El Campo número 2 se inauguró a finales de abril de 1938 en L'Hospitalet de l'Infant y VandellòsArchivo

Historia

El infierno olvidado de los campos de concentración del SIM en Cataluña

Durante la Guerra Civil la Cataluña republicana creó campos de trabajo forzado donde miles de civiles y disidentes sufrieron brutales condiciones, torturas y muerte

La primavera de 1938 trajo consigo la inminente derrota del bando republicano en Cataluña. Mientras el frente avanzaba con la artillería y los mapas militares se replegaban hacia el Este, la República intentaba organizar sus últimas líneas defensivas. Detrás de las colinas, alejada del fragor directo de las trincheras, pero sufriendo la misma angustia, se crearon toda una serie de campos de trabajo forzado del Servicio de Investigación Militar (SIM).

Bajo la autoridad del Ministerio de Defensa, el SIM desplegó en el territorio catalán una red de internamiento pensada no solo para el castigo ideológico, sino para transformar el desgaste del prisionero en infraestructura militar. Entre 4.100 y 5.000 hombres estuvieron internados en estos espacios durante el verano de 1938. No eran, en su mayoría, combatientes capturados con el fusil en la mano en el frente de batalla. Eran civiles de la retaguardia tildados de desafectos, militantes católicos, simpatizantes de la derecha, sospechosos de evasión o quinta columnistas, y soldados republicanos marcados por el estigma del desánimo, la deserción o la automutilación.

El Campo número 2 se inauguró a finales de abril de 1938 en L'Hospitalet de l'Infant y Vandellòs. Hasta allí llegó el primer grupo de cautivos, conducido desde el penal valenciano de Sant Miquel dels Reis. Su cometido era tan colosal como desesperado. Su misión era picar la roca en el Coll de Balaguer para erigir fortificaciones que detuvieran el avance de las tropas nacionales.

El paisaje costero, envuelto en el polvo de las obras a varios kilómetros de las poblaciones cercanas, se convirtió en una pesadilla diaria. Los picotazos y el arrastre de piedra pesada se realizaban bajo el sol y el acoso de la aviación italiana o alemana, que llegó a bombardear la zona de obras hasta en 21 ocasiones. La aviación enemiga no era el único peligro. La falta de higiene, las plagas de parásitos, el agotamiento físico extremo y el trato vejatorio de los guardias mellaron rápido la salud de los hombres.

Muchos sucumbieron sin llegar a ver terminado el parapeto. Quienes caían a pie de obra no tenían honores ni una sepultura digna. Se los inhumaba en fosas improvisadas en las inmediaciones de la propia línea defensiva, terrenos que la historia y el cemento sepultarían décadas después bajo la pérgola de entrada de la central nuclear Vandellós II. A la muerte natural o por extenuación se sumó la arbitrariedad del terror.

Testimonios de la época, como el del doctor Federico Francia Pascual, encargado de la atención médica a los cautivos, recuerdan ejecuciones sumarias cometidas como represalia colectiva tras el intento de fuga de algún prisionero. Ajusticiamientos de rostro anónimo que se cobraron la vida, sobre todo, de sacerdotes y oficiales. Restos hallados con posterioridad en las calles de la villa o trasladados al cementerio municipal atestiguan aún hoy la presencia de aquellos muertos sin nombre.

El avance del frente obligaba a una constante itinerancia de la geografía del encierro. Los destacamentos no eran estructuras fijas, sino sombríos campamentos errantes que se adaptaban a las necesidades tácticas del momento.

En el Priorat el Campo número 6 vertebró su estructura en torno a Falset y tejió subsedes en pequeñas localidades como Cabassers, Gratallops, La Figuera y Porrera. Entre 700 y 1.000 reclusos fueron confinados en esta comarca. A finales de julio de 1938 una comitiva de unos 600 presos, evacuados de la Cárcel Modelo de Barcelona, llegó exhausta tras pernoctar en la bodega cooperativa de Falset, rozados de cerca por las bombas que caían sobre el pueblo.

En Cabassers, la Iglesia de San Juan Bautista fue despojada de su retablo, sus imágenes y su uso litúrgico para quedar reconvertida en un frío dormitorio de prisioneros. Los muros de piedra que durante siglos habían guardado el silencio de la oración albergaron entonces a cientos de hombres amontonados que salían al amanecer con palas y picos a excavar pistas, trincheras y refugios en los montes del Priorat.

El Campo número 1 mantenía a sus cautivos en el recinto del Pueblo Español de Montjuïch, en Barcelona, reconvertido en depósito y centro de control donde se distribuía a los presos. El Campo número 5 se asentó en Ogern, en la comarca del Alt Urgell, para trasladarse luego a Anglesola a medida que la línea de combate se agrietaba.

Escribir sobre los campos de trabajo del SIM exige una mirada despojada de clichés ideológicos para recuperar la dimensión humana de sus víctimas. Estos campos, parafraseando a Rudolf Höss, no eran inconscientes ruedas dentro de la inmensa maquinaria de la II República, sino que eran hombre, muchos de los cuales fueron enterrados sin nombre, asustados que ocultaban un rosario en la costura del pantalón, jóvenes soldados arrepentidos de haber tirado el fusil en un momento de pánico, viejos vecinos arrancados de sus casas por una denuncia anónima o, simplemente, personas que debían ser castigadas por el hecho de ser homosexuales.

A todos ellos se les despojo de la dignidad personal. La jornada empezaba al alba, la comida era escasa, la piel se les irritaba por la roña, los pies les sangraban por las rozaduras de las alpargatas sobre el barro y la piedra, el miedo a la bala de una guardia o a los bombardeos. Estos hombres se enfrentaban, cada día, al dolor y al hambre, y su único pensamiento era mantenerse en pie, soportar el peso de las piedras y conservar la vida hasta la mañana siguiente.

La historia de los campos del SIM en la Catalunya de 1938 no solo documenta un episodio represivo militar en la retaguardia republicana. Expone la tragedia de miles de familias que vieron cómo sus familiares desaparecían en una red de traslados incesantes y caminos polvorientos. Reconocer la dureza de las pistas talladas a pico en el Coll de Balaguer o el hacinamiento entre las paredes desnudas de la iglesia de Cabassers es saldar una deuda con la memoria de aquellos hombres cuyo calvario quedó sepultado durante décadas por lo que hoy llamamos memoria histórica.