Monasterio de las Descalzas Reales, un convent en el Centro de Madrid construido 1564.Luis Garcia, Wikipedia

El eco de la música divina resonó en las Descalzas Reales gracias a un Bach nacido en Olot

El apellido Bach, de origen catalán, perteneció a Joseph Bach, un destacado organista de Olot que triunfó en Madrid

El filósofo francés Voltaire escribió: «Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo». Años después, el escritor y filósofo rumano E. M. Cioran: «Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios. La música de Bach es la única razón para pensar que el Universo no es un desastre total». El apellido Bach no es exclusivo de Alemania, en Cataluña también es común, sobre todo en Gerona, y uno de ellos fue organista como Johan Sebastian Bach, el Cantor de Leipzig.

En alemán la palabra Bach posee un significado marcadamente fluido, pues significa arroyo, una pequeña corriente de agua que surca la tierra con frescura. En catalán su origen es «obac», un paraje montañoso y sombrío donde la luz del sol apenas entra. Quienes habitaban en estas laderas oscuras o poseían masías en sus inmediaciones acabaron por adoptar el accidente geográfico como seña de identidad. Así, mientras los antepasados del compositor alemán tomaban su nombre de los riachuelos de Turingia, diversas familias en Cataluña se convertían en los Bach por el simple hecho de vivir al amparo de las sombras de sus bosques y cordilleras.

La antigüedad de este linaje catalán está ampliamente documentada en archivos medievales, revelando que el apellido ya era común en Gerona mucho antes de que Johann Sebastian naciera en Eisenach en el año 1685. Se sabe de la presencia de familias Bach en la época medieval tardía, vinculadas incluso a la administración de los bienes de los últimos caballeros Templarios en el noreste peninsular. Los Bach de Cataluña pertenecían mayoritariamente a la pequeña nobleza rural y a los estamentos de los hombres de paratge, terratenientes acomodados y payeses de remensa. El arraigo del apellido lo encontramos en las comarcas de la Selva, la Garrotxa, Alt y Baix Empordà, Osona y el Bages.

Aunque todos los Bach de estas comarcas siguieron toda su vida vinculados a la tierra, uno de ellos salió de allí y compartió con el de Leipzig la misma devoción por las teclas del órgano. También se movió por la administración eclesiástica y pasó muchas horas bajo el olor de incienso de los monasterios, donde aprendió música y desarrolló su carrera musical.

Joseph Bach nació en Olot, en el corazón de la Garrotxa, sobre el año 1713. Sus padres fueron el zapatero Joseph Bach y Jerónima Bacha Juanetas. Desconocemos gran parte de su vida, aunque sabemos que fue alumno de la Capilla de Música del Monasterio de Montserrat. Allí aprendió órgano, solfeo, composición, contrapunto, canto coral, canto llano y recibió la educación reglada de la época que incluía gramática, latín, retórica, humanidades, doctrina cristiana, liturgia, escritura y aritmética básica. Debió entrar a los siete años y allí permaneció unos diez años. Con toda posibilidad tuvo como maestros a Benet Valls y Benet Esteve.

En el año 1740 se trasladó a Madrid. Allí demostró su talento. El motivo por el cual se trasladó a Madrid lo desconocemos. Logró introducirse en el influyente y cerrado círculo del Real Convento de las Descalzas Reales, un espacio de inmenso poder religioso y político protegido directamente por los monarcas, donde habitaban monjas de clausura pertenecientes a la más alta aristocracia. La abadesa era Sor María de Santa Clara. En este entorno, Joseph Bach asumió el cargo de tesorero y organizador de las festividades litúrgicas, custodiando los fondos económicos con la misma precisión con la que ejecutaba sus partituras.

Su vida personal en Madrid también comenzó a consolidarse de manera paralela a su prestigio profesional. En agosto de 1740 contrajo matrimonio con María Catalina Pérez de la Torre, una dama viuda de origen cordobés que aportó estabilidad a su nueva etapa madrileña. La felicidad de esta unión civil se vio truncada por la muerte prematura de ella, dejándole viudo y sin descendencia. Rehizo su vida casándose en segundas nupcias con Jerónima Marcos, natural de Valdeavero. De este segundo matrimonio nació su único hijo y heredero, bautizado con el nombre de José Benito, quien prolongaría el linaje del organista en la capital.

La fama de su carrera artística se materializó alrededor del año 1750, cuando la dirección del convento le nombró primer organista de la Capilla de Música de las Descalzas Reales. Sentado ante los imponentes teclados del órgano del convento, rodeado de tapices de Rubens y bajo la mirada severa de los retratos de la Casa de Austria, Joseph Bach hacía brotar una música refinada que servía de bálsamo y elevación espiritual para la comunidad religiosa y la alta nobleza madrileña. Era un puesto de inmensa responsabilidad y prestigio, reservado únicamente para los maestros más dotados de la península.

Al acercarse el final de sus días, la madurez y la fe de Joseph Bach quedaron plasmadas en su testamento mancomunado, otorgado junto a su esposa Jerónima el 2 de octubre de 1770 ante el escribano real Enrique Escudero y Daza. Este documento revela la conmovedora dimensión humana de un hombre que, a pesar de codearse con la opulencia cortesana, mantenía intactos sus afectos familiares y su generosidad. En sus disposiciones reservó la suma de 500 reales de vellón para su hermana Magdalena, que residía viuda y desamparada en Cataluña con dos hijos a su cargo, asegurando así un sustento para su sangre en la lejana patria de su infancia.

Pocos meses después de dictar su última voluntad, el 23 de marzo de 1771, Joseph Bach falleció en Madrid. Su entierro se llevó a cabo bajo un manto de sobriedad y misticismo. Fue sepultado en secreto, contando con la preceptiva licencia del vicario, en la paz del claustro del Convento de las Descalzas Reales. Sus restos fueron depositados frente a la capilla del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, tal como él mismo había solicitado con humilde devoción en sus últimas horas. Allí, bajo las losas de piedra que tantas veces pisó para subir a la tribuna del órgano, reposa el Bach catalán, ajeno por completo al destino universal de su homónimo alemán, pero eterno en su propio rincón de historia, música y silencio.