Imagen de Jordi Pujol Soler.

Imagen de Jordi Pujol Soler.Cedida por Jordi Pujol Soler

Jordi Pujol Soler: «la asimetría no es mala; lo es el mal uso de esa autoridad»

El sacerdote, profesor y autor de Acompañar desde el corazón reivindica el «poder sanador de la escucha y la urgencia de ayudar a reparar»

Jordi Pujol es sacerdote del Opus Dei y profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma, él se encarga de la transparencia y la comunicación institucional de la Iglesia. También asesora a varias instituciones eclesiales, sobre todo en materia de abuso sexual, espiritual y de autoridad, que es además el eje de su investigación.

Este polifacético sacerdote y profesor es, además, el autor de la novela Acompañar desde el corazón, publicado en la editorial Albada. Desde el Debate tenemos el honor de poder entrevistar acerca de su nuevo título a Pujol.

- ¿Qué le llevó a escribir Acompañar desde el corazón ¿Hubo alguna experiencia personal o situación concreta que despertara en usted la necesidad de abordar este tema?

- Nació de la escucha. Mi trabajo me ha llevado a acompañar a personas e instituciones heridas por abusos espirituales y de autoridad, y muchas de esas heridas se produjeron precisamente dentro de relaciones de acompañamiento que debían ser de confianza. En ese camino he comprobado el poder sanador de la escucha y la urgencia de ayudar a reparar.

- ¿Qué vacío o necesidad cree que viene a cubrir este libro en la sociedad actual?

- Vivimos en una cultura del rendimiento y del control que ve la fragilidad como un defecto. Esa lógica ha entrado también en la pastoral: planes, objetivos y protocolos, como si la vida espiritual pudiera diseñarse. El libro propone otro camino: dejar de ser ingenieros, que planifican y controlan, para ser campesinos, que siembran, cuidan y saben esperar.

- En el libro afirma que acompañar no es dirigir, sino caminar al lado de quien lo necesita. ¿Por qué resulta tan difícil ayudar a otra persona sin intentar decidir por ella?

- Porque todos llevamos dentro un pequeño ingeniero que busca resultados: que las plantas crezcan como queremos y en línea recta. Y porque el acompañamiento es una relación asimétrica: uno abre su interior y el otro tiene autoridad, más aún si es espiritual. La asimetría no es mala; lo es el mal uso de esa autoridad. El campesino sabe que no es él quien hace crecer la vida: su tarea es crear condiciones y respetar la libertad del otro sin sustituirla.

- ¿Qué errores cometemos con más frecuencia cuando intentamos ayudar a alguien que atraviesa un momento difícil?

- Querer «arreglar» o «salvar» al otro, dar consejos que nadie ha pedido e imponer nuestro punto de vista. En el fondo es la tentación de ocupar un lugar que no nos corresponde: como dice Tomáš Halík, sanar el mundo es tarea del Mesías, y pretenderlo con nuestras fuerzas acaba en mesianismo. El otro gran error es la prisa: tanto crecer como curar las heridas lleva un tiempo que hoy parece desproporcionado.

- ¿Dónde termina la ayuda y empieza el riesgo de controlar la vida del otro o generar dependencia emocional?

- Hay una pregunta sencilla que sirve de termómetro: ¿este acompañamiento me hace depender emocionalmente o me ayuda a tomar las riendas de mi vida? Un acompañamiento sano hace crecer la libertad y la madurez; si genera dependencia, ha fracasado, aunque parezca muy fecundo. La primera señal de alarma suele ser la ambigüedad, cuando no está claro qué tipo de relación es. Por eso los límites (el lugar, la hora, la duración, el tono) no son sospecha, sino sabiduría que protege a los dos. Acompañamos para enviar, no para retener.

- ¿Qué significa escuchar de verdad y por qué nos cuesta tanto hacerlo en una sociedad marcada por la prisa y la necesidad de ofrecer respuestas inmediatas?

