Archivo
Historia
La huella de los expulsados de 1492 que llevaron la cultura judía catalana hasta Roma y Salónica
La diáspora judía catalana tras 1492 conservó sus ritos, apellidos y sinagogas en el Mediterráneo, resistiendo la hegemonía castellana
La expulsión de los judíos de la Península Ibérica a finales del siglo XV desencadenó una oleada migratoria sin precedentes que reconfiguró la vida cotidiana de los países bañados por el Mediterráneo y el Atlántico. El edicto de Granada del 31 de marzo de 1492 afectó a todos los judíos de las coronas de Castilla y Aragón. Las razones de la expulsión era para logar la uniformidad religiosa, eliminar la influencia sobre los conversos y el control social y político. Se estima que entre 80.000 y 100.000 judíos abandonaron España, dando origen a la diáspora sefardí.
Aquellas familias se establecieron en Estambul, Salónica, Portugal, Marruecos, Argelia, Túnez, Nápoles, Ferrara, Venecia o Ámsterdam. Con el paso de los años la rama castellana terminó imponiéndose como el grupo dominante de la cultura sefardí, extendiendo el uso del judeo-castellano por casi todas las comunidades receptoras. Aunque de una manera minoritaria un grupo de judíos catalanes lucharon por preservar su legado.
¿Por qué la huella catalana quedó solapada por la castellana? Durante los siglos XIII y XIV el judaísmo en Cataluña vivió una época de enorme esplendor intelectual, filosófico y litúrgico. Figuras de la talla de Nahmánides convirtieron a ciudades como Girona o Barcelona en referentes de la erudición hebrea. Desde el punto de vista demográfico la población judía catalana siempre representó un porcentaje modesto dentro de todo el conjunto.
Las brutalidades y asaltos a los barrios judíos que recorrieron la Península durante el año 1391 golpearon con una dureza demoledora a Cataluña. Aljamas enteras fueron erradicadas y la de Barcelona, que ostentaba el liderazgo social y económico del judaísmo local, se disolvió tras sufrir matanzas, conversiones forzadas y la huida masiva de sus supervivientes. Los sucesos en Girona, Lleida, Tarragona o Tortosa siguieron un patrón similar, dejando a la población judía sobreviviente mermada y fracturada.
Las familias quedaron divididas entre quienes mantenían la fe y quienes aceptaban el bautismo, mientras los intentos por reconstituir aljamas históricas fracasaron. A esto se sumó el impacto ideológico de la Disputa de Tortosa entre 1413 y 1414, un debate religioso forzado que derivó en nuevas olas de conversión, afectando de manera directa a los intelectuales de las comunidades. Por todo ello, cuando el decreto de expulsión entró en vigor en 1492, el judaísmo catalán ya no era el de siglos pasados, sino una comunidad reducida que se vio obligada a emprender el camino del exilio, embarcando en su mayoría desde el puerto de Tortosa hacia el Mediterráneo central y oriental.
Al llegar a sus destinos principales, Italia y los dominios del Imperio Otomano, se vieron en la necesidad de organizarse. En la tradición sefardí, la estructura comunitaria o qehilá se componía de diferentes congregaciones locales llamadas qehalim. Como que el sentimiento de pertenencia geográfica seguía muy vivo, estos grupos se constituían en función de la ciudad o el territorio de procedencia de sus miembros. De este modo nacieron congregaciones catalanas independientes en ciudades tan importantes como Roma, Estambul, Edirne y Salónica.
El caso de Roma es ilustrativo teniendo en cuenta la llegada continua de expulsados ibéricos, sicilianos y provenzales, pues rompían el equilibrio demográfico de la capital italiana, donde predominaban los judíos de rito autóctono. A fin de mantener sus tradiciones los hispánicos fundaron sus propios lugares de culto. En 1517 se documenta la existencia de una representación propia de los judíos catalanes y, poco después, consiguieron la autorización papal para erigir la Scola Catalana. En esta sinagoga no solo se mantenían los rezos tradicionales, sino que la comunidad contaba con sus propias autoridades y gestionaba sus asuntos internos.
Tras el saqueo de Roma en 1527, la disminución de la población refugiada aconsejó la fusión práctica de los catalanes con los aragoneses, dando lugar a la Scola Catalana e Aragonese. Esta alianza se vio favorecida por la proximidad histórica y por la enorme similitud de sus ritos litúrgicos. En 1566 una bula del papa Pío V obligó a concentrar todos los lugares de culto del gueto romano en un único edificio en la Piazza delle Scole. A pesar de compartir espacio bajo un mismo techo con castellanos, sicilianos e italianos, la congregación catalano-aragonesa logró mantener su personalidad jurídica y su espacio de oración durante más de tres siglos.
En las tierras del Imperio Otomano, especialmente en Salónica, la presencia catalana fue aún más visible. En esta ciudad la comunidad creció lo suficiente como para dividirse en Catalan Yashan (la vieja) y Catalan Hadash (la nueva). En el 1526 se imprimió en Salónica un Mahzor o libro de oraciones festivas según el rito específico de Barcelona. Este volumen, publicado por el impresor italiano Moshe Soncino, recopilaba cánticos litúrgicos y poemas religiosos que solo se conservaban en la tradición catalana. Se reimprimió en varias ocasiones a lo largo de los siglos XVII y XVIII, asegurando la supervivencia de sus formas particulares de rezo.
Los judíos catalanes dejaron pequeñas huellas de su vocabulario en el habla de Salónica como kaler (ser necesario), eskuma (espuma), ningu (nadie), krosta (costra), enguente (ungüento) o pixar (orinar). Se conservaron apellidos como Gaba¨´i, Saporta o Saltiel. Debido a su reducido número no pudieron preservaran el idioma catalán en el ámbito cotidiano. Al cabo de pocas generaciones, el judeo-castellano se impuso como el idioma materno y de convivencia entre todos los descendientes de la península.
A pesar de la pérdida del idioma, el rastro del exilio catalán no desapareció por completo. Sobrevivió de forma evidente en la antroponimia de las familias sefardíes a través de apellidos que remiten directamente a su geografía de origen, como Catalán, Tarragano, Geron, Albargelono, Mataro o Rosano. Más allá de los nombres, el judaísmo de Cataluña dejó una herencia fundamental al haber servido de puente de comunicación entre las corrientes del norte de Europa y las del ámbito hispano-árabe. La riqueza de su producción teológica, poética y jurídica fue absorbida por el conjunto del judaísmo universal, convirtiendo la historia de sus expulsados en una pieza imprescindible para comprender la memoria y la identidad del mundo sefardí.