Ciudadanos de Sarajevo corren para esquivar los disparos de los serbios en 1994Enric F. Martí / Efe

Historia

La implicación de dos agencias de Barcelona en la trama de los safaris humanos de Sarajevo

Durante el asedio de Sarajevo (1992-1995), el conflicto bélico más prolongado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, la capital bosnia se convirtió en un escenario de resistencia, asedio constante y privaciones extremas. Tras la brutalidad bélica permanecía oculta una de las vertientes más siniestras y desgarradoras de la contienda. Hablamos de los denominados safaris humanos.

Bajo esta denominación se escondía una red clandestina de turismo en la que, adinerados ciudadanos occidentales, pagaban exorbitantes sumas de dinero por viajar al frente de batalla. ¿Su objetivo? Ocupar posiciones de francotirador en las colinas que rodeaban Sarajevo y disparar a discreción contra civiles indefensos que intentaban sobrevivir en las calles.

Nuevas investigaciones periodísticas y judiciales han sacado a la luz la compleja logística internacional que lo hizo posible. En el centro de esta trama destaca una revelación. La participación activa de dos grandes agencias de viajes con sede en Barcelona, las cuales sirvieron de enlace operativo para trasladar a los participantes hacia la zona de conflicto.

La reconstrucción de esta red internacional ha cobrado renovado impulso gracias al trabajo del periodista y escritor italiano Ezio Gavazzeni. En su obra Safaris humanos: La investigación sobre el negocio de la muerte en Sarajevo, publicada en España por Ediciones Península, Gavazzeni detalla cómo operaba la maquinaria del macabro turismo bélico.

Según las indagaciones expuestas por el autor, la logística no dependía de grupos paramilitares aislados, sino de un entramado bien estructurado de intermediarios en varias capitales europeas. El principal cerebro de la red, de acuerdo con el relato del investigador italiano, se ubicaba en Bélgica, desde donde se coordinaban las solicitudes y los pagos de los clientes adinerados.

Para garantizar el desplazamiento fluido de estos turistas del disparo, desde Europa occidental hasta los Balcanes, la trama requería la infraestructura formal de agencias de viajes tradicionales. Es en este punto donde la investigación sitúa a dos agencias de gran envergadura operativas en Barcelona a principios de la década de 1990.

Estas entidades catalanas habrían proporcionado la cobertura logística, el transporte y la tramitación de billetes e itinerarios que permitían a los clientes volar desde España y otros puntos del continente hacia Italia o países limítrofes, desde donde se completaba el trayecto hacia las posiciones del ejército bosnio-serbio en Grbavica y las colinas colindantes.

El mecanismo de estos safaris estaba diseñado para un perfil muy específico de participante. No se trataba de combatientes ideológicos ni de mercenarios contratados para apoyar una causa política. Quienes acudían a Sarajevo eran personas con elevado poder adquisitivo como empresarios, diplomáticos, profesionales adinerados e influyentes figuras de la alta sociedad europea.

Para acceder a las líneas de tiro, los participantes pagaban tarifas extremadamente altas que fluctuaban en función del blanco elegido. Los relatos y evidencias recogidas por la investigación señalan que disparar a un adulto tenía un precio, mientras que apuntar a niños o mujeres conllevaba una tarifa sensiblemente superior. Los organizadores locales proporcionaban armamento de alta precisión, visores nocturnos y la protección de unidades militares que custodiaban a los visitantes durante su estancia en las colinas.

La presencia de ciudadanos españoles en estas expediciones también ha sido señalada en las investigaciones. Diversos indicios y testimonios apuntan a que entre la nómina de tiradores privados figuraban personas procedentes de España que hicieron uso de la red articulada desde las agencias de Barcelona para trasladarse de forma discreta a la zona de guerra.

Aunque el fenómeno de los safaris comenzó a conocer durante la guerra en los pasillos de la inteligencia militar y los servicios de rescate, la atención pública e institucional sobre el tema se reactivó a raíz del trabajo del cineasta esloveno Mirko Pincelli en su documental Sarajevo Safari.

Mediante de testimonios impactantes, entre ellos, el de un exagente de inteligencia que presenció los desplazamientos de los tiradores extranjeros y el de víctimas que sobrevivieron a los disparos desde las colinas, el documental ofreció pruebas circunstanciales que llevaron a la apertura de diligencias formales en varios países.

El relato describe cómo los viajeros llegaban en vuelos comerciales a ciudades como Trieste o Belgrado, para luego ser trasladados en helicópteros o vehículos todoterreno bajo la tutela de mandos militares que facilitaban el acceso directo a los parapetos.

Lo que durante décadas pareció un rumor de guerra indocumentado ha pasado a convertirse en objeto de diligencias penales a escala comunitaria. En la actualidad, diversas fiscalías europeas mantienen abiertas investigaciones para determinar las responsabilidades individuales e institucionales en estos hechos. Entre las instituciones judiciales que analizan el caso se encuentran las fiscalías de Milán, Viena, Berna, Bruselas y Sarajevo.

El objetivo fundamental de los fiscales es identificar a los intermediarios que se lucraron con esta trama, esclarecer el nivel de conocimiento o complicidad que tenían los responsables de las agencias de viajes participantes, incluidas las dos firmas de Barcelona, y, en la medida en que la prescripción penal y la obtención de pruebas lo permitan, sentar en el banquillo a los tiradores occidentales que participaron en los asesinatos.

La posibilidad de que ciudadanos de sociedades pacíficas y prósperas viajaran durante el fin de semana a una ciudad sitiada para matar por puro entretenimiento pone de manifiesto los abismos morales a los que puede llegar la impunidad y el negocio mercantilista de la muerte.

Las revelaciones que vinculan a las agencias de Barcelona abren un capítulo necesario de rendición de cuentas dentro de la sociedad española. Exigir luz sobre la complicidad de infraestructuras comerciales, en facilitar crímenes de guerra, no es solo un compromiso con la verdad, sino un acto de justicia hacia los miles de civiles que vivieron bajo el asedio de Sarajevo entre 1992 y 1995. Las investigaciones judiciales en curso serán clave para determinar hasta dónde llegó la responsabilidad de la red y si la impunidad cederá el paso a la verdad.