Turistas se refrescan en la fuente de Canaletas en Barcelona
Cataluña
Barcelona ya no se enfría: el calor de la noche dispara el riesgo de muerte mientras las alertas siguen mirando al día
Dos estudios de la UPC alertan de que las noches tropicales se han convertido en el principal enemigo de la salud en la capital catalana y cuestionan unas políticas públicas y una normativa energética que consideran desfasadas
El calor ya no da tregua cuando se pone el sol. Si antes la noche era el momento de recuperar fuerzas tras una jornada sofocante, en la Barcelona de 2026 sucede justo lo contrario: las temperaturas apenas bajan, el asfalto continúa desprendiendo el calor acumulado durante el día y miles de vecinos intentan dormir en viviendas que, en muchos casos, se convierten en auténticos hornos.
La consecuencia va mucho más allá de la incomodidad. Dos investigaciones del Centro de Política de Suelo y Valoraciones (CPSV) de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) concluyen que el calor nocturno se ha convertido en una amenaza sanitaria incluso mayor que el diurno. Tanto, que los investigadores sostienen que los sistemas públicos de alerta están infravalorando el verdadero riesgo y reclaman revisar desde los protocolos sanitarios hasta la certificación energética de las viviendas.
Barcelona lleva décadas calentándose, pero no al mismo ritmo que el resto del país ni que el conjunto del planeta. Según los estudios, la temperatura media de la ciudad ha aumentado 3,22 grados desde 1971, una subida muy superior a la registrada en España. Sin embargo, el dato más preocupante no está en las máximas, sino en las mínimas: durante ese mismo periodo las temperaturas nocturnas han aumentado 3,87 grados, casi un grado más que las diurnas.
La explicación está en el conocido efecto de «isla de calor urbana». El hormigón, el asfalto, la escasez de vegetación y la enorme densidad edificatoria hacen que la ciudad acumule calor durante horas y lo libere lentamente cuando anochece. Mientras en otras zonas el ambiente refresca, Barcelona sigue irradiando temperatura.
El enemigo aparece cuando todos intentan dormir
Los investigadores llegan a una conclusión que rompe con la percepción habitual de las olas de calor: las noches extremadamente cálidas provocan más muertes que los días de temperaturas extremas.
El análisis de la mortalidad entre 2007 y 2018 atribuye 721 fallecimientos a las altas temperaturas nocturnas, frente a 571 relacionados con las máximas diurnas. La razón es que el organismo necesita esas horas nocturnas para recuperarse del esfuerzo térmico soportado durante el día. Cuando ese descanso no llega, el estrés se acumula y el riesgo para la salud aumenta de forma considerable.
Por eso los autores consideran que ha llegado el momento de cambiar incluso la manera de hablar del fenómeno. Más que «olas de calor meteorológicas», proponen empezar a referirse a «olas de calor sanitarias», poniendo el foco en sus consecuencias sobre las personas y no únicamente en los registros de los termómetros.
Las personas mayores, las más expuestas
El impacto se concentra especialmente entre la población de edad avanzada, cada vez más numerosa en la capital catalana. Barcelona cuenta ya con 361.914 habitantes mayores de 65 años, una cifra que podría superar los 700.000 dentro de apenas un cuarto de siglo. Son precisamente ellos quienes soportan el mayor riesgo.
Solo en 2025, el Instituto de Salud Carlos III atribuyó 342 fallecimientos por exceso de calor entre mayores de 65 años en la provincia de Barcelona. En la ciudad, cerca del 80 % de las muertes relacionadas con las temperaturas extremas correspondieron a personas de más de 75 años.
Durante la ola de calor del pasado mes de agosto, la probabilidad de fallecimiento entre los mayores aumentó más de un 70 % cuando las noches no descendieron de los umbrales considerados críticos por los investigadores.
Uno de los aspectos más críticos del informe apunta directamente a las administraciones. Los investigadores consideran que los sistemas oficiales continúan prestando demasiada atención a las temperaturas máximas mientras minimizan el impacto sanitario del calor nocturno.
El Ministerio de Sanidad activa sus avisos tomando como principal referencia las máximas diurnas. Por su parte, el Servicio Meteorológico de Cataluña también incorpora las mínimas, aunque, según el estudio, fija unos umbrales demasiado elevados para reflejar el riesgo real.
El CPSV sostiene que la amenaza para la salud comienza ya con 30,2 grados durante el día y 24 grados durante la noche, temperaturas inferiores a las que actualmente desencadenan buena parte de los avisos oficiales.
Viviendas pensadas para el invierno
Pero la crítica de los investigadores no termina en los sistemas de alerta. El segundo estudio cuestiona el propio modelo con el que España calcula la eficiencia energética de las viviendas.
Según sus datos, Barcelona necesita hoy casi tres veces más energía para refrigerarse que para calentarse, una realidad completamente distinta de la que refleja la certificación energética oficial, basada en parámetros climáticos elaborados hace años.
Los investigadores aseguran que el Código Técnico de la Edificación sigue tratando a Barcelona como si tuviera un clima mucho más frío del que realmente presenta, hasta el punto de infravalorar su temperatura media en más de cuatro grados.
La consecuencia es que muchas actuaciones de rehabilitación continúan priorizando conservar el calor en invierno cuando el verdadero problema ya es expulsarlo durante el verano.
Los autores extienden además sus críticas a la normativa europea sobre eficiencia energética, diseñada principalmente pensando en los países del norte del continente.
En el clima mediterráneo, explican, una vivienda excesivamente aislada puede comportarse como un termo: acumula el calor durante el día y dificulta su evacuación por la noche, especialmente cuando la humedad es elevada y apenas sopla viento. En esas condiciones, el interior de algunos edificios puede alcanzar los 32 o 33 grados, incluso durante la madrugada.
Por ello, el CPSV plantea un cambio de enfoque. En lugar de centrar las políticas únicamente en la eficiencia energética, propone avanzar hacia una auténtica «rehabilitación climática», adaptando las viviendas a la realidad actual mediante soluciones bioclimáticas y ayudas específicas para hacer frente a un problema que ya no pertenece al futuro.
Porque si algo reflejan estos estudios es que el cambio climático en Barcelona ya no se mide únicamente por los récords que alcanzan los termómetros a pleno sol. También se mide por las noches en las que la ciudad deja de ofrecer descanso. Y cuando una ciudad deja de enfriarse, el calor deja de ser una simple incomodidad para convertirse en un problema de salud pública.