Serena

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Una traición convirtió a Serena a convertirse en la bestia de las cumbres de Pándols y Cavalls

Tras sufrir una traición, Serena mutó en bestia arpista y aterrorizó los montes, hasta hallar paz y aceptación en Els Ports

En las sierras de Pándols y Cavalls, entre barrancos colgados sobre el curso del río Canaletas, la tradición habla de una criatura cuyo solo nombre provocaba que los pastores atranquen los corrales antes de que el último rayo de luz se extinguiera en el horizonte. Esa criatura era Serena. Su figura no pertenecía al reino de los hombres ni al de las bestias del cielo.

Antes de convertirse en el terror de los montes fue una muchacha de carne y hueso que habitaba en los valles cercanos, admirada por todos debido a su gracia singular y a una cabellera rojiza y tupida. Su destino quedó marcado por el desengaño. Un amor roto, una traición profunda e irreparable, la arrojó al pozo de amargura, volviéndose insoportable la convivencia con sus semejantes. La joven se refugió en la soledad de las cumbres más altas, donde el viento de la sierra canta entre las grietas de la roca.

Fue en aquel aislamiento, combinado con la pena y las fuerzas oscuras, cuando comenzó a moldear su cuerpo. Su piel se endureció para resistir el hielo de las madrugadas. Sus brazos se cubrieron de plumas de tonos pardos y castaños hasta desplegarse en dos alas majestuosas de enorme envergadura. Su rostro perdió la dulzura de los rasgos humanos cuando su boca se alargó y se endureció hasta convertirse en un pico córneo, ganchudo y afilado como una daga. Sus pies se transformaron en garras de ave rapaz, dotadas de uñas corneas capaces de aferrarse a cualquier sitio y sujetar con firmeza a sus presas. Lo único que conservó fue su melena rojiza, que caía sobre su espalda de plumaje oscuro como una cascada de fuego.

Serena mantenía las necesidades de un depredador y, al no poder regresar al poblado, convirtió los rebaños que pastaban en las zonas Altas en su principal fuente de alimento. Descendía sobre los rebaños con la velocidad del rayo y la discreción del viento. Con su pico curvo y sus garras afiladas atacaba ovejas, cabras y terneros, desangrando a los animales para alimentarse antes de que los perros o los pastores pudieran reaccionar. Las pérdidas sufridas engendró odio. Se organizaron batidas y armaron a los mozos con chuzos y escopetas, pero la agilidad de la criatura y su capacidad para ocultarse en las grietas inaccesibles de la sierra volvían inútiles todos los intentos de darle caza.

A pesar de su apariencia feroz y de su conducta sanguinaria, Serena llevaba en su interior una contradicción que la devoraba. Aunque su cuerpo era el de una bestia, su espíritu no había olvidado el dolor de la soledad. Cuando la luna llena ascendía e iluminaba los peñascos de Pándols y Cavalls salía de su caverna llevando consigo un arpa de madera. Nadie supo jamás si aquel instrumento lo había rescatado de su antigua vida o si lo había construido con cuerdas y ramas del bosque. Lo cierto es que poseía una habilidad prodigiosa para hacerlo sonar.

Las notas que brotaban del arpa flotaban en la brisa nocturna y se extendían por todo el valle. Emitía una melodía cargada de encantamiento, una cadencia hipnótica y melancólica que poseía el poder de paralizar la voluntad de quien la escuchaba. Los viajeros que transitaban por los caminos de montaña, los pastores que velaban junto a las hogueras y los campesinos que se asomaban a las ventanas atraídos por el sonido quedaban atrapados en un sopor invencible.

Apenas oían las primeras notas los párpados les pesaban y un sueño profundo, semejante al estado de trance, los dominaba por completo. Cayendo rendidos las víctimas quedaban indefensas a merced de la criatura. Algunas veces Serena se limitaba a observarlas desde la distancia, buscando en sus rostros dormidos la paz que a ella le faltaba. Otras veces, empujada por la furia de su naturaleza salvaje, aprovechaba la indefensión de los caídos para convertirlos en sus víctimas.

A medida que pasaban los años la vida de Serena se convirtió en una espiral de amargura. Aunque provocaba el llanto en las casas de los valles y mantenía en vilo a toda la comarca, en su interior crecía un profundo cansancio. Estaba exhausta de infundir miedo, de escuchar las maldiciones de los hombres y de ver cómo los campesinos encendían grandes fogatas para ahuyentarla. Se daba cuenta de que la violencia con la que atacaba a los rebaños y el hechizo con el que adormecía a los caminantes no le devolvían la humanidad perdida ni apagaban la pena que la había llevado a la montaña.

Una noche de tormenta, después de contemplar desde lo alto de una peña el pánico que su presencia provocaba en una aldea cercana, tomó una determinación. Comprendió que en la sierra de Pándols y Cavalls jamás encontraría el perdón ni cura para su maldición. Abrió sus enormes alas, dio un potente salto hacia el abismo y se elevó por encima de las nubes que cubrían la comarca. Voló hacia el sudoeste, dejando atrás las tierras donde había sufrido como mujer y matado como bestia.

Su travesía la llevó hasta las cumbres escarpadas del macizo de Els Ports, un territorio inmenso y abrupto, dominado por cañones infranqueables, bosques densos de pino negro y murallas verticales de piedra que se pierden en la niebla. En aquel paisaje, alejado de los senderos y de las viviendas humanas, Serena encontró un mundo diferente. Els Ports era el hogar de una inmensa población de aves rapaces.

Al llegar ocurrió algo insólito. Las grandes aves de la cordillera no la rechazaron ni le tuvieron miedo. Para las rapaces de Els Ports, no era un monstruo ni un espíritu maléfico, sino una criatura como ellas. Por primera vez se sintió comprendida y aceptada. Dejó de tocar el arpa e ignoró para siempre a los seres humanos. Renunció a la sangre del ganado domesticado y aprendió a cazar como una ave de presa. Allí la mujer-ave encontró la tranquilidad que la vida terrenal le había negado.

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