El majestuoso panteón Urrutia de MontjuïchArchivo

Barcelona

El majestuoso panteón Urrutia de Montjuïch inspirado en el Mausoleo de Halicarnaso

Augusto Urrutia, indiano enriquecido con el cacao venezolano, erigió en Barcelona un imperio burgués y un célebre panteón en Montjuïch

Augusto Urrutia Roldán encarna la clásica figura del indiano de finales del siglo XIX y principios del XX. Un hombre audaz que, impulsado por el deseo de prosperidad y un espíritu emprendedor, dejó su tierra natal para labrarse un futuro al otro lado del océano Atlántico. Nacido en el País Vasco, pertenecía a una generación de emigrantes que vieron en América un territorio fértil para el comercio y el desarrollo personal. En su caso el destino elegido fue Venezuela, una nación que por aquel entonces vivía un auge económico de la mano de la agricultura de exportación.

Una vez establecido en suelo venezolano concentró sus esfuerzos e inversiones en el sector agrícola y comercial, detectando el inmenso potencial del cacao, producto estrella de la economía de la región y muy codiciado en los mercados internacionales por su excepcional calidad. Gracias a un trabajo constante, una visión estratégica para los negocios y la administración de sus plantaciones y rutas de distribución, Urrutia logró consolidar un verdadero imperio comercial. Su éxito en el negocio cacaotero no solo le otorgó un prestigio considerable en la sociedad de la época, sino que le permitió amasar una inmensa fortuna que cambiaría el rumbo de su vida y el de su descendencia.

Tras consolidar su capital y alcanzar una holgada posición financiera en América, tomó una decisión que era habitual entre los indianos de la época, regresando a España para disfrutar del prestigio social obtenido y reinvertir su patrimonio. El lugar elegido para instalarse no fue su tierra natal sino la pujante y cosmopolita ciudad de Barcelona, que a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX experimentaba una auténtica época dorada impulsada por la industrialización, el urbanismo del Eixample y el efervescente movimiento del modernismo catalán. Barcelona ofrecía el escenario perfecto para un indiano adinerado que buscaba integrarse en las altas esferas de la burguesía local.

En este nuevo contexto urbano y social, Augusto Urrutia consolidó su posición mediante alianzas familiares estratégicas. El 3 octubre de 1909 contrajo matrimonio, en la Iglesia de la Bonanova de Barcelona, con Josefina Miró Gascó, prima del pintor Joan Miró Ferrà. El matrimonio tuvo cuatro hijos, entre los que destacan Martín, Augusto y Josefina Urrutia Miró, que mantuvieron el patrimonio familiar.

Fiel a la costumbre de la burguesía indiana del momento Urrutia proyectó su éxito económico a través de la promoción inmobiliaria y la arquitectura, convirtiendo sus propiedades en reflejo directo de su estatus económico y refinamiento. Para materializar sus ambiciones arquitectónicas confió la práctica totalidad de sus proyectos al arquitecto Antonio Vila Palmés, con quien entabló una estrecha relación profesional. La mayor parte de su obra se encuentra en el barrio de Vallcarca de Barcelona. Desempeñó los cargos de director y profesor de la Escuela Municipal de Artes del distrito de la Universidad y de jefe de la Sección de Habitabilidad del Ayuntamiento barcelonés.

El primer gran encargo residencial se lo encargó en 1902, cuando le mandó construir su residencia principal en Barcelona. Este edificio urbano estaba diseñado para cubrir todas las necesidades de la vida social y familiar de la alta burguesía, destacando por la calidad de sus acabados y su integración en el tejido urbano de la capital. Conocida como Casa Augusto Urrutia o Villa Jesusa, estaba situada en el Passeig Mare de Déu del Coll 1-7, en el barrio de Vallcarca. La casa fue derribada durante el crecimiento urbanístico de la zona.

En 1913, buscando el retiro estival y el descanso lejos del bullicio urbano, encargó la construcción de una imponente casa de veraneo conocida como Villa Urrutia. Esta finca, ubicada en el entorno natural de L'Albiol, en la provincia de Tarragona, se concibió como un deslumbrante palacete rodeado de jardines que combinaba elementos arquitectónicos señoriales con la tranquilidad del campo mediterráneo, convirtiéndose en un testimonio del patrimonio residencial señorial de la época. La casa original se llamaba Mas Mallafré. Consta de planta baja y dos pisos con una fachada modernista de profusa decoración vegetal. Destaca su icónica torre cilíndrica con cúpula apuntada de cerámica rojiza, además de un porche lateral, arcadas de medio punto y balcones con detalles de forja. El interior conserva imponentes techos decorados, chimeneas de época y frescos originales.

El legado arquitectónico de Augusto Urrutia no se limitó únicamente a la vida terrenal y residencial. Consciente de la importancia que la burguesía de la época otorgaba a la trascendencia, la memoria familiar y el prestigio perdurable más allá de la muerte, dedicó una gran parte de sus recursos a la creación de un panteón funerario. Se lo encargó de nuevo a Antonio Vila Palmés y lo encontramos en la vía Sant Oleguer del cementerio de Montjuïch de Barcelona.

Este panteón se convirtió en una de las obras funerarias más célebres, imponentes y admiradas de toda la necrópolis barcelonesa. Diseñado bajo una estética neoclásica de gran sobriedad y elegancia, el edificio se inspiró en una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, el legendario Mausoleo de Halicarnaso. Su estructura exterior transmite una sensación de majestuosidad y perpetuidad, pero su elemento más distintivo e icónico es el conjunto escultórico que lo remata. La escultura del ángel desolado, una figura de bellísima factura dramática que simboliza el duelo, la aflicción y la pérdida terrenal con una sensibilidad artística extraordinaria.

Un pórtico cóncavo compuesto por columnas de inspiración jónica hacen que la vista converja en la figura de un gran ángel desconsolado por la muerte de las personas. Este fue modificado en el transcurso de la construcción del panteón dado que es diferente al proyectado en el plano presentado en el Ayuntamiento. También fue modificada la figura de lo alto del pórtico. En el original se erigía la estatua de figura femenina de pie, vestida con túnicas de pliegues marcados, con el brazo derecho levantado realiza un gesto de bendición o de señalamiento hacia el cielo, un recurso icónico para simbolizar la trascendencia o la ascensión de la fe. La estatua sujeta una gran cruz latina que se eleva hacia el cielo.