Los sobrenombres de los monarcas de la Corona de Aragón
Historia
La historia secreta de los sobrenombres que definieron a los monarcas de la Corona de Aragón
Monarcas de Aragón usaron apodos basados en rasgos físicos, conductas, logros militares o propaganda política para definirse históricamente
A casi todos los condes y reyes de la Corona de Aragón se les nombra con un apodo o sobrenombre. Una curiosidad que se dejó de utilizar a partir del 1700, aunque los reyes de la casa de Borbón tuvieron el suyo, no se incluye al nombrarlos. Una excepción es Fernando VII llamado el Deseado. Pues bien, porqué esos apodos y cómo es que se les conoce así. A continuación explicaremos los motivos.
Wifredo I el Velloso. Según las crónicas medievales tenía tanto pelo que este rasgo físico acabó dándole el sobrenombre. Incluso dicen que, tras años fuera, su familia lo reconoció gracias a este detalle.
Wifredo II Borrell. No tiene apodo, aunque eligió Borrell para diferenciarse de su padre.
Sunyer I el Loco o el De mente. Las crónicas le atribuyeron este apodo debido a que al final de sus días, afectado por las muertes de sus hijos y crisis personales, decidió abandonar el poder y recluirse en un monasterio, mostrando una conducta que en la época se consideró errática.
Borrell II el Grande. Recibió este tratamiento por su enorme trascendencia política.
Miró I. No tuvo ningún apodo o sobrenombre histórico.
Ramón Borrell el Batallador. Su apodo se debe a su política militar ofensiva contra el territorio de Al-Ándalus.
Berenguer Ramón I el Curvo. Llamado así por una notable deformidad física en su espalda o columna, que le hacía caminar encorvado.
Ramón Berenguer I el Viejo. Se le apodó así porque tuvo un reinado muy largo y por haber redactado los Usatges de Barcelona.
Ramón Berenguer II Cap d'Estopes. Recibió este mote debido a que tenía una cabellera muy espesa, rizada y de un color rubio claro o pajizo.
Berenguer Ramón II el Fratricida. Tras ser acusado popularmente de haber asesinado a su hermano recibió este apodo.
Ramón Berenguer III el Grande. Recibió este sobrenombre debido a su brillantez como gobernante.
Ramón Berenguer IV el Santo. Llamado así por su profunda religiosidad, rectitud y por ingresar en la orden de los Templarios antes de morir.
Alfonso II el Casto. Llamado así por su profunda devoción religiosa y su estricta moralidad.
Pedro II el Católico. Recibió este apodo por su ferviente defensa de la fe cristiana. Murió en la Batalla de Muret (1213) defendiendo a sus vasallos occitanos frente a los cruzados de Simón de Montfort.
Jaime I el Conquistador. Obtuvo este sobrenombre por expandir los territorios de la Corona, arrebatando a los musulmanes el Reino de Mallorca (1229) y el Reino de Valencia (1238).
Pedro III el Grande. Llamado así por su gran audacia político-militar. Desafió al mismísimo Papa y al rey de Francia al conquistar la isla de Sicilia.
Alfonso III el Liberal. Se le apodó así por su generosidad y por hacer grandes concesiones de privilegios a los nobles.
Jaime II el Justo. Se ganó este apelativo por su gran labor legislativa, su talante pacificador y su empeño en modernizar la administración de justicia, aplicando las leyes con equidad tanto para los nobles como para el pueblo.
Alfonso IV el Benigno. Recibió este sobrenombre debido a su carácter dócil, pacífico y bondadoso.
Pedro IV el Ceremonioso. Se le llamó así por su obsesión con la etiqueta, el protocolo cortesano y por redactar las normas de la Casa Real.
Juan I el Cazador. Recibió el mote por su desmedida pasión por la cetrería y la caza en los bosques.
Martín I el Humano. Lo llamaron así por su carácter afable, compasivo y su gran amor por la literatura, la música y las artes humanistas.
Fernando I el de Antequera. Su apodo se debe a su mayor logro militar antes de ser rey, la conquista de la estratégica ciudad islámica de Antequera (Málaga) en 1410.
Alfonso V el Magnánimo. Se le llamó así por su generosidad, su clemencia con los enemigos derrotados y su enorme labor como mecenas cultural.
Juan II el Grande. Su apodo se debe a su tenacidad y energía militar para defender su trono durante la durísima Guerra Civil Catalana.
Fernando II de Aragón y V de Castilla el Católico. Junto a su esposa Isabel I de Castilla, recibió este título vitalicio y hereditario otorgado por el Papa Alejandro VI en 1496, como reconocimiento por la culminación de la Reconquista de Granada y la defensa de la fe.
Juana I de Castilla y Aragón la Loca. Aunque era reina titular nunca ejerció el poder real. Ha pasado a la historia con este trágico sobrenombre debido a los graves problemas de salud mental.
Carlos I de España y V del Sacro Imperio el César. Al ser elegido Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se le conoció en toda Europa como el César en alusión a los antiguos emperadores romanos. También se le llamó «el Rayo de la Guerra» debido a su incesante actividad militar y a la rapidez con la que se desplazaba en persona por todo el continente para liderar sus batallas.
Felipe II el Prudente. Recibió este apodo por su minuciosidad, su paciencia y su extrema cautela a la hora de tomar decisiones de Estado.
Felipe III el Piadoso. Conocido así por su profunda y devota religiosidad, que a menudo rozaba el misticismo. Su desinterés por las tareas de gobierno las delegó a su valido, Francisco de Sandoval Rojas, duque de Lerma.
Felipe IV el Grande o el Rey Planeta. La corte oficial le otorgó el pomposo título de el Grande o el Rey Planeta en un intento de propaganda política para equiparar su poder al del Sol, ya que bajo sus dominios «nunca se ponía el sol». Su reinado coincidió con el inicio de la decadencia militar y económica del imperio.
Carlos II el Hechizado. El último rey de la Casa de Austria recibió su apodo debido a su extrema fragilidad física y mental, fruto de generaciones de endogamia, lo que llevó a la creencia popular de que sus males eran causados por un maleficio o brujería.