El laberinto catalánJoan López

El independentismo y el PSC, desconcertados por la ola de apoyo a la selección

Tres de las cuatro capitales catalanas tendrán pantallas, solo Gerona, en manos de la CUP, no pondrá pantalla

Aficionados a la selección española de fútbol durante la celebración del partido de semifinales entre España y FranciaGustavo Valiente / Europa Press

Las audiencias de los partidos del Mundial en Cataluña, con más de dos millones de telespectadores en el partido de la semifinal, dejan poco lugar a dudas: los catalanes siguen a España como en cualquier otro lugar de España.

Es más, el canal 2Cat de RTVE, impulsado por el Gobierno de Pedro Sánchez para promocionar el catalán, en el marco de sus acuerdos con ERC y Junts, ha logrado sus mejores datos de audiencia desde su nacimiento con la transmisión de los partidos de la selección. Más de 325.000 personas siguieron la retransmisión en catalán del partido España-Francia. ¡Fallo en Matrix!

Por si quedaba alguna duda, al finalizar el partido contra Francia las calles de las ciudades catalanas, incluso en los sitios más insospechados, como Berga o Vic, se llenaron de jóvenes con la bandera por capa y casi todos con la camiseta blanca, que tanto éxito ha tenido, dando vivas a España y haciendo sonar las bocinas de sus motos o coches.

El independentismo llevó mal el Mundial de 2010, pero entonces aún no había sucedido el intento de golpe de 2017 y la explosión de apoyo a España fue más tímida, menos gente, menos pantallas, menos camisetas. El 2017 lo cambió todo en Cataluña. Las manifestaciones del 8 y del 29 de octubre sacaron de casa a todos los catalanes hartos del relato unidireccional nacionalista y, por lo que se ve y vive estos días, los catalanes no nacionalistas ya no han vuelto a cerrarse tras las cuatro paredes de sus domicilios.

El 2017 lo cambió todo en Cataluña. Las manifestaciones de octubre sacaron de casa a todos los catalanes hartos del relato unidireccional nacionalista

Estos días en Cataluña hay cuatro tipos de personas: los indiferentes con el Mundial y el papel de la selección, la legión creciente de seguidores de la selección –la inmensa mayoría de ellos, para tortura separatista, son jóvenes–, los independentistas ofuscados y la clase dirigente socialista que intenta adaptarse a las circunstancias como puede para no alejarse de sus votantes, pero a la vez no distanciarse de sus socios separatistas.

Después del partido de Cabo Verde, el concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona, David Escudé, cuando se le pidió una pantalla para seguir los partidos de la selección, se cachondeó del combinado español y afirmó que «visto lo visto, hay que ser muy optimista para pensar que España hará algo en este Mundial». Finalmente, el Ayuntamiento socialista de Barcelona, a regañadientes, ha aceptado poner una pantalla en la Ciudad Condal, pero a diferencia de cuando España jugó la última final de la Eurocopa, en esta ocasión la pantalla no estará en el centro de Barcelona, sino en una calle alejada del centro cerca del estadio del FC Barcelona.

Los vídeos que corren por redes sociales de las pantallas en algunas ciudades del entorno de la capital, como Badalona, Sabadell o Mataró han llevado a los alcaldes socialistas a instalar pantallas para la final. Nunca es tarde si la dicha es buena. De hecho, tres de las cuatro capitales catalanas tendrán pantallas, solo Gerona, en manos de la CUP, no pondrá pantalla. Silvia Orriols, alcaldesa de Ripoll, se ha vanagloriado de que ella en su municipio tampoco dará pie a la celebración de España. No obstante, es antiislamista, pero antes de eso es, sobre todo, hispanofóbica. La fiebre por las pantallas ha llegado incluso a Premià de Dalt, feudo de la familia Pujol y gobernada por Junts.

Después de los alegres seguidores de España, el segundo grupo más ruidoso y festivo que se ve estos días por Barcelona es la amplia colonia argentina que vive en Cataluña, son más de 50.000, todos ellos tan felices y amigables como los que se pasean por la calle ataviados con la camiseta de nuestro combinado nacional.

Capítulo aparte merece él, hay que reconocerlo, el muy numeroso colectivo de gente que desea con todo su corazón la derrota de España. En los primeros días del Mundial, como en 2010, se mostraban altivos afirmando que la columna vertebral de la selección es la del FC Barcelona, pero a medida que el Mundial ha avanzado y las manifestaciones de felicidad y españolidad se han multiplicado, su mal humor ha crecido de forma exponencial y, ahora, a las puertas de la final, su posición está clara: quieren que gane Argentina y, para no decir la verdad, que no es otra que odian a España, se escudan detrás de Messi y lo que el astro argentino representó para «su» Barça.

Silvia Orriols se ha vanagloriado de que ella en su municipio tampoco dará pie a la celebración de España. No obstante, es antiislamista, pero antes de eso es, sobre todo, hispanofóbica

Es una situación paradójica. Messi, formado en la cantera barcelonista, vivió durante décadas en Barcelona y jamás dijo ni Bon Dia (buenos días), mientras que en la selección hay gente que habla un catalán académico y ha nacido aquí; incluso algunos de ellos son independentistas. Lamine Yamal responde a preguntas de los medios catalanes en un catalán impecable. Joan Garcia, Pau Cubarsi, Eric Garcia, Dani Olmo y Marc Cucurella, algunos de ellos, a diferencia de Messi, tienen «ocho apellidos catalanes», pero para los independentistas ver que las calles no son suyas como proclamaban en 2017 (els carrers serán sempre nostres –las calles serán siempre nuestras–) o que su modelo educativo basado en la inmersión ha fracasado porque los niños en los patios donde las autoridades vigilan que no hablen castellano jueguen a ser Rodri, Fabian o Lamine, con España, es mucho más de lo que pueden resistir.

Finalmente, hay otro tipo de separatistas, es el modelo «si no puedes con tu enemigo, únete a él». Es el grupo de gente que representa Joan Laporta, presidente del FC Barcelona. Él, muy independentista, exdiputado autonómico por Solidaridad Catalana para la Independencia y exconcejal de ERC, ahora aplaude los «¡Viva España!» de Iker Casillas y se pasea por la Quinta Avenida de NY dando abrazos a los aficionados equipados con la camiseta de España con los que se cruza. A fin de cuentas, ya se sabe que Messi y Laporta se detestan mutuamente, así que, aunque Laporta sea independentista, él aplica esa máxima de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos.