Los Desconfiados o la sofisticada resistencia intelectual y política que acabó en el exilio

Los Desconfiados o la sofisticada resistencia intelectual y política que acabó en el exilio

Fundada en 1700, la austricista Academia de los Desconfiados defendió la identidad catalana mediante la cultura, acabando exiliada en Viena

En plena guerra de Sucesión española un grupo de catorce hombres decidieron que la mejor defensa contra la incertidumbre no era el aislamiento, sino la duda metódica. Era el año 1700 y fundaron la Academia de los Desconfiados. Sus miembros fundadores fueron Juan Antonio de Boixadors, conde de Savallá; José Antonio Rubí Boixadors, marqués de Rubí; José Amat de Planella, marqués de Castellbell; Francisco de Josa de Agulló, canónigo Catedral de Barcelona; Lorenzo de Barutell de Erill, barón de Oix y Bestracá; Felipe Ferran Sacirera, conde de Ferran; Francisco de Junyent de Vergós, marqués de Castellmeyá; José Taverner de Ardena, canónigo Catedral de Barcelona; Agustín de Copons de Copons, marqués de Moja; Alejandro de Palau de Aguilar, conde de Toralla; José de Rius de Falguera, canónigo Catedral de Barcelona; Antonio de Paguera de Aimeric; José Clua Granyena, doctor en teología; Pablo Ignacio de Dalmases Ros, marqués de Vilallonga.

Durante el lustro que duró la academia, a parte de escribir discursos y poemas, intentaron salvar la cultura y la memoria teniendo en cuenta el cambio que se avecinaba. Todos ellos eran austricistas, partidarios del archiduque Carlos, y no de Felipe de Borbón. Los desconfiados no se pusieron este nombre por cinismo o misantropía, era una sofisticada epistemológica y política. Bajo el lema «Tuta quia diffidens» (Segura porque desconfía), postularon que solo aquel que cuestiona lo que ve y lo que se le impone puede navegar con seguridad. Su emblema era una nave en un mar proceloso con el timonel alerta. Eran herederos de un humanismo barroco que amaba la retórica y la emblemática. Por otro lado fueron precursores de un humanismo que empezaba a valorar el dato histórico y la investigación documental como herramientas de afirmación nacional.

Las reuniones se llevaban a cabo en el palacio que Pablo Ignacio de Dalmases tenía en la calle Montcada, hoy sala de eventos y espectáculos de tablao flamenco. Entre los muros de piedra y bajo los artesonados de madera, personajes como José Antonio de Rubí o Antonio de Peguera, se despojaban de sus armaduras políticas para entregarse al estudio de las medallas antiguas, la numismática, el derecho y la poesía. En una época donde la legitimidad de las instituciones catalanas empezaba a ser cuestionada desde la corte de Madrid, el estudio de la historia y el derecho local era una forma de resistencia. Al investigar las raíces de sus leyes y la lengua estructuraban uno de sus pensamientos. Esto es, para loa desconfiados la cultura era el último reducto de la soberanía.

En una época de cambio, con la muerte de Carlos II, una lucha de dinastías por el trono de España, y un posicionamiento internacional a favor de uno u otro bando, conservar ciertos valores, para los desconfiados, era prioritario. Cuando debatían sobre la pureza del catalán o sobre la importancia de la historia de romana en la Península, no sola hablaban del pasado. Los desconfiados están intentado definir quiénes eran ellos y qué quedaría de su identidad si el vendaval político que se avecinaba terminaba por derribar las estructuras de la Corona de Aragón. Eran conscientes que se avecinaba el final de una época y querían conservar el pasado porque desconocían cómo sería el futuro.

Uno de los aspectos más fascinantes de este grupo fue su capacidad para combinar la tradición con una modernidad incipiente. Aunque sus reuniones seguían protocolos casi litúrgicos y su devoción a San Matías, el apóstol elegido por sorteo para sustituir a Judas, reflejaba una visión del mundo marcada por la providencia y el azar, sus métodos de análisis empezaban a ser rigurosos. Se alejaban de las fábulas medievales para buscar la verdad en las fuentes primarias. Ese rigor no era gratuito. Era la herramienta necesaria para que su desconfianza fuera constructiva. Si no podían confiar en la estabilidad de los tronos, al menos podían confiar en la solidez de un documento bien interpretado o en la belleza de un soneto bien estructurado.

La Academia de los Desconfiados fue también un espacio de sociabilidad único. La jerarquía social quedaba en un segundo término ante el mérito intelectual. La nobleza de sangre se se reconocía en la nobleza del espíritu. Este intercambio de ideas en un entorno de relativa libertad permitió que Barcelona se mantuviera conectada con las corrientes de pensamiento europeas, a pesar de la decadencia general de la monarquía hispánica. Viajeros y diplomáticos vinculados a la academia trajeron libros y noticias de Londres, París o Roma, asegurando que la ciudad no fuera un enclave aislado, sino un puerto de ideas.

La llegada de Felipe V al trono de España y su fidelidad al archiduque Carlos hizo que los Desconfiados fueran considerados proscritos. Esto supuso que la academia cerrara temporalmente en 1705, coincidiendo con la llegada del archiduque a Barcelona. En aquel momento de 14 habían pasado a 47 miembros. Asimismo contaban con 8 meninos o aprendices. La mayoría de ellos formaron parte de la resistencia en contra de las tropas borbónicas. Al terminar Juan Antonio de Boixadors, Pablo Ignacio de Dalmases, José de Taverner o Francisco Junyent siguieron al archiduque y formaron parte de la Corte de Viena. Otros como Agustín de Copons, José Antonio de Rubí, José de Amat o Francisco de Josa se integraron en la administración de los territorios italianos que el archiduque retuvo tras la guerra.

En el año 1713 el Emperador Carlos VI creó en Viena el Consejo Supremo de España. Este consejo funcionaba como un gobierno en el exilio. Se dedicaron a administrar los territorios italianos y europeos que habían pertenecido a la corona española y que pasaron a manos de los Habsburgo tras los tratados de Utrecht y Rastatt, como Milán, Nápoles, Cerdeña y los Países Bajos españoles. Estaba formado mayoritariamente por ministros y oficiales españoles que se mantuvieron fieles al archiduque Carlos. Fue en este entorno donde los miembros de la Academia de los Desconfiados encontraron su espacio político y administrativo para seguir influyendo en la política europea del Imperio.