La persistencia de la memoria
Cómo un queso derretido inspiró unas de las obras más famosas e icónicas del siglo XX
La vida de Salvador Dalí jamás conoció la discreción ni la sobriedad. Concebida por él mismo como una obra de arte total en constante transformación, la trayectoria del pintor ampurdanés trascendió los límites del lienzo para instalarse en el centro de la cultura popular. Mucho antes que existieran las redes sociales y cuando el arte aún no se entendía como una estrategia comercial, Dalí comprendió el poder de convertirse en su propia marca. Detrás de sus emblemáticos bigotes engominados y sus declaraciones provocadoras, se escondía una mente matemática e inquieta, cuya biografía estuvo marcada por dramas familiares, exilios, escándalos internacionales y una insaciable sed de inmortalidad.
El año 1929 marcó un punto de inflexión en la existencia del joven artista. Hasta ese momento Dalí era una promesa emergente y respetada dentro del vanguardismo catalán. La irrupción de Elena Ivanovna Diakonova, conocida como Gala, alteró por completo su destino. Gala, esposa del poeta francés Paul Éluard, se convirtió en musa, gestora, apoderada y única fe absoluta del pintor. La intensa relación sentimental entre ambos, sumada a la conducta pública de Dalí, quien llegó a exponer en París un lienzo con la frase «en ocasiones escupo en el retrato de mi madre para entretenerme», provocó una fractura insalvable con su entorno familiar. El 28 de diciembre de 1929 Salvador Dalí Cusí, su padre, que era un reputado notario, lo expulsó de su casa y amenazó con desheredarlo.
Sin apoyo financiero familiar la pareja buscó cobijo en el litoral de la Costa Brava. Instalados en una pequeña barraca de pescadores sin luz ni agua corriente en la cala de Portlligat, iniciaron su convivencia. Para financiar sus primeros pasos en esta nueva etapa el vizconde Charles de Noailles, por intercesión de su esposa Marie-Laure, le adelantó 29.000 francos franceses a cambio de una gran obra. Dalí le entregó la pintura «La vejez de Guillermo Tell». Con el tiempo, esa primera construcción modesta se transformaría en su famosa residencia laberíntica.
Aquel verano de 1929 en Cadaqués había comenzado como un encuentro entre los grandes nombres del vanguardismo. Dalí venía de rodar con Luis Buñuel «Un perro andaluz» en París, con la financiación de los Noailles, donde conoció a Joan Miró, René Magritte, Jean Arp y a Paul Éluard. Los invitó a pasar unos días a orillas del Mediterráneo. El movimiento surrealista, surgido como respuesta frente a los horrores de la Primera Guerra Mundial, buscaba la fuente del arte en el inconsciente, los sueños y los recuerdos infantiles.
En este entorno la presencia de Gala generaba una fascinante contradicción. Por un lado irrumpía en un mundo masculino y tensionaba las dinámicas del grupo. Por otro fascinaba a todos por su inteligencia y carisma. Max Ernst, con quien Gala había mantenido un romance previo, la inmortalizó como la única figura femenina en su famosa pintura «Reunión de amigos». En «La vida secreta de Salvador Dalí», el pintor recordaba el impacto de ver a Gala por primera vez desde la ventana de su habitación, reconociendo en su espalda desnuda la figura exacta de la «mujer de sus sueños» que lo perseguía desde la infancia.
Dominado por un nerviosismo extremo que le provocaba ataques de risa incontrolables, Dalí cayó rendido a sus pies. Gala, intuyendo la profundidad fantástica y aterradora de la mente del artista, le prometió que nunca se separarían. No era una espectadora pasiva. Nacida en Rusia en 1894 en una familia de intelectuales, creció admirando a Dostoievski y Tolstoi. A los dieciocho años, mientras se trataba de una afección pulmonar en Suiza, conoció a Eugène Grindel, con quien se casó en 1917 y tuvo a su única hija, Cécile. Grindel adoptaría más tarde el seudónimo de Paul Éluard, convirtiéndose en una de las figuras clave de la poesía surrealista. Gala demostró una firme independencia al trasladarse a París en plena contienda bélica mundial para construir su propia vida.
Cuando se conocieron en 1929 Gala tenía 35 años y Salvador 25. Él aún no estaba consagrado y venía de cerrar una intensa etapa afectiva y artística con Federico García Lorca. Al terminar el verano, mientras los demás invitados regresaban a sus rutinas, Gala tomó la decisión de quedarse en Cadaqués junto a un joven pintor aún por descubrir. Éluard regresó solo a París. Poco después viajaron a la capital francesa para la inauguración de la primera exposición surrealista de Dalí, impulsada por lienzos como «Las acomodaciones del deseo», aunque no acudieron a la inauguración, pues prefirieron hacer un viaje íntimo por Barcelona y Sitges.
Gala no solo protegió la fragilidad emocional del pintor, sino que se integró en su proceso creativo. Coautora intelectual de múltiples proyectos, por eso muchas obras llevan la firma conjunta, gestionó su carrera artística. Mientras vivían a caballo entre Portlligat, París y Estados Unidos, donde residieron casi una década huyendo de la Segunda Guerra Mundial, la pareja construyó un universo propio.
En Portlligat, mientras estaba solo en su casa, pintó su obra más universal. Era el año 1931 y, en cinco horas, creó «La persistencia de la memoria», también conocida como «Los relojes blandos». El cuadro surgió una noche calurosa tras observar cómo un queso camembert se derretía lentamente sobre la mesa. Esa observación cotidiana mutó en una meditación sobre el tiempo blando y la relatividad. A pesar de su impacto la obra original sorprende por su pequeño formato, de tan solo 24 x 33 cm.
El cuadro está lleno de simbolismos, como la mosca y las hormigas, que representan la decadencia, muerte y fugacidad; la figura antropomórfica es un autorretrato distorsionado de Dalí durmiendo; la rama de olivo la muerte de la sabiduría antigua; los relojes blandos la relatividad del tiempo; el reloj de bolsillo el tiempo mecánico y artificial; y de fondo la costa de Cadaqués y el Cabo de Creus.
El público, la crítica especializada y la comunidad científica internacional interpretaron la composición como una brillante respuesta poética y visual a las revolucionarias teorías de la relatividad formuladas por Albert Einstein. El cuadro era una representación plástica de un tiempo que ya no era firme, rígido, lineal ni controlable por el ser humano. El cuadro fue adquirido por 250 dólares. Desde 1934 se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. De salir a la venta su valor de marcado superaría los 350 millones de dólares.