Mapa histórico de Ceuta
El legado catalán que marcó el destino estratégico y comercial de Ceuta durante ocho siglos
Durante ocho siglos, catalanes comerciaron, defendieron, gobernaron e impulsaron la asistencia, la industria y el léxico náutico de Ceuta, consolidando su relevancia estratégica.
La vinculación histórica entre Cataluña y Ceuta es un episodio apasionante y escasamente divulgado. A lo largo de ocho siglos, las rutas comerciales mediterráneas propiciaron que comerciantes, militares, religiosos, eruditos e industriales catalanes dejaran una profunda huella en la ciudad autónoma. Durante la Edad Media y los inicios de la Edad Moderna, el comercio marítimo articuló las relaciones en la cuenca occidental del mar, un espacio donde la Corona de Aragón desempeñó un papel hegemónico. El empuje de los Consulados del Mar, la expansión mercantil catalana y el establecimiento de redes marítimas entre el Levante peninsular y el norte de África facilitaron los primeros acercamientos a la estratégica franja del Estrecho de Gibraltar.
Ceuta, por su situación privilegiada y su condición de baluarte defensivo y comercial, atrajo la atención de marinos y comerciantes procedentes de las comarcas catalanas. Estos vieron en el entorno de la plaza un punto neurálgico para el abastecimiento, la intermediación de mercancías y el resguardo de las rutas atlánticas y mediterráneas, estableciendo los primeros vínculos de una convivencia que perduraría a lo largo de las centurias. Con la integración de Ceuta a la Corona española, en 1580, la presencia de catalanes se diversificó, abarcando no solo la actividad comercial sino también la administración militar y la defensa estratégica del territorio.
El siglo XVIII supuso un punto de inflexión, enmarcado en un contexto internacional convulso, donde las potencias europeas se disputaban el control de los pasos marítimos y las posiciones del norte de África sufrían el constante acoso militar. Fue en esta época en la que destacó la figura de José Pla de Agulló-Pinós, marqués de Gironella.
Nombrado gobernador militar de la ciudad en 1702, José Pla de Agulló-Pinós asumió la plaza en una de las etapas más complejas y angustiosas de la historia ceutí. Bajo su mando, la guarnición debió sostener un doble frente bélico de enorme magnitud. Por una parte, resistir el cruento y prolongado asedio terrestre impuesto por las tropas del sultán marroquí Mulay Ismail. Por otro, neutralizar la constante presión naval del bando austricista e inglés, potencias que codiciaban el dominio absoluto del Estrecho de Gibraltar en el marco de la Guerra de Sucesión Española.
Como ferviente partidario de Felipe V, el marqués de Gironella mantuvo una lealtad inquebrantable a la causa borbónica. Tras la dramática caída de Gibraltar en 1704 a manos de la flota anglo-holandesa, rechazó de forma tajante las reiteradas intimaciones de rendición cursadas por el príncipe de Darmstadt, entregadas en mano por el general austricista Juan Bautista Basset. En su lugar, reorganizó las defensas del istmo, reforzó las murallas reales y dispuso medidas tácticas de emergencia para repeler un desembarco británico, garantizando la continuidad de la plaza en el mapa hispánico. Aunque su prematuro fallecimiento interrumpió su gestión, su sucesor, Antonio Zúñiga y la Cerda, mantuvo la determinación del mando para asegurar la inexpugnabilidad de Ceuta.
En el siglo XIX debemos destacar a Agustín Coy Cotonat, una personalidad de amplia proyección moral e institucional. Como capellán castrense volcó sus energías en la atención espiritual, moral y material de los contingentes desplazados y de la población local. Su implicación decisiva en la Asamblea Suprema de la Cruz Roja en Ceuta transformó las labores de asistencia social a principios del siglo XX, impulsando iniciativas benéficas, atención hospitalaria y auxilio en momentos de profunda vulnerabilidad para la ciudadanía. Su dedicación al socorro humanitario sentó las bases del asociacionismo asistencial moderno en la ciudad, convirtiéndolo en una referencia de empatía y compromiso ético.
La presencia catalana en Ceuta experimentó un crecimiento notable durante los siglos XIX y XX, impulsada por la condición de la ciudad como plaza militar y penal. Esto favoreció la llegada continua de personas para cumplir el servicio militar o purgar condenas, estableciéndose muchas de ellas de forma definitiva.
Más allá del ámbito militar y presidiario, hubo un flujo constante de pequeños y medianos comerciantes que se afincaron en la ciudad como las familias Huguet y los Ruell. El padrón municipal de 1856 refleja las primeras cifras con profesionales como músicos, oficiales y comerciantes, mientras que el padrón militar de 1875 registró a 171 catalanes entre confinados y desterrados, dedicados a oficios variados como la albañilería, carpintería, joyería e imprenta.
Hacia finales del siglo XIX, la comunidad catalana diversificó su impacto con la llegada de religiosas, funcionarios y familias dedicadas a la industria, el comercio y las artes, como el fotógrafo Luis Arbona; los hermanos Gonzalo y Baldomero Casas Fontanals, propietarios de una galería fotográfica; el fotógrafo Marcelino Cía González; el doctor en Historia y Derecho Narciso Gibert; el contratista de obras Clemente Rocabert Vila y sus descendientes; el contratista de obras Casimiro Massoni; José Mas Carles y José María Borrás Borrás.
Más allá del ámbito militar, social y empresarial, la peripecia catalana en Ceuta ha sido objeto de una rigurosa labor de rescate histórico para comprender la magnitud de esta relación. En este contexto destaca la obra de Eloy Martín Corrales, reputado historiador y catedrático catalán cuya labor docente e investigadora es indispensable para la historiografía del Mediterráneo.
A través de monografías, artículos y proyectos académicos, Martín Corrales ha desentrañado las redes comerciales, las dinámicas de vecindad y los intercambios culturales que han conectado a Cataluña con Ceuta desde los tiempos medievales hasta la actualidad. Sus trabajos han puesto de manifiesto cómo el puerto ceutí sirvió como puente multicultural y nodo estratégico para las rutas de navegación, permitiendo que las nuevas generaciones valoren la complejidad y la riqueza de estas interacciones socioeconómicas a lo largo de los siglos.
Los marineros y comerciantes catalanes influyeron en el vocabulario marítimo y cotidiano del español costero, expandiéndose hasta el Estrecho y Ceuta mediante sus técnicas de pesca y navegación. De esta impronta destacan términos como gamba, faena (trabajo), espiche (clavijas), pailebot (embarcación) y capicúa (números simétricos). En el léxico local arraigaron vocablos pesqueros y náuticos específicos como boga, escorpina (cabracho) y llobarro (lubina), gaza (lazo de amarra), aijada (herramienta) y malla (redes de pesca), evidenciando un rico legado lingüístico mediterráneo.