Típico rincón de la Calle de la Piedad (Barcelona)

Típico rincón de la Calle de la Piedad (Barcelona)Archivo

Historia

De arquitectura popular a escenografía neogótica en el corazón barcelonés

El Carrer de la Pietat pasó de barrio popular a escenografía neogótica mediante intervenciones urbanas que reinventaron la historia barcelonesa

El Carrer de la Pietat (Calle de la Piedad), ubicado en el corazón del casco antiguo de Barcelona, constituye un espacio de singular relevancia para comprender las dinámicas urbanísticas, patrimoniales e ideológicas que transformaron la capital catalana a lo largo del siglo XX. Situado detrás de la Catedral de la Santa Creu i Santa Eulàlia y contiguo a la Casa dels Canonges (Casa de los Canónigos), este trazado conserva partes de la Barcino romana y la época medieval.

A comienzos del siglo XX fotógrafos y editores de postales, como Ricart con su célebre serie Barcelona Antiga, inmortalizaron este rincón. Las imágenes capturan un paisaje caracterizado por el choque entre la arquitectura monumental de origen eclesiástico y los anexos modernos. Este idílico rincón fue objeto de una profunda reconfiguración arquitectónica e ideológica que alteró su fisonomía física y simbólica.

Durante la Baja Edad Media y posteriormente las fincas circundantes al Carrer de la Pietat albergaron residencias vinculadas al estamento eclesiástico, dependencias del capítulo catedralicio y viviendas nobiliarias. Con el paulatino cambio en las estructuras socioeconómicas del centro histórico, durante los siglos XVIII y XIX, la composición urbana sufrió un proceso de densificación y subdivisión funcional. Las antiguas estructuras patricias se fragmentaron para dar cabida a viviendas de alquiler popular, talleres artesanales y pequeñas dependencias comerciales.

Esta evolución dejó una clara huella en la morfología de las fachadas y los espacios comunes. Los muros de sillería de piedra Montjuïc, originarios de los siglos XIII al XV, fueron rehechos, parcheados con mampostería común o cubiertos con revoques de cal descorchados por la humedad. Las antiguas ventanas de tracería o arcos conopiales fueron tapiadas o sustituidas por balcones rectangulares sencillos con barandillas de forja industrial, respondiendo a las necesidades de iluminación y ventilación del habitar contemporáneo.

La escasez de espacio interior propició la aparición de adiciones voladas sobre la vía pública. Como se documenta en las fotografías antiguas de la firma Ricart, eran habituales las terrazas apoyadas en pies derechos de madera o delgadas columnas metálicas, acompañadas de pérgolas, emparrados, huertos urbanos a pequeña escala y marquesinas improvisadas. Estos elementos aportaban una dimensión utilitaria y orgánica a la calle, reflejo de una comunidad urbana viva pero empobrecida, distante de cualquier idealización monumental.

A partir del primer tercio del siglo XX, coincidiendo con la preparación de la Exposición Internacional de 1929 y prolongándose durante la posguerra, el Ayuntamiento de Barcelona impulsó un plan de reordenación del casco antiguo. Concebido e instrumentalizado por intelectuales, políticos y arquitectos historicistas como Adolf Florensa o Ramon Reventós, el proyecto tenía como objetivo dotar a la ciudad de un distrito histórico homogéneo de estilo neogótico que sirviera como símbolo identitario y atracción turística.

Hasta ese momento la denominación de Barrio Gótico no existía como categoría administrativa ni histórica formal. La zona se conocía como el barrio de la Catedral. La creación del Barrio Gótico implicó una intervención directa y radical sobre el tejido urbano construido, fundamentada en los principios de la restauración estilística e historicista enunciados en el siglo XIX por Eugène Viollet-le-Duc.

Las actuaciones en el entorno del Carrer de la Pietat se guiaron por tres criterios principales. Se derribaron inmuebles de época moderna y decimonónica considerados carentes de valor monumental o que obstaculizaban la visión de los elementos medievales subyacentes, como los paños de la muralla romana o las capillas catedralicias.

Se procedió a pulir las fachadas para eliminar los morteros y revoques posteriores, dejando la piedra vista. En aquellos puntos donde la arquitectura gótica original había desaparecido o nunca había existido, los arquitectos diseñaron e instalaron elementos neogóticos, imitando la época medieval, añadiendo ventanas geminadas con arcos de medio punto o apuntados, escudos tallados en piedra, impostas esculpidas y balaustradas de piedra calada. Muchos de estos elementos provenían de otros edificios derribados en diversas partes de la ciudad debido a la apertura de la Vía Layetana.

Las estructuras voladas, las pérgolas de madera, las casetas de azotea y los tenderetes domésticos fueron retirados por considerarse postizos o elementos que degradaban la dignidad histórica del entorno. El rincón capturado por la fotografía de Ricart ejemplifica de manera paradigmática esta transición desde la arquitectura popular hacia la escenografía historicista.

En la imagen histórica sobresale una amplia terraza-balcón construida sobre la estructura inferior de una fachada de mampostería. Sostenida por delgados soportes verticales y rematada por una estructura de vigas de madera a modo de pérgola con vegetación. Esta edificación representaba una adaptación funcional moderna para ganar espacio exterior y luz natural.

Durante las campañas de intervención lideradas por Adolf Florensa a partir de los años treinta, este elemento fue eliminado por completo. El criterio imperante rechazaba la presencia de madera vista o estructuras ligeras por considerarlas impropias de la solemnidad del entorno catedralicio. En su lugar se consolidó el muro mediante el reuntado de la piedra, regularizando la mampostería y eliminando las huellas del uso doméstico popular. Los vanos rectangulares de carpintería sencilla fueron sustituidos o perfilados con marcos de piedra labrada, unificando el lenguaje visual de la calle con la estética medieval dominante.

Lo que ocurrió en el Carrer de la Pietat resume muy bien la paradoja del Barrio Gótico. Para inventar el decorado medieval idealizado que vemos hoy, hubo que borrar la vida real que lo había habitado durante siglos. La intervención logró salvar y destacar ruinas romanas y restos góticos de enorme valor, pero lo hizo a costa de hacer desaparecer las huellas de la gente común y sustituir un barrio vivo por una escenografía impecable. Comparar la foto de Ricart con la calle actual no es solo un ejercicio de nostalgia. Es la prueba más clara de cómo Barcelona decidió reinventar su historia sobre la piedra.

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