La revista Destino evolucionó hacia un espacio plural, crítico y cultural con un marcado tono monárquico y liberalArchivo

Historia

El semanario que impulsó el Premio Nadal y transformó las letras españolas

Nacida como propaganda franquista en la Guerra Civil, la revista Destino evolucionó hacia un espacio plural, crítico y cultural con un marcado tono monárquico y liberal

La revista Destino se fundó en plena Guerra Civil siendo, en sus primeros tiempos, un órgano de propaganda de combate en el bando franquista para, con el final del conflicto bélico, convertirse en un espacio de expresión, debate y dinamización cultural del pensamiento liberal en el tardo franquismo. Con lo cual la revista paso de ser un publicación nacida al amparo del régimen a un medio de comunicación plural, crítico y europeísta, gracias a los periodistas y colaboradores que publicaban sus escritos semanalmente.

El origen del semanario debemos situarlo en la primavera de 1937 en Burgos, capital administrativa del bando nacional. Un grupo de intelectuales y militantes falangistas catalanes, encabezados por Xavier de Salas Bosch y Josep Maria Fontana Tarrats, impulsaron la creación de un boletín impreso dirigido a los catalanes en la zona franquista. Aquellos primeros números, impregnados de la retórica del momento, buscaban reivindicar un papel catalanista dentro de la arquitectura del nuevo Estado que se estaba gestando.

Pronto se sumó al proyecto el joven periodista e industrial Ignacio Agustí Peypoch, quien asumió la dirección y le otorgó una vocación más periodística. A ellos se unió Josep Vergés que acabaría convirtiéndose en el verdadero motor editorial y propietario de la cabecera durante décadas. Agustí fue el autor de Mariona Rebull y el Viudo Rius, por su parte Vergés fundo la Editorial Destino junto a Joan Teixidor.

Terminada la guerra la redacción se trasladó a Barcelona, al haber comprado la cabecera Agustí, Vergés y el conde de Godó. En junio de 1939 inicia la que se conoce como su segunda época. Barcelona, que había sido el epicentro de la inquietud editorial y cultural de los años veinte y treinta, estaba carente de una intelectualidad, al haberse marchado muchos al exilio. Destino se propuso articular un espacio de reencuentro para las clases medias y profesionales que, aun habiendo sobrevivido a la contienda y apoyado el triunfo del bando vencedor, añoraban el tono cosmopolita, urbano y culto de la ciudad.

La revista impulsó en 1942 la creación de Ediciones Destino y, poco después, en 1944, instituyó el Premio Nadal de novela. Este galardón, concebido para homenajear a Eugenio Nadal, un joven redactor de la revista fallecido prematuramente, supuso un hito para la narrativa española de posguerra. Al premiar en su primera edición la obra Nada, de una joven Carmen Laforet, Destino no solo consagró una de las novelas cumbre del existencialismo español, sino que se posicionó como el premio referente de las letras hispánicas, lanzando la carrera de autores como Miguel Delibes, Ana María Matute o Camilo José Cela.

A lo largo de los años cuarenta y cincuenta, bajo la gestión de Josep Vergés, Destino fue atenuando sus iniciales consignas ideológicas para abrazar un tono más aperturista, aliadófilo y de tradición monárquica o liberal. La revista se convirtió en un refugio para plumas heterogéneas que practicaban un posibilismo analítico frente al régimen. Figuras cruciales de las letras y el pensamiento como Josep Pla, Jaume Vicens Vives, Martí de Riquer, Josep Maria de Sagarra, Guillermo Díaz-Plaja o Dionisio Ridruejo publicaron sus artículos. Especial mención merece la presencia ininterrumpida de Josep Pla, cuya prosa, observaciones cotidianas y crónicas viajeras fijaron el estilo de la casa y dotaron a la publicación de un aliento humano de inestimable valor.

A partir de 1958, bajo la dirección del prolífico periodista y gastrónomo Néstor Luján, la revista alcanzó su momento de mayor esplendor y madurez. Destino amplió sus horizontes temáticos e incorporó a una nueva generación de articulistas y literatos como Francisco Umbral, Lorenzo Gomis, Manuel del Arco, Josep Maria Espinàs, Baltasar Porcel o Terenci Moix. Las secciones de crítica de arte, teatro, cinematografía y gastronomía se convirtieron en referentes de la prensa ilustrada. Este ejercicio de pluralidad dentro de los estrechos márgenes de la dictadura provocó constantes roces con la censura del régimen. La Ley de Prensa de 1966 no impidió que la revista sufriera múltiples expedientes, secuestros de ediciones y suspensiones temporales. La tensión culminó con la inhabilitación judicial y posterior cese de Néstor Luján a finales de la década de 1960 debido a la publicación de una carta de un lector juzgada con severidad por el Tribunal Supremo.

Durante el tardofranquismo y los primeros años de la década de 1970 la revista continuó siendo una trinchera de modernización cultural. Destacaron de forma notable sus números extraordinarios monográficos dedicados a repasar la historia social, política y cultural de España. Mediante el uso pionero del color y el papel de huecograbado, la revista reunió a historiadores de primer nivel e intelectuales diversos, como Jordi Solé Tura, Manuel Sacristán o Manuel Jiménez de Parga, para releer con ojos rigurosos períodos clave como el Carlismo, la Primera República o la Restauración, ofreciendo análisis analíticos distantes del adoctrinamiento oficial.

El advenimiento de la Transición trajo consigo una profunda transformación del mapa de los medios de comunicación. La aparición de diarios de amplia tirada con mayor libertad de expresión y la proliferación de semanarios estrictamente políticos restaron espacio a la fórmula tradicional de Destino. En 1975 la propiedad de la revista pasó a manos de un grupo empresarial vinculado al ámbito político de Jordi Pujol, iniciándose una tercera etapa.

La publicación asumió un sesgo marcadamente catalanista e intensificó su debate político, asumiendo la dirección figuras como Baltasar Porcel. Pese a los esfuerzos por adaptar el semanario a los nuevos tiempos democráticos y a un intento de relanzamiento a mediados de la década de 1980, la pérdida irremediable de lectores y las dificultades financieras abocaron a la revista a su cierre definitivo en 1985.

El legado de la revista Destino trasciende su mera existencia material a lo largo de casi medio siglo. Supo articular las aspiraciones de una sociedad que, aun envuelta en la oscuridad institucional, buscó modos de reconstruir su tejido intelectual y mantener un puente constante con la cultura europea.