistido en separar la valoración política de la trayectoria de Pujol de los procesos judiciales abiertos, subrayando su papel en la construcción de la Cataluña autonómica. También se ha evitado en los últimos años recurrir al «3 %» como elemento central del discurso político, algo que durante una década fue habitual.
Este desplazamiento no implica una rehabilitación plena ni un consenso interno cerrado. Pero sí refleja una evolución: de convertir a Pujol en símbolo de un modelo a superar, a tratarlo como una figura histórica compleja, con luces y sombras.
La cuestión de fondo no es tanto si el PSC ha cambiado de posición sobre los hechos, sino cómo ha cambiado su forma de relacionarse con una figura que durante años representó su principal antagonista. El «problema del 3 %» definió una etapa de confrontación. Hoy, sin desaparecer del todo, ha dejado de ocupar el centro del discurso.
Entre una escena y otra hay veinte años de historia política catalana. Y, sobre todo, un desplazamiento: del señalamiento directo a la gestión de la memoria. Un giro que, para algunos, responde al pragmatismo político del presente; para otros, a una cierta asimilación de aquel pasado que durante años fue objeto de crítica frontal.