Del cosmos de Newton a las aulas de CordellesGenerada con IA

Historia

Del cosmos de Newton a las aulas de Cordelles la ciencia moderna transformó la Cataluña del Setecientos

La obra fundamental de Newton revolucionó la física y Tomás Cerdá la introdujo y enseñó en la Cataluña ilustrada

En el verano de 1687 la imprenta londinense de Joseph Streater publicó una obra dividida en tres libros titulada Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, escrita por Isaac Newton que, en aquel entonces, era profesor lucasiano de matemáticas en el Trinity College de Cambridge. Newton no buscaba resolver problemas puntuales de la mecánica celeste o de la geometría de curvas, sino articular una síntesis definitiva entre la descripción matemática abstracta y el comportamiento de la materia observable.

La publicación de los Principia, impulsada y financiada por el astrónomo Edmond Halley ante las limitaciones presupuestarias de la Royal Society, marcó un punto de inflexión con la física aristotélica y con las hipótesis mecanicistas de Descartes. Mientras que los cartesiano-gasendistas explicaban los movimientos planetarios mediante vórtices de materia sutil no cuantificada, Newton introdujo definiciones formales y leyes del movimiento.

La estructura interna de los Principia se estructura en tres axiomas o leyes del movimiento. El primero establece la tendencia de todo cuerpo a mantener su estado de reposo o de movimiento rectilíneo uniforme a menos que sea obligado a cambiar dicho estado por fuerzas ejercidas sobre él. El segundo axioma cuantifica la variación del movimiento como proporcional a la fuerza motriz impresa, sucediendo en la dirección de la línea recta en que tal fuerza se imprime. El tercero la equidad y oposición de la acción y la reacción.

El Libro I, titulado De motu corporum, analiza el movimiento de los cuerpos en medios no resistentes, desarrollando la geometría elemental de los límites que serviría de soporte a su método de las fluxiones.

El Libro II aborda el movimiento en medios resistentes, un tratado de hidromecánica ideado en parte para refutar la teoría cartesiana de los vórtices, demostrando que los remolinos de fluido no pueden reproducir las leyes del movimiento planetario observadas por Johannes Kepler.

El Libro III, titulado De mundi systemate, aplica estas leyes mecánicas al cosmos. Mediante la deducción de la Ley de Gravitación Universal, que postula la atracción gravitatoria entre dos masas es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa, Newton logró unificar bajo una misma ley matemática el movimiento de la Luna en torno a la Tierra, las órbitas elípticas de los planetas alrededor del Sol, las perturbaciones de las órbitas de los cometas y la variación periódica de las mareas oceánicas.

Durante la primera mitad del siglo XVIII, la penetración de los Principia en España fue lenta y fragmentada. El predominio del método escolástico en los planes de estudio universitarios y el celo de las autoridades frente a las implicaciones metodológicas de la física moderna relegaron el estudio de la física newtoniana a círculos muy reducidos. Las primeras recepciones del cálculo newtoniano e infinitesimal se dieron a través de las obras de divulgación de autores franceses e italianos, así como mediante la labor de la comunidad de los novatores.

En este contexto la figura del jesuita Tomás Cerdá (Tarragona, 1715 - Barcelona, 1791) desempeñó un papel central en la introducción reglada de los postulados newtonianos en Cataluña. Cerdá se integró en la Compañía de Jesús y demostró una aptitud singular para las ciencias exactas. A mediados del siglo XVIII la orden decidió enviarlo a Marsella para completar su formación en matemáticas avanzadas, astronomía y física experimental, entrando en contacto con los textos de cálculo infinitesimal y la mecánica newtoniana que circulaban por Europa.

A su regreso a Barcelona se gestó la creación de un marco institucional específico para la enseñanza de la matemática moderna. En agosto de 1756 las autoridades del Real Colegio de Nobles de San Ignacio, situado en la calle de Cordelles solicitaron la dotación de una cátedra pública. La iniciativa fructificó mediante la Real Cédula emitida por Fernando VI en octubre de 1757, que instituyó la Cátedra Pública de Matemáticas del Colegio de Cordelles y asignó a Cerdá como su primer titular.

A diferencia de las lecciones universitarias tradicionales, impartidas en latín y ceñidas a la geometría euclidiana clásica, la Cátedra de Cordelles abrió sus puertas tanto a los colegiales como a estudiantes externos y profesionales de la ciudad. Cerdá impartió sus enseñanzas en castellano con un enfoque pragmático y riguroso. Para articular el curso redactó y publicó obras docentes de referencia, entre las que destacan sus Licones de Mathhemática o Elementos Generales de Arithmética y Algebra (1758).

El aspecto más relevante del magisterio de Cerdá fue su trabajo con el método de las fluxiones, la formulación del cálculo diferencial desarrollada por Newton. En la correspondencia que de él se conserva con figuras internacionales, como el matemático inglés Thomas Simpson, autor de The Doctrine and Application of Fluxions (1750), Cerdá reconoció el uso de la obra de Simpson como modelo conceptual para desarrollar sus lecciones.

Elaboró un manuscrito titulado Tratado de Fluxiones, ideado para sus alumnos de Cordelles. En este texto abordaba el cálculo de las fluxiones, las derivadas newtonianas como razones del cambio de las cantidades fluentes a lo largo del tiempo. La particularidad del trabajo residía en su capacidad didáctica. Aunque la fundamentación teórica y la concepción de la variación del movimiento provenían de la física de los Principia de Newton, en sus notaciones integró elementos del cálculo diferencial de Gottfried Leibniz para facilitar la operativa algorítmica de los estudiantes.

Este manual representó uno de los primeros intentos de estructurar la enseñanza del cálculo diferencial e integral sobre premisas newtonianas dentro de un aula pública. A través de las lecciones dictadas en Cordelles entre 1757 y 1764, la física cinemática y la geometría analítica requeridas para la comprensión de los Principia pasaron a formar parte del acervo intelectual de los técnicos, marinos e ingenieros ilustrados que se formaban en Barcelona.

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767 la Cátedra sobrevivió al cambio institucional e influyó en la formación de las enseñanzas técnicas promovidas por la Real Junta de Comercio de Cataluña a finales del siglo XVIII. Las herramientas conceptuales de la mecánica newtoniana, el análisis de fuerzas, la resistencia de materiales, la hidrostática y la dinámica geométrica, consolidadas a partir de la lección inaugural de Cerdá, proporcionaron el sustento teórico que la incipiente industria de la transformación y la ingeniería civil catalana requirieron en los albores del siglo XIX.