Imagen de archivo de Isabel de Villena.Somni Valencia vía Wikimedia Commons

La querella de las mujeres como semilla intelectual del feminismo en la Corona de Aragón

Desde los conventos hasta los palacios, las mujeres de la Corona de Aragón construyeron espacios de libertad y conocimiento frente a la misoginia medieval

La querella de las mujeres (querelle des femmes) no fue un simple intercambio de opiniones o un debate estético confinado a los márgenes de los libros. Supuso un desafío intelectual y social de largo alcance que recorrió Europa desde el siglo XIV al XVIII. Este movimiento surgió como una respuesta directa a una misoginia que impregnaba la literatura, la teología y las estructuras de poder, y que negaba la capacidad intelectual y la autonomía de las mujeres. En el siglo XIX evolucionó hacia la cuestión de las mujeres, centrada en derechos legales, sufragio, autonomía y cambios sociales. La querella de las mujeres es el origen filosófico e intelectual del feminismo.

Este debate no se limitó a una retórica vacía, sino que fue un campo de batalla donde las mujeres, junto a sus defensores, articularon argumentos para demostrar que las limitaciones que sufrían no eran naturales, sino construcciones sociales impuestas. En los territorios de la Corona de Aragón adquirió una forma particular y rica, alejada de la confrontación pública directa que se veía en otras partes de Europa, para centrarse en la creación de espacios de resistencia, la resignificación de discursos sagrados y el ejercicio de una libertad práctica gestionada desde el interior de monasterios, beguinatos y palacios.

Una figura destaca por encima de todas como la encarnación de esta resistencia intelectual: Isabel de Villena. Abadesa del monasterio de la Santísima Trinidad de Valencia, Villena no se conformó con ser una observadora pasiva de la literatura misógina de su tiempo. Su obra magna, la Vita Christi, publicada en 1497, no fue solo un ejercicio de piedad, sino una pieza de ingeniería teológica diseñada para desmantelar el discurso que denigraba a las mujeres.

Villena fue testigo de cómo el médico Jaume Roig, en su obra Espill, retrataba a las mujeres como seres inherentemente malvados y pecaminosos. Sin necesidad de descender al terreno del insulto personal, respondió con una ginecotopía sagrada. En su relato, Jesús y las mujeres que aparecen en los Evangelios se convierten en los verdaderos protagonistas de la historia de la salvación, desplazando a los hombres a un plano secundario. Al retratar a la Virgen María con una altura intelectual capaz de debatir con sabios y a María Magdalena como la discípula predilecta y valiente, logró invalidar el pecado original de Eva mediante la figura de María y transformó el relato de la caída en el inicio de la redención.

La resistencia contra la misoginia encontró un refugio en los conventos de los siglos XVI y XVII. Para muchas mujeres de mentalidad independiente, el ingreso en la vida religiosa no era una forma de sumisión, sino una vía de escape frente a la muerte civil que suponía el matrimonio concertado. Dentro de la clausura, figuras como Sor Joana de la Concepción convirtieron sus celdas en salones culturales donde se cultivaba la música, la retórica y la teología. Estas comunidades funcionaron como pequeños espacios autogestionados.

Lejos de la imagen de la pasividad, las abadesas ejercían una gestión administrativa radical. Negociaban con mercaderes, gestionaban grandes patrimonios y pleiteaban en los tribunales civiles para proteger sus bienes de las intromisiones de los visitadores eclesiásticos. Al financiar la construcción de espacios de estudio privados, estas mujeres aseguraron su autonomía intelectual, convirtiendo a los conventos en las verdaderas academias donde, vetadas de las universidades públicas, pudieron instruirse como Puellae doctae (mujeres doctas).

Si los conventos ofrecieron un espacio de libertad dentro de la vida religiosa, fuera de ellos también surgieron formas inéditas de autonomía femenina. El movimiento de las beguinas representó la mayor revolución social de las mujeres laicas. En ciudades como Barcelona y Mallorca, estas comunidades, que vivían en libertad, sin depender de un marido ni de una jerarquía eclesiástica rígida, desafiaron los pilares patriarcales. Al agruparse en pequeñas viviendas urbanas, las beguinas demostraron que era posible una existencia autónoma basada en el trabajo propio, la reciprocidad y el estudio.

La adopción del pensamiento del filósofo Ramón Llull fue para muchas de ellas una herramienta clave. Al abrazar la idea de que el alma podía alcanzar el conocimiento divino directamente a través de la razón y el amor, sin necesidad de intermediarios clericales, validaron su capacidad intelectual. Figuras como Agnès de Pachs de Quint, que financió la copia de manuscritos, o Elisabet Cifre, fundadora de instituciones dedicadas a la educación de niñas, ejemplifican cómo estas mujeres no solo reclamaron su derecho a pensar, sino que crearon estructuras pedagógicas para que otras pudieran seguir su camino frente a las imposiciones de la escolástica masculina.

La defensa de la autoridad intelectual femenina no quedó restringida al ámbito religioso. El mecenazgo cultural, el intercambio de correspondencia y la gestión patrimonial fueron sus armas políticas. En una época donde los derechos civiles permitían una mayor protección de la propiedad femenina, las nobles aprovecharon esta ventaja jurídica para asegurar su autonomía económica. A través de cartas, como las que intercambiaron Estefanía de Requesens y su madre Hipólita Roís de Liori, tejieron redes de saber y solidaridad que legitimaban su autoridad y criterio frente a los dictados de los teólogos. Hubo quienes, como Estefanía de Carrós de Mur, fueron más allá al fundar escuelas en sus propias residencias para educar a jóvenes en la libertad de elección, promoviendo una formación que iba mucho más allá de las tareas domésticas.

La querella de las mujeres en los territorios de la Corona de Aragón no fue un hecho aislado, sino un movimiento de afirmación feminista. Ya fuera a través de la pluma de una abadesa, de la organización de una beguina o del mecenazgo de una noble, las mujeres de la Edad Media y Moderna no se limitaron a quejarse de su situación. Reclamaron su lugar en la historia, dignificaron sus experiencias y construyeron espacios de soberanía que desafiaron el orden establecido, demostrando que la inteligencia y la capacidad de dirigir su propio destino nunca han sido una cuestión de género. Su legado nos recuerda que, a pesar de los intentos de silenciarlas, las mujeres siempre encontraron la forma de tomar la palabra y definir su propia existencia en el espacio público y privado.