- Escuchar de verdad es prestar al otro toda nuestra atención, sin apropiarnos de él ni de sus decisiones. Cuesta porque exige tiempo, y eso choca con un estilo de vida pragmático y vertiginoso. La escucha no se improvisa: es una educación lenta en la empatía, la paciencia y la presencia.

- ¿Qué aporta la fe cristiana al acompañamiento espiritual y cómo puede ayudar a comprender y afrontar el sufrimiento humano?

La fe no explica el sufrimiento, pero le da un horizonte. En la Cruz, Dios entra en la fragilidad humana; por eso nuestra propia fragilidad puede convertirse en el lugar donde encontramos la gracia. Acompañar, en el fondo, es ayudar a alguien a escuchar a Dios. Y la fe sostiene la esperanza, que, como decía Ratzinger, consiste en conocer el mal y hacerle frente con confianza.

- ¿Cómo se acompaña a una persona que atraviesa una pérdida, una enfermedad o una crisis de fe sin recurrir a respuestas prefabricadas ni intentar explicar lo inexplicable?

- Con presencia más que con palabras, y sin presionar. No se trata de resolver lo que ha herido ni de explicarlo todo, sino de ayudar a que la herida se convierta en un lugar de sabiduría. El acompañante no tiene respuestas para todo: ofrece un lugar donde la persona no está sola mientras discierne y encuentra su propio sentido.

- La soledad y la fragilidad emocional afectan a muchas personas. ¿Qué revela esta realidad sobre nuestra manera de vivir y relacionarnos? ¿Estamos perdiendo la capacidad de acompañarnos unos a otros?

- Revela una cultura que ha idealizado la autonomía y ha olvidado que nos necesitamos unos a otros. Hemos creído que la persona madura es la que no necesita a nadie, y esa quimera hace estragos. Estamos más conectados que nunca, pero la conexión no crea comunidad automáticamente. Por nuestras ciudades caminan mareas de gente desilusionada que, por dentro, grita que quiere ser amada y tomada en serio, mientras el guion social le exige estar siempre perfecta, ser interesante y, por supuesto, sonreír. No hemos perdido la capacidad de acompañarnos, pero hay que incentivarla.

- ¿Cómo se distingue el acompañamiento espiritual de la atención psicológica o terapéutica? ¿Cuándo es necesario reconocer los propios límites y recurrir a un profesional?

- El acompañamiento espiritual no es psicología ni coaching: su fin es ayudar a escuchar a Dios. Pero no compiten, se complementan. El acompañante debe reconocer sus límites: cuando hay trauma, abuso o un sufrimiento psíquico que le supera, hace falta un profesional. En casos de abuso, por ejemplo, el psicólogo es clave para que la persona entienda lo que le ha pasado. Y el propio acompañante necesita, a su vez, ser acompañado y supervisado.

- ¿Quién le ha acompañado a usted en los momentos de mayor dificultad y qué ha aprendido de esa experiencia sobre la importancia de dejarse ayudar?

- Me acompaña espiritualmente un sacerdote de la residencia donde vivo. En los momentos más difíciles me ha ayudado mucho que respetara mi espacio cuando quería distanciar los encuentros, y que no mostrara prisa cuando se alargaban. También me sostiene la amistad con otros sacerdotes con los que trabajo en temas de transparencia en la Iglesia: buscar tiempo para vernos, a veces aprovechando un viaje, nos permite disfrutar juntos y compartir las propias preocupaciones y heridas. He aprendido que quienes acompañamos también somos vulnerables, y que el acompañamiento y la amistad, también con Dios, son clave.

- Si un lector solo pudiera quedarse con una idea de Acompañar desde el corazón, ¿cuál le gustaría que recordara y qué cambio le gustaría que esa lectura provocara en su manera de relacionarse con los demás?

- Que acompañar es algo muy hermoso, pero también una gran responsabilidad, para la que hay que formarse si no queremos hacer daño de buena fe. No se trata de «arreglar» a nadie ni de «controlar» cómo madura, sino de aprender a sembrar, cuidar y esperar, confiando en que el crecimiento es obra de la gracia.

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