Somorrostro
El poblado de sal y barracas llamado Somorrostro donde la vida le ganó el pulso al mar
Somorrostro fue un barrio de barracas en la costa barcelonesa, marcado por la resistencia vecinal, el arte y el desalojo
Desde el espigón del gas, el Hospital del Mar, hasta la riera del Bogatell se levantó, desde 1882, el más antiguo barrio de chabolas de Barcelona. Aquella zona desaparecida en 1966, hoy la ocupa la Playa del Somorrostro, el Puerto Olímpico y Nova Icaria Beach. El barrio en cuestión, limítrofe con la Barceloneta era el Somorrostro. No tomó el nombre del valle del mismo nombre en Vizcaya sino, según un leyenda popular, de la expresión «asomar el rostro». Se refería a que, desde esa primera línea de mar, se veían asomar las caras de los pescadores.
Las primeras estructuras del asentamiento comenzaron a aparecer en las últimas décadas del siglo XIX, pero su verdadero crecimiento se produjo a lo largo del siglo XX. Con las grandes obras de la Exposición Internacional de 1929 y, más tarde, tras las secuelas de la Guerra Civil, oleadas de migrantes procedentes principalmente de Andalucía, Murcia y del propio tejido gitano catalán llegaron a la capital en busca de trabajo. Al no encontrar alojamientos accesibles en una trama urbana hostil, no tuvieron más opción que construir una barraca en la misma arena.
Las casas, conocidas como barracas, se levantaban con los materiales que el propio entorno desechaba. Maderas procedentes del puerto, chapas de zinc, restos de cajones de embalaje y ladrillos recuperados de derribos. Hacia 1950 el Somorrostro llegó a alberga a 18.000 personas que habitaban unas 1.400 barracas. Carecían por completo de alcantarillado, canalización de agua potable y red eléctrica. Las mujeres debían hacer largas colas frente a las escasas fuentes comunales para llenar cántaros y cubos con los que sostener el aseo de los niños y la cocina familiar. Las familias blanqueaban las fachadas con cal para ahuyentar la penumbra y pulían los suelos de tierra batida.
Un tejido de vida social floreció en pequeñas bodegas instaladas en las mismas barracas, donde los vecinos se reunían tras las duras jornadas en las fábricas o en la estiba del puerto. En tableros de madera pintados a mano se marcaban a tiza los precios de los vinos claros y tintos, procedentes de diferentes puntos de España como Valdepeñas o el Priorato, el moscatel y los destilados como el anís, la cazalla o el ron. Esos pequeños locales actuaban como verdaderos centros comunitarios donde se compartía la charla y el consuelo cotidiano.
Vivir sobre la playa significaba habitar un territorio en tregua constante con los elementos. El mayor peligro para los vecinos del Somorrostro no era la exclusión social o el recelo de los barrios colindantes, sino el propio mar cuando despertaban los temporales de levante. Cuando las olas cobraban fuerza, el agua irrumpía con violencia en la primera línea de barracas. En noches de zozobra, los vecinos organizaban cadenas humanas para trasladar a los niños y ancianos hacia el terraplén del tren, viendo cómo la marejada destruía las paredes de madera y arrastraba sus pocas pertenencias. Al día siguiente todos se unían para reconstruir desde cero las estructuras caídas.
A pesar de las condiciones infrahumanas impuestas por la falta de infraestructuras, el Somorrostro fue también un hervidero de arte y cultura. En una de esas frágiles barracas, catalogada con el número 48, nació el 2 de noviembre de 1913 la legendaria bailaora Carmen Amaya. Criada en el seno de una familia gitana y trabajadora, aprendió el ritmo de los taconazos descalza sobre la arena de la playa, imitando el vaivén del oleaje. De allí salió una figura universal que llegaría a actuar ante jefes de Estado y a abarrotar recintos como el Carnegie Hall de Nueva York, sin perder jamás la huella y el temperamento moldeados en el poblado marinero.
En el Somorostro Francisco Rovira-Beleta filmó «Los Tarantos» en 1963. La película es una adaptación del Romeo y Julieta al flamenco barcelonés, narrando el amor imposible entre Rafael y Juana, pertenecientes a dos familias gitanas rivales. En la película actuó por última vez Carmen Amaya, la cual falleció en Begur el 19 de noviembre de 1963, de una enfermedad renal.
El destino final del Somorrostro estuvo marcado por el deseo de la administración franquista de borrar la imagen de la miseria antes de las visitas oficiales y la expansión comercial. La sentencia definitiva se ejecutó en junio de 1966. Con motivo de la visita de Francisco Franco a la ciudad para presidir unas maniobras de la flota naval frente a la costa barcelonesa, las autoridades decretaron la demolición inmediata de las barracas.
En cuestión de días, maquinaria pesada y la policía procedieron al desalojo del asentamiento. Las familias fueron evacuadas de manera apresurada hacia polígonos de viviendas de la periferia, como el barrio de Sant Roc en Badalona o el Polígono del Besós, desmontando un tejido vecinal que se había consolidado durante décadas. Las paredes de zinc y madera fueron pulverizadas, y sobre la arena el silencio se instaló hasta la llegada de las Olimpiadas de 1992.
Durante décadas la ciudad de Barcelona pareció olvidar que sobre sus playas había existido una comunidad de más de quince mil almas. Los desarrollos urbanísticos de la década de 1990 y la remodelación olímpica transformaron por completo la fisonomía del frente marítimo, cubriendo el antiguo asentamiento con paseos, restaurantes y zonas de ocio.
No fue hasta el siglo XXI cuando la memoria histórica comenzó a restituir la dignidad del lugar. En el año 2011, tras años de reivindicación de antiguos vecinos y colectivos sociales, el Ayuntamiento renombró oficialmente el tramo de costa comprendido entre el Hospital del Mar y la calle Marina como Playa del Somorrostro. Una placa conmemorativa rinde homenaje al colectivo barraquista que levantó su vida frente al mar.
El Somorrostro ya no existe, pero permanece en la historia viva de Barcelona como el testimonio de un pueblo que convirtió la intemperie en fraternidad y la supervivencia en una lección de dignidad humana. Si alguien quiere recordarlo que mire Los Tarantos.