Imagen de archivo de una plantación de tabaco en EEUU en el siglo XVIII.World History Encyclopedia

La infantería que abandonó sus rígidas tácticas europeas para sobrevivir en el salvaje oeste californiano

La unidad catalana fue clave en la defensa, exploración y colonización de la Alta California durante el siglo XVIII

A finales del siglo XVIII, la frontera septentrional del Virreinato de la Nueva España se convirtió en una de las regiones más inestables y complejas del Imperio español. El avance de las incursiones de tribus nativas como apaches, comanches y seris amenazaba la estabilidad de las Provincias Internas. Esto es el vasto territorio que abarcaba los actuales estados de Texas, Arizona, Nuevo México y California. La defensa de esta inmensa línea fronteriza recaía tradicionalmente sobre los dragones de cuera, unidades de caballería ligera compuestas mayoritariamente por criollos y mestizos locales.

Su nombre derivaba de la cuera, una chaqueta protectora hecha con hasta siete capas de piel de venado que resultaba eficaz contra las flechas de los indios. La escasez crónica de efectivos en los presidios obligó a las autoridades coloniales a movilizar tropas regulares de España, lo que dio pie a la intervención del Primer Batallón de Infantería Ligera de Cataluña, los Voluntarios de Cataluña.

El envío de los Voluntarios de Cataluña a la Nueva España respondió a una estrategia de profesionalización militar impulsada por las reformas borbónicas. A diferencia de los dragones de cuera, habituados a la guerra de guerrillas, el terreno árido y el combate ecuestre, los catalanes formaban un cuerpo de infantería ligera adiestrado bajo los cánones de la ordenanza militar europea clásica.

Su indumentaria original consistía en casacas azules con solapas amarillas, tricornios y armas de fuego provistas de bayonetas. El contraste operativo era evidente. La caballería local operaba con adargas, lanzas y una movilidad extrema, mientras que la infantería peninsular dependía del fuego disciplinado a pie y de tácticas de formación cerrada que resultaban inicialmente ineficaces en la accidentada geografía de aquel terreno.

La integración de los voluntarios en el dispositivo defensivo de la frontera no se realizó incorporando a estos hombres dentro del cuerpo de los dragones, sino articulando una cooperación táctica complementaria. Durante las campañas contra los seris y los pimas en la Expedición de Sonora (1767-1771), los mandos militares combinaron ambas fuerzas para optimizar los recursos disponibles.

En el campo de batalla, los infantes catalanes actuaban a menudo como una fuerza de contención fija. Su disciplina permitía establecer líneas de fuego cerradas que frenaban las emboscadas nativas. Una vez repelido el ataque inicial, los dragones de cuera aprovechaban su movilidad para iniciar persecuciones en terrenos donde la infantería no podía avanzar con rapidez. Por el contrario, en asaltos a fortificaciones naturales o peñones escarpados donde la caballería resultaba inútil, los Voluntarios de Cataluña asumían el avance a pie gracias a su entrenamiento en tácticas de asalto ligero.

El momento culminante de esta cooperación humana y operativa se produjo en 1769 con la Expedición de Gaspar de Portolá, organizada para asegurar y colonizar la Alta California ante el riesgo de expansión rusa y británica en el Pacífico. Portolá, militar de origen catalán, lideró un contingente que incluía a veinticinco soldados de la Primera Compañía de Voluntarios de Cataluña, bajo el mando directo del capitán Pedro Fages.

La dureza extrema de la travesía terrestre, marcada por el azote del escorbuto y la falta de provisiones, forzó una adaptación total de las tropas peninsulares. Para sobrevivir y cumplir los objetivos de la misión, los voluntarios catalanes tuvieron que abandonar sus rígidas pautas europeas. Aprendieron a montar a caballo de manera sistemática y adoptaron el uso de las pesadas cueras locales para protegerse tanto del armamento nativo como de la vegetación espinosa de la región. Durante este periodo y en las posteriores fundaciones de los presidios de San Diego y Monterrey, estos infantes operaron a efectos prácticos como soldados de cuera, asumiendo por completo sus funciones y riesgos.

Más allá del ámbito estrictamente combativo, la llegada de los destacamentos catalanes supuso un alivio logístico fundamental para los saturados presidios fronterizos. La guarnición de un presidio español en el siglo XVIII debía dividir sus esfuerzos entre patrullas de reconocimiento, persecución de desertores, custodia de prisioneros, escolta de misiones y la propia defensa estática del fuerte.

Al establecerse compañías de voluntarios catalanes en puntos estratégicos, estos asumieron las labores de defensa estática, las guardias coloniales y la protección directa de los misioneros franciscanos. Esto liberó a las unidades de dragones de cuera de sus tareas administrativas y defensivas fijas, permitiéndoles concentrarse exclusivamente en su verdadera especialidad. Esto es el reconocimiento profundo del terreno y las patrullas móviles de larga distancia a lo largo de la frontera.

La relevancia de los oficiales catalanes en la estructura de los dragones de cuera se consolidó cuando asumieron puestos de alta responsabilidad política y militar en las Provincias Internas. Pedro Fages, tras su participación en la expedición de 1769, llegó a ser nombrado gobernador de Las Californias, coordinando de forma directa toda la red de presidios y las operaciones de la caballería ligera local.

El capitán Pedro de Alberni Teixidor llegó a la Alta California en 1796 al mando de una compañía de setenta y dos soldados voluntarios. Ante el deterioro del Presidio de San Francisco, utilizó los recursos técnicos de su unidad, reorganizó la mano de obra militar e indígena para reconstruir los muros con adobe, mejoró los acuartelamientos de los dragones de cuera y construyó infraestructuras básicas como huertos y canales de agua para garantizar el autoabastecimiento. También supervisó el Castillo de San Joaquín para fortificar el acceso a la bahía.

Los oficiales de los Voluntarios de Cataluña, al no formar parte de las oligarquías criollas ni de las dinámicas internas de los presidios tradicionales, ejercieron con frecuencia un papel de árbitros neutrales, rebajando las tensiones entre los misioneros y los dragones de cuera e implementando políticas de pacificación y negociación con las comunidades indígenas aliadas.

La intervención de los Voluntarios Catalanes aportó disciplina táctica y el relevo logístico necesario para prolongar la operatividad de los presidios, participando activamente en la exploración del territorio y en el establecimiento de los núcleos urbanos primitivos que darían origen a ciudades modernas en el suroeste de los actuales Estados Unidos.