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De compañeros a delatores en la sangrienta fractura de la prensa catalana
La polarización política destruyó el compañerismo en la prensa catalana de los años treinta, convirtiendo a antiguos periodistas en delatores
Los medios de comunicación catalanes en la década de 1930 modificaron sus principios éticos. Esto lo podemos vincular a las tensiones políticas de la II República y la posterior guerra civil. En algunas ocasiones se ha descrito el periodo que finaliza en 1934, antes del golpe de Estado de Companys, como una época caracterizada por la cordialidad, la profesionalidad y la convivencia dentro del gremio periodístico. Esto significaba que redactores de diarios republicanos y progresistas, como El Diluvio, con los redactores de periódicos confesionales o tradicionalistas, como El Correo Catalán, mantenían vínculos profesionales y laborales. Es decir, a pesar de las diferencias ideológicas, había compañerismo.
Esta armonía no estaba reñida con ciertas fisuras dentro de la profesión. Existían individuos, que podemos señalar como advenedizos, ajenos al rigor deontológico, que utilizaban las credenciales de periodista como un instrumento de supervivencia personal o de promoción social más que como un verdadero compromiso con la información. Dentro de esta reconstrucción idealizada de la prensa anterior a 1934, el colectivo de periodistas solía reaccionar frente a estas figuras con una cierta tolerancia o condescendencia cultural, interpretando sus maniobras como correrías de la vida bohemia barcelonesa.
El cambio se produjo a partir del 6 de octubre de 1934. Aquel ambiente de normalidad y respeto por las ideas se radicalizó. Se acusó a ciertos sectores de la izquierda republicana de adoptar discursos extremistas e intimidatorios. Aquellos redactores que antes podíamos clasificarlos de pícaros o bohemios pasaron a ser definidos, en los textos oficiales, como elementos subversivos y delatores que amenazaban la estabilidad social y la seguridad individual de sus colegas de redacción.
Esta polarización ideológica se puso de manifiesto en ardientes debates, tanto en salas de prensa como en tertulias, donde las posturas teóricas marxistas empezaron a ganar terreno. Uno de los libros que empezaron a recorrer las redacciones fue El Capital de Karl Marx. El libro sirvió de base para reconfigurar la profesión de periodista, aportando toda una serie de directrices revolucionarias.
Varios fueron estos bohemios que adquirieron un liderazgo dentro de las redacciones de periódicos republicanos o nacionalistas como La Humanitat, La Publicitat, El Diluvio, La Veu de Catalunya o El Matí. Entre los bohemios debemos destacar a Josep Maria Massip Izábal, Javier Regás Castells, Lluís Aymamí-Baudina, Gabriel Trillas Blázquez, Francisco Caravaca, Braulio Solsona Ronda o Gracián Sánchez-Boxa. Todos ellos, según la prensa conservadora de la época, ejercieron una labor de seccionamiento ideológico, utilizando la prensa escrita como plataforma para la delación política y la persecución de compañeros con ideas opuestas o vinculados a las facciones conservadoras.
Sánchez-Boxa fue retratado por la prensa como el máximo exponente de este tipo de periodismo que rompía la hegemonía. Especializado en la narrativa breve y la novela folletinesca, colaboró frecuentemente en colecciones populares de gran éxito de la época como La Novela de Hoy, La Novela Corta o La Novela Ilustrada. Tras haber ejercido el periodismo en publicaciones ilustradas de amplio tiraje nacional como Estampa o Mundo Gráfico, pasó a asumir funciones directivas y de influencia en cabeceras de importancia como en El Día Gráfico. Desde la perspectiva de los textos de la época, la actuación de estas figuras en la trastienda mediática republicana se caracterizó por la búsqueda de puestos privilegiados en la retaguardia, esquivando las obligaciones del frente militar mientras utilizaban la pluma como un arma de agitación, señalamiento y descrédito personal.
Un caso emblemático citado con insistencia en la propaganda para ilustrar esta confrontación dentro del gremio fue la figura de Juan Costa y Deu, influyente periodista, redactor jefe de La Veu de Catalunya y director del Diario de Sabadell y La Veu de Sabadell. En 1932 es nombrado presidente de la Asociación de Periodistas de Barcelona. Al estallar la Guerra Civil, huyó a Italia. Participó como locutor en Radio Veritat desde Génova. Falleció de un ataque fulminante el 23 de febrero de 1938. La reacción periodística que provocó su muerte en la zona republicana fue utilizada por la prensa de posguerra como el ejemplo de la degradación del lenguaje público.
Sánchez-Boxa firmó un artículo necrológico en El Día Gráfico dedicado a Costa y Deu. El texto, profundamente agresivo y cargado de virulencia ideológica, describía al difunto expresidente periodístico con severos insultos. Escribió: «catalán renegado, traidor, delator y cobarde […] Costa y Deu era repugnante de espíritu y cuerpo». O «traicionó a todos sus compañeros, a todos sus amigos. Cuando los periodistas acordamos ingresar en una central sindical, Costa votó en blanco. Si el 19 de julio triunfan los militares, Costa nos hubiera señalado con el dedo uno a uno». Celebró su fallecimiento como un acto de justicia providencial y llamando abiertamente a la condena moral de su memoria.
Para la prensa conservadora, la publicación de este tipo de piezas en la prensa afín al gobierno de Juan Negrín representaba la prueba irreparable del quebrantamiento de las normas fundamentales del respeto profesional y humano, así como un reflejo de los excesos de la retórica revolucionaria durante la guerra. Sánchez-Boxa estuvo vinculado a la sección sindical de periodistas de la UGT. En septiembre de 1936 fue nombrado delegado de la Agrupación Profesional de Periodistas de Barcelona. Se caracterizó por una línea abiertamente beligerante contra el bando sublevado y contra los antiguos profesionales de la prensa que consideraba renegados o simpatizantes del franquismo. Atacó directamente a Manuel Brunet, Carlos Sentís, Josep Maria Junoy o Ignacio Agustín, por defender y trabajar en el bando nacional.
Como el propio Sánchez-Boxa recordó en el texto contra Costa y Deu, se les reprochaba que, cuando la profesión periodística votó antes de la guerra para unificarse sindicalmente en la UGT o CNT, este sector conservador se abstuvo o votó en blanco, esperando, según la narrativa republicana, la victoria de los sublevados para elaborar listas negras contra los redactores de izquierdas. Esta lista negra la organizaron ellos mismos y dio paso a la persecución y asesinato de periodistas conservadores a partir de julio de 1936.