Imagen de un libro del trovador Guillem de Berguedam con dos damas.
Los datos históricos que salvan al catalán del mito de su decadencia en el siglo XVI
A pesar de la castellanización cortesana, el catalán mantuvo su hegemonía administrativa y representó el 47,5% de las obras impresas hasta 1550
La muerte de Fernando el Católico en enero de 1516 abrió un periodo de incertidumbre legal e institucional en Cataluña. El vacío de poder obligó a las instituciones locales a buscar vías de comunicación rápidas con su sucesor, el futuro Carlos I, entonces en Flandes. El memorial enviado por el Ayuntamiento de Barcelona, por medio de Jaume Planes, definía con pragmatismo las prioridades de la región. ¿Cuáles?
Una posición fronteriza vulnerable ante Francia, la incapacidad de defenderse por medios propios y la necesidad de mantener el orden público frente al bandolerismo. En este texto inicial no figuraban alusiones a las pasadas glorias medievales catalanas ni reclamaciones de primacía dentro de la Corona de Aragón. El motivo es que Cataluña aún arrastraba las consecuencias de la guerra civil remensa.
Durante las primeras décadas del siglo XVI Cataluña adoptó una postura defensiva y conservadora, orientada a protegerse frente a las nuevas instituciones de la Monarquía, como el Consejo de Aragón, el Virreinato o el tribunal de la Inquisición. El absentismo monárquico ya se había consolidado, visibilizado en la pérdida de residencias reales permanentes en Barcelona, donde el Palacio Real Mayor pasó a albergar la Real Audiencia.
La relación con el soberano se estructuró a través del pactismo. En las Cortes de Barcelona de 1519 y 1520, los estamentos prolongaron las negociaciones antes de jurar a Carlos I como rey, priorizando la ratificación de sus fueros y privilegios económicos antes que integrarse en las directrices geopolíticas imperiales. Las demandas catalanas se reducían a cuatro ejes. Estos eran el respeto a las constituciones, la pacificación fronteriza con Francia, la contención de la piratería berberisca y el mantenimiento de franquicias comerciales en el sur de Italia.
A pesar de los intentos de Carlos I por involucrar los recursos del Principado en sus campañas mediterráneas, la respuesta catalana permaneció en márgenes mínimos. Las demandas de la Corona excedían la capacidad de un territorio mermado y no encajaban en sus horizontes políticos particulares. Carlos I describía Cataluña como una provincia estratégicamente relevante por su condición fronteriza, pero aquejada de una endémica ineficacia judicial, divisiones internas y carencias defensivas en las costas y núcleos urbanos.
Los círculos intelectuales catalanes buscaron un encaje ideológico dentro de la Corte. Se ha vinculado este periodo a una decadencia cultural y lingüística provocada por la castellanización de la Corte. Esto no es del todo correcto. Durante la primera mitad de la centuria el latín continuó operando como el idioma de la alta cultura, el derecho y la teología, mientras que el catalán conservó su hegemonía en el plano administrativo, notarial y oral.
En la década de 1550 las obras publicadas en catalán representaban el 47,5% de la producción, frente al 25% en castellano. A partir de 1560 la lógica de mercado de las imprentas y la introducción de redes de distribución peninsulares relegaron gradualmente la edición en lengua catalana a un plano secundario.
El relato histórico catalán de la época se articuló principalmente sobre las obras de Pere Tomic y Pere Miquel Carbonell. La crónica de Tomic, de carácter nobiliario y medieval, difundió leyendas como la de Otger Cataló y registros genealógicos de las casas nobiliarias locales. Carbonell, archivero real de Fernando II, aplicó un método humanista crítico que descartó mitos y desplazó el protagonismo histórico hacia la institución monárquica. En sus Crónicas de España, recurrió a argumentos que emparentaban el origen de los condes de Barcelona con los godos.
La asimilación del término España por parte de autores catalanes como Francesc Tarafa o Francesc Calça poseía un sentido geográfico e historicista de raíz romana. Buscaban dar visibilidad al Principado en el escenario internacional ante un monarca titulado Rey de España. Este proyecto fracasó ante la hegemonía de la crónica oficial castellana y el prolongado alejamiento de la Corte.
La segunda mitad del siglo XVI estuvo marcada por el progresivo desvanecimiento de la cohesión interna de la Corona de Aragón. La fijación de la capitalidad en Madrid por Felipe II en 1561 ensanchó la distancia política y redujo los contactos institucionales directos. Carlos I visitó Cataluña en cinco ocasiones, sumando cerca de dos años de estancia y convocando siete asambleas de Cortes. Felipe II reduciría sus visitas a dos estancias y solo dos convocatorias parlamentarias en todo su reinado.
La ausencia del monarca debilitó el funcionamiento de las instituciones pactistas. Al no celebrarse Cortes con regularidad, la Diputación del General carecía del espacio natural para fiscalizar la acción ejecutiva de la Corona, lo que forzó la convocatoria de las Juntas de Brazos. Estas reuniones extraordinarias asumieron funciones de control político, convirtiéndose en el núcleo de resistencia estamental frente al centralismo de la Corte.
El choque entre la soberanía de la Corona y las instituciones catalanas se agudizó por la percepción mutua de agravios. Los oficiales reales pretendían agilizar la administración y erradicar los fueros que, a su juicio, amparaban la impunidad y el bandolerismo local. Por su parte, los estamentos denunciaban las intrusiones de la Real Audiencia y la Inquisición como violaciones sistemáticas del marco constitucional.
Para corregir estas desviaciones, los brazos propusieron en las Cortes de 1564 y 1585 la creación de un Tribunal de Contrafacciones, un organismo independiente destinado a juzgar las actuaciones inconstitucionales del rey y sus delegados, iniciativa que fue rechazada por la Corona para salvaguardar sus prerrogativas soberanas.
La tensión culminó en una crisis abierta entre 1587 y 1593. Los diputados acusaron a la administración real de alterar los textos legislativos aprobados en las Cortes de Monzón de 1585, mientras que el virrey se negó a negociar mediante comisiones paritarias, aduciendo que la Corona no pactaba de igual a igual con sus vasallos.
Aunque las Cortes de 1599, presididas por Felipe III, ofrecieron un paréntesis de concesión de títulos y generosidad fiscal, el conflicto no se resolvió. El siglo XVI concluyó sin un acuerdo estructural entre un modelo monárquico de vocación absolutista y un sistema foral defensivo, sentando las bases de las rupturas institucionales que caracterizarían la centuria posterior.