Pompeu FabraDibujo creado por IA

El genio que convirtió la reforma del catalán en una lucrativa empresa personal

Pompeu Fabra modernizó el catalán entre controversias políticas y económicas, convirtiendo su reforma filológica en una rentable causa republicana

Aunque el nacionalismo catalán defienda lo contrario, el catalán que se hablaba en el siglo XIX se diferenciaba muy poco del de siglos anteriores. No había tenido una revisión ortográfica ni gramatical en gran medida porque era el idioma de ciertas clases sociales populares y rurales, aunque la burguesía lo hablaba y entendía su habla era el castellano. Se diferenciaba el uno del otro porque el castellano daba prestigio social y el catalán no.

Todo cambió con la llegada de La Renaixença, la Oda a la Patria de Bonaventura Carles Aribau, y el intento de igualar el catalán con el castellano. En este escenario, donde todo estaba por hacer, irrumpió Pompeu Fabra. Nacido en 1868 en el seno de una familia republicana. Se formó como ingeniero industrial y llegó a ejercer como catedrático de química en Bilbao. Su verdadera pasión no estaba en las fórmulas químicas ni en los cálculos, sino en las palabras.

Consideró que era su misión depurar el catalán de los castellanismos que se habían incorporado con el paso de tiempo y sustituirlos por otros procedentes del riqueza medieval o de una reconstrucción filológica rigurosa. Fabra introdujo en la sociedad un nuevo catalán, discutido por sus críticos, pero más flexible, estilizado y adaptado a lo que se consideraba modernidad.

Para sus detractores este gesto en ningún momento fue altruista. La filología era una empresa muy rentable. Con la creación del Institut d'Estudis Catalans y la publicación de sus normas ortográficas y el Diccionario general de la lengua catalana, Fabra pasó a ser un personaje público que debía recibir apoyo económico, como la suscripción nacional promovida en su honor que le reportó 125.000 pesetas, una suma astronómica para la época.

Quienes lo trataron en la intimidad descubrieron en él a un personaje de contrastes fascinantes. Más allá de las solemnes distinciones académicas que le brindaba el catalanismo albergaba una aspiración singular. Quería ser el más anglófilo de los catalanes. Gran admirador de la cultura francesa y, sobre todo, del pragmatismo británico, Fabra proyectaba una imagen calculada de distanciamiento respecto a la tradición hispánica y las raíces mediterráneas de la Península.

Sus críticos interpretaban esa inclinación cosmopolita como una enmascarada aversión a la cultura latina y española, un posicionamiento ideológico que encajaba con su adscripción a la masonería y sus firmes ideales liberales. En el Ateneu Barcelonès su presencia era venerada. Se le podía ver sentado o ante un tablero de ajedrez o recostado en un sofá. Apenas movía la cabeza para responder a las alabanzas. Pulcro, reservado y sobrio, encendía su pipa o sus cigarrillos de tabaco de importación inglés, observando el discurrir del mundo con una parsimonia que sus adversarios tachaban de fría e hipócrita.

Incluso episodios controvertidos, como el supuesto rechazo a permitir el acceso de un sacerdote a su entorno cercano para administrar los últimos auxilios espirituales a un conocido, fueron amortiguados por la enorme sombra de su prestigio público. Quienes osaban señalar sus contradicciones eran arrinconados por una corriente política decidida a mitificar la lengua y a sus impulsores.

Su compromiso con las posiciones de izquierda se consolidó cuando aceptó integrar las listas de Acció Catalana. Fue una incursión amarga. En Barcelona sufrió un duro revés electoral ante candidaturas populares encabezadas por militares de dudoso historial republicano. Pese al fracaso su vinculación con la causa republicana e izquierdista se consolidó. Su trayectoria política quedó marcada por su detención y traslado al buque Uruguay tras el golpe de estado de Companys el 6 de octubre de 1936.

Durante la guerra civil fue nombrado presidente del Consejo General de la Universidad de Barcelona. Asumió responsabilidades institucionales en el ámbito educativo y se integró en los organismos de la administración catalana durante el conflicto. Para sus detractores se convirtió en cómplice de las requisas y de la radicalización del periodo bélico.

La implicación directa de una figura tan prominente provocó que la controversia política arrastrase consigo a la propia institución lingüística. Para amplios sectores del país, confundir la apasionada filología de Fabra con la causa republicana y el catalanismo radical resultó inevitable. Menéndez Pelayo, antes de Fabra, había celebrado la riqueza del catalán.

Este, en su intervención en los Juegos Florales de Barcelona de 1888 ante la reina María Cristina, dijo «la que hizo estremecer las ruinas de la sagrada Acrópolis; la lengua que dejó el Rey Conquistador a Mallorca y a Valencia; la lengua en que dictaban sus leyes y escribían sus gestas aquellos gloriosos príncipes de la Casa de Aragón, cual corona descansa en la frente de nuestro hijo amigablemente enlazada con la corona de Alfonso el Sabio. Y por esto, Señora, habéis venido a escuchar amorosamente los acentos de esta lengua no forastera, ni exótica, sino española y neta de toda mancha de bastardía».

El desenlace de la guerra en 1939 condujo a Fabra al camino del exilio. Instalado en el sur de Francia, en localidades como Prats de Molló y en Prades o Prada de Conflent, la imagen de los últimos años del lingüista evoca una profunda melancolía. Alejado de su patria, envejecido y despojado de sus honores institucionales, el hombre que había dedicado su existencia a articular cada pieza del idioma se vio reducido a la austeridad de una rutina silenciosa.

Dicen quienes le vieron en los cafés del exilio francés que en su rostro pálido se adivinaba la pesadumbre del sabio que contempla cómo las pasiones de la historia arrollan las construcciones del espíritu. Las disputas sobre la «i» latina, la apóstrofe o las grafías rescatadas pasaban a un segundo plano frente a la tragedia colectiva vivida.

En la soledad de Prades, donde falleció el 25 de diciembre de 1948, siguió trabajando de forma incansable en su obra lingüística hasta el último aliento, dejando tras de sí un legado monumental que, por encima de las encendidas polémicas de su época, transformó para siempre el lenguaje y la gramática, hablándose hoy en día, con algunas modificaciones, el idioma que él estructuró, modificó y diseñó a principios del siglo XX.