Luis Nicolau d' Olwer, en una imagen de archivoArchivo Fotográfico de Barcelona

Historia

El bibliotecario que gobernó el Banco de España en el exilio y acabó estudiando el idioma náhuatl

Nicolau d’Olwer, helenista y político republicano, gestionó el Banco de España en la guerra y continuó su investigación en el exilio

En la España de los años 30 el debate sobre el papel de los hombres de letras en los asuntos del Estado cobró un carácter desconocido hasta ese momento. La acusación de deslealtad o el reproche de ingenuidad por abandonar el sosiego de las bibliotecas para sumergirse en la política dividió a la sociedad. Un caso paradigmático es el de Luis Nicolau d'Olwer, una figura imprescindible para comprender el modo en que la alta erudición académica, el catalanismo liberal y la gestión pública se entrelazaron durante la II República y guerra civil.

Nacido en Barcelona en 1888 en el seno de una familia acomodada, Nicolau d'Olwer cursó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y se doctoró posteriormente en la Universidad Central de Madrid. Muy pronto consolidó una brillante reputación como filólogo, helenista y humanista. Su perfil encajaba con la de un estudioso meticuloso, traductor eminente de clásicos de la antigüedad como Menandro y Hesíodo, e investigador riguroso que combinaba con elegancia la filología griega con el análisis de la literatura medieval catalana.

Desde los inicios de su trayectoria pública, como miembro de la Lliga Regionalista y más tarde orientada hacia el republicanismo catalanista de Acció Catalana, Nicolau d'Olwer encarnó un catalanismo de corte marcadamente liberal, laico y democrático. Desde los sectores más conservadores, tradicionalistas e integristas de la sociedad el compromiso directo de prestigiosos intelectuales con la causa republicana y con las reivindicaciones autonómicas fue recibido con profunda desconfianza.

Retrato de Luis Nicolau d'OlwerWikimedia

Para estos resultaba incomprensible que hombres de elevada cultura compartieran proyectos y plataformas con las fuerzas de la izquierda obrera o con sectores del anarcosindicalismo de la época. Mientras los críticos consideraban que este acercamiento suponía una quiebra irresponsable del rigor intelectual y una traición al orden constitucional, los protagonistas entendían su participación como un deber ético ineludible en defensa del progreso y las libertades.

De los clásicos al Ministerio

La II República aceleró de manera drástica su entrada en la primera línea de la administración del Estado. Tras haber actuado como representante de Acció Catalana en el Pacto de San Sebastián y haber formado parte del Gobierno Provisional como miembro del Comité Revolucionario, asumió la titularidad del Ministerio de Economía en el gobierno de Manuel Azaña. La designación de un erudito versado en los textos griegos antiguos al frente de la economía de un país en crisis generó notable asombro e ironía entre sus detractores.

Para la oposición, que un helenista asumiera semejantes responsabilidades, constituía un ejemplo manifiesto de la supuesta improvisación con la que la República elegía a sus cargos públicos, sustituyendo el conocimiento técnico por la relevancia literaria. Para sus partidarios su sólida formación humanística y sus vastos conocimientos en numismática e historia económica medieval le dotaban de la capacidad analítica necesaria para afrontar la encrucijada en plena depresión global.

Su proyección institucional internacional se afianzó en 1933 cuando encabezó la delegación diplomática española en la Conferencia Económica y Monetaria de Londres. Un ambicioso foro internacional convocado para buscar soluciones multinacionales al colapso financiero internacional. A pesar de los escasos resultados prácticos de la cumbre, su presencia en la capital británica puso de manifiesto su sobrio estilo negociador y su solvencia en los círculos diplomáticos europeos. El encargo de mayor trascendencia es cuando, en febrero de 1936, fue nombrado gobernador del Banco de España.

El ejercicio del cargo de gobernador situó a d'Olwer en el centro neurálgico de la contienda. Las complejas operaciones financieras destinadas al abastecimiento bélico y la posterior decisión de evacuar las reservas de oro del Banco de España hacia la Unión Soviética desataron un vendaval de durísimas recriminaciones.

Las fuerzas sublevadas y los sectores contrarios al régimen republicano acusaron a la dirección del Banco de España de desmantelar el tesoro público en favor de los intereses del Kremlin y de dilapidar la riqueza nacional. Frente a estas acusaciones las autoridades republicanas sostuvieron que se trataba de operaciones financieras legales y estrictamente necesarias para sostener el esfuerzo de guerra y garantizar la liquidez de un gobierno legítimo frente al bloqueo de divisas exterior.

A comienzos de enero de 1939 organizó y presidió encuentros oficiales con delegaciones parlamentarias extranjeras, como la encabezada por políticos del Frente Popular francés. En esos encuentros desesperados, celebrados en medio del colapso del frente, pronunció discursos institucionalistas apelando al carácter liberal y legal de la República y defendiendo la organización del ejército regular. Mientras que para sus detractores estas intervenciones constituían un acto de desconexión absoluta con la realidad militar de la guerra, para la administración republicana representaban el último ejercicio de dignidad democrática e institucional antes de la inevitable derrota.

En el exilio

Al finalizar la guerra civil Nicolau d'Olwer tomó el camino del exilio. En Francia asumió la presidencia de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), organismo encargado de organizar la evacuación y el sustento de los miles de refugiados españoles que se hacinaban en los campos del sur francés. Su compromiso durante este período le costó la persecución tras la invasión alemana del territorio francés. Lo arrestaron las autoridades de Vichy y fue entregado a la Gestapo, evitando la repatriación a España.

Finalizada la II Guerra Mundial fijó su residencia en México. Representó al gobierno de la República en el exilio como embajador en México entre 1945 y 1947, al tiempo que se integró en la vida académica de la capital mexicana. Como investigador estudio la conquista, la literatura náhuatl y las obras de cronistas coloniales como Fray Bernardino de Sahagún. Falleció en Ciudad de México el 4 de diciembre de 1961, habiendo dedicado sus últimos años a la investigación científica y al rescate de este legado histórico.

La figura de Nicolau d’Olwer continúa ofreciendo hoy una lectura dual. Por un lado la visión de quien percibió la intervención de intelectuales en la política como un desvío trágico de su auténtica vocación. Por el otro, la perspectiva de quienes ven en su trayectoria un testimonio irrenunciable de ética republicana y lealtad institucional ante el colapso de la convivencia democrática.