Cartel de Pianos Ortiz y Cussó
Historia
La industria pianística barcelonesa que conquistó los grandes auditorios y mercados internacionales
A principios del siglo XX las marcas de pianos impulsaron alianzas comerciales con intérpretes y convirtieron a Barcelona en un referente industrial
A principios del siglo XX el piano no era solo un instrumento musical, sino un símbolo de estatus social. Hoy, en las salas de conciertos, la marca del piano pasa desapercibida. En la época de la que hablamos la crítica musical le daba mucha importancia a las empresas fabricantes de pianos. En los programas de mano y en las crónicas periodísticas se hablaba de ellas, pues patrocinaban a los concertistas y buscaban una buena publicidad para aumentar sus ventas en detrimento de la competencia.
En 1883 se llevó a cabo en Barcelona un concurso para saber cuál era la mejor marca de pianos. Se debían enfrentar Carlos Gumersind Vidiella, asociado a los teclados franceses de la casa Érard, y Juan Bautista Pujol, defensor de la firma Steinway. Aunque Vidiella declinó participar el episodio evidenció la apasionada vinculación entre pianistas, casas comerciales y fabricantes. Otro ejemplo es la carta que mandó Isaac Albéniz a Joaquín Malats el 6 de junio de 1907 desde París...
«Vi a Blondel y le hablé; el hombre se halla algo resentido contigo, pues afirma que en todos tus conciertos jamás tocas los Erard [...]. Si vienes a París o tocas en Francia no tienes otro remedio que echar mano de los Erard, pues los Pleyel son malísimos; dadas todas estas consideraciones, creo sería obrar con alta política el hacer de nuevo las amistades con Blondel...».
En Londres un concertista dependía de los teclados suministrados por la barcelonesa Ortiz & Cussó. En España con los Navas para acceder a un Steinway, mientras que en el mercado francófono el monopolio de Érard imponía sus reglas frente a competidores directos. Tocar un instrumento determinado no era una decisión estética, sino un acto de alta diplomacia comercial.
Barcelona, a finales del siglo XIX vio cómo se pasaba de pequeños talleres artesanales, orientados a una demanda local de bajo coste, a construirse fábricas capaces de competir en las exposiciones industriales de 1860, 1871, 1877 y la Exposición Universal de 1888, junto a las más distinguidas firmas europeas, como la inglesa John Brinsmead and Sons, las francesas Henri Herz, Ruch o Michel & Broussell, y la alemana J. Mayer.
A principios de 1900 se producían en Barcelona cerca de los 2.500 pianos anuales. Una parte se destinaba a la exportación a las Antillas, Centroamérica y América del Sur, compitiendo con la producción continental. Entre la nómina de fabricantes locales destacan firmas que marcaron época por sus innovaciones mecánicas, la calidad de sus maderas y su agresiva visión comercial.
La firma Bernareggi, fundada en 1830, se instaló en la calle Ancha de Barcelona en 1847. Tras aliarse con el constructor francés Louis Boisselot en 1863, quien contaba con taller propio en la calle Poniente, la marca fue cambió de nombre a Bernareggi y Cía., Bernareggi, Gassó y Cía., Bernareggi, Estela y Cía. y, Pianos Estela. En las instalaciones de la calle San Olegario llegó a emplear a más de 150 operarios distribuidos en 42 secciones especializadas. Elaboraban diez pianos semanales y alcanzaron una producción de 14.000 instrumentos. Se fabricaban desde pianos verticales hasta modelos de gran cola a cuerdas cruzadas, barrado de hierro y pedal celeste, galardonados en los certámenes de París, Viena, Madrid y Burdeos.
En 1897, con Pedro Estela, la casa inauguró en la Gran Vía de las Cortes Catalanas unas lujosas oficinas y la Sala Estela, proyectada por el arquitecto Tiberio Sabater. Por su escenario pasaron figuras como Enrique Granados, Carlos G. Vidiella o Joaquín Malats. La revista Joventut llegó a calificar algunos de sus pianos como instrumentos defectuosos, muestra evidente del nivel de exigencia del público catalán.
La firma Ortiz & Cussó representó la modernidad técnica. Instalada en 1898 y refundada en 1904 como la Sociedad Franco-Hispano-Americana de Pianos y Armóniums, la empresa ubicó sus primeros talleres en la calle Ramalleras, para trasladarse a un local entre las calles Industria e Independencia. Con la dirección de Jaume Cussó, la compañía alcanzó una producción sin precedentes de mil pianos anuales. Sus modelos reducidos de media cola y cuarto de cola compitieron en precio y prestaciones mecánicas con las marcas europeas más consolidadas.
En 1905 la firma patrocinó una gira Joaquín Malats, quien elogió sin reservas la precisión del escape y la calidez de su sonoridad. Artistas internacionales de la talla de Camille Saint-Saëns, Raoul Pugno, Édouard Risler, Wanda Landowska, Gabriel Fauré y Marguerite Long dieron testimonio de las virtudes de estos instrumentos. La labor de la empresa culminó en 1914 con la apertura de la Sala Mozart, punto de encuentro de la vanguardia musical barcelonesa.
Una amplia red de talleres contribuyó al prestigio de la ciudad. La casa Chassaigne Frères, fundada en 1864 por Juan Chassaigne en la calle Fortuny y continuada por sus hijos en el Paseo de Gracia, llegó a acumular en las primeras décadas del siglo XX casi la mitad de la producción total de pianos de España, exportando con éxito a Italia, Turquía, las Filipinas y América Latina.
El constructor Mariano Guarro Guim, quien inició su actividad en 1860 en la calle Mercaders, introdujo en España el sistema de cuerdas cruzadas patentado por Steinway, desarrollando modelos con maderas tratadas para resistir los climas tropicales de Cuba, Puerto Rico y Venezuela. La firma de Juan Bautista Pujol y Cía., establecida en la calle Amalia y más tarde en el Portal del Ángel, combinó la fabricación de pianos a cuerdas cruzadas con una labor editorial publicando partituras de Albéniz, Granados, Pedrell, Vives y Morera, bajo el sello Universo Musical.
Otros fabricantes eran Francisco Arbona, Bartolomé Brusco, Charrier, Prat & Cía., Corominas y Riera, Víctor e Hijos Izabal, Poncio Auger, A. Altimira, Luis Casali, E. Daniel, Maseras y Raynard, Martín Plana, Pedro Pombia, Lope Alberdi, Francisco Cicopero, Juan Ayné, Mayol & Poch y Nogués, o Moliner y Soler. Cada piano representaba el trabajo combinado de cerrajeros, ebanistas, afinadores y fundidores. Los fabricantes barceloneses lograron elevar la artesanía local a la categoría de arte, permitiendo que la música resonara con voz propia en los escenarios de todo el mundo.