Vista aérea de las montañas del bosque en la Costa Brava en Cataluña.

Vista aérea de las montañas del bosque en la Costa Brava en Cataluña.Getty Images / iStockphoto

Nueve bosques de Cataluña donde el otoño se ve mejor que en ningún sitio

Hayedos del Pirineo al Ebro y castaños centenarios conquistan los bosques catalanes

Con la llegada del otoño, los bosques de Cataluña cambian de color, y en las cuatro provincias hay parajes que merecen el viaje. Desde el hayedo que crece sobre lava en la Garrotxa hasta el castaño de mayor perímetro de la comunidad, en el Montseny, estas rutas sirven para toda la familia. También son una buena excusa para visitar pueblos donde se siguen manteniendo la cocina de temporada y un patrimonio que habla de siglos de fe y de historia en una Cataluña vestida por colores ocre y tonos marrones.

Hayedos

El más famoso es la Fageda d'en Jordà, en la Garrotxa (Gerona). Lo que la hace única es que sus hayas crecen sobre la colada de lava que expulsó el volcán del Croscat hace unos 11.500 años. Hoy es una de las 26 reservas naturales del Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa. Joan Maragall le dedicó unos versos que siguen describiendo bien lo que siente quien la recorre: el bosque le da «un dulce olvido de todo el mundo en el silencio de aquel lugar profundo».

Mucho más cerca de Barcelona, a menos de una hora, está el hayedo de Santa Fe del Montseny. Ya la carretera de subida merece la pena. Arriba esperan hayas muy altas, un pantano y rutas para todos los niveles. El Montseny es Reserva de la Biosfera de la UNESCO desde 1978.

En el sur, en las Tierras del Ebro, están los hayedos del Parque Natural dels Ports. Son los más meridionales de la península ibérica y se consideran un bosque relicto, de otra época. Hay pozas, cuevas y senderos para ir a pie o en bicicleta, y no es raro cruzarse con una cabra hispánica: aquí se encuentra la reserva más importante de esta especie en España.

Abetos en el Pirineo

En el Pallars Sobirà (Lérida), el bosque de Gerdar, en Alt Àneu, es el mayor abetal de Cataluña. En otoño, el verde oscuro de los abetos se mezcla con los dorados de los árboles de hoja caduca. Por su gran valor biológico, a menudo se le compara con la taiga de las latitudes del norte. La ruta más conocida sale de Sorpe, es corta y la puede hacer casi cualquiera. En invierno, con la nieve, se recorre con raquetas.

Al pie de un castillo

En el Alt Empordà (Gerona), el bosque de Requesens es el paraje del término de Cantallops en el que naturaleza e historia van más unidas. Encinas, robles y castaños centenarios rodean un castillo levantado en los siglos XI y XII y reformado a finales del XIX en estilo romántico. Muy cerca está el santuario de Santa Maria de Requesens, del siglo XVIII, que sigue siendo un lugar de devoción popular. Todo está dentro del Paraje Natural de Interés Nacional de la Albera.

El reino de la castaña

El otoño es sobre todo la época de los castaños. En la Baga d'en Cuc, en Cànoves i Samalús (Barcelona), está el castaño de mayor perímetro de Cataluña, con más de doce metros de tronco. Se le atribuyen entre 500 y 600 años. Los niños pueden entrar dentro del tronco, donde según la tradición vivió un carbonero. Se llega con un paseo sencillo desde el embalse de Vallforners, apto para niños a partir de seis años. De vuelta, hay que probar la coca de vidre, las castañas con ratafía y las judías del ganxet.

En Viladrau (Osona), el bosque de Merlí es de los castañares más bonitos de la comunidad. El camino sigue la riera de l'Erola, con pequeños saltos de agua, y es una ruta fácil para hacer en familia por la mañana. Después, lo típico en la mesa son los pies de cerdo con judías.

En la Selva (Gerona), el bosque de Castanyet, en Santa Coloma de Farners, tiene su ruta de castaños milenarios. Se puede combinar con el parque de Sant Salvador y un paseo por el antiguo núcleo de Castanyet, que todavía conserva su iglesia románica. En la mesa, avellanas de Brunyola y buenos embutidos de cerdo.

Por último, en la Conca de Barberà (Tarragona), están los castaños de Prades, rodeados de barrancos y pozas. La ruta más conocida, de unos ocho kilómetros, va de Vilanova de Prades a Vallclara pasando por el barranco de Viern. Para terminar, unos buñuelos de patata de Prades con IGP y un tinto de trepat, la uva autóctona de la zona.

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