Manuel Gibert, militar y abogado barcelonésArchivo

Historia

El prócer que pasó de los bailes en un convento al Plan Cerdá, el Liceo y el ferrocarril

Manuel Gibert, militar y abogado barcelonés, promovió la fundación del Gran Teatro del Liceo y financió el Eixample y ferrocarriles

El 20 de marzo de 1814, un joven teniente de la Milicia Nacional aguardaba en el puesto fronterizo de La Junquera. Tenía diecinueve años, se llamaba Manuel Gibert Sans, y formaba parte de la escolta dispuesta para recibir a Fernando VII, el rey por cuya restitución el país se había desangrado durante seis largos años de contienda contra las tropas de Napoleón. El monarca cruzó la frontera sin grandes gestos heroicos ni discursos solemnes. En su lugar se presentó devorando un cuarto de pollo asado envuelto en un estrujado papel de estraza. Aquella imagen de rusticidad absolutista quedó grabada en la memoria de Gibert.

Nacido en Barcelona en 1795, Gibert provenía de una estirpe de profesionales del derecho. Su abuelo Vicente, notario de profesión, había publicado en 1828 un influyente manual sobre el arte de la escribanía titulado Teórica del arte de Notaría. Su padre había ejercido también la abogacía. Manuel estudió en la Universidad de Cervera. El ejercicio del derecho no absorbió por completo su actividad. A lo largo de su vida Gibert compaginó la práctica legal con la carrera militar, la política institucional, los negocios ferroviarios y la promoción de espacios culturales.

Tras el fallecimiento de Fernando VII las tensiones políticas entre absolutistas y liberales derivaron en episodios de violencia urbana y motines anticlericales, conocidos popularmente como bullangas, motivados en gran medida por el alineamiento de las órdenes religiosas con la causa carlista. En este contexto de inestabilidad Gibert asumió el mando del 14º Batallón de la Milicia Urbana y luego el Batallón número 8 de línea, con cuartel en el antiguo convento de Montsió. La Milicia Nacional funcionaba como una fuerza de seguridad integrada por ciudadanos que sufragaban parte de sus propios equipamientos. Ante la precariedad de recursos a Gibert se le ocurrió organizar una serie de bailes de pago en el propio recinto del cuartel.

El éxito económico de aquellas veladas llevó a la tropa a habilitar una estructura escénica estable para representaciones de teatro y ópera. Al constatar la falta de actores y cantantes formados en la ciudad, Gibert promovió la creación de aulas de declamación y música. De aquella iniciativa castrense de auxilio financiero nació en 1837 la Sociedad del Liceo Filarmónico-Dramático de S.M. la Reina Isabel II, embrión del actual Conservatorio Superior de Música del Liceu.

Gibert, junto a su socio y amigo Joaquim de Gispert, gestionó ante la regente María Cristina la cesión de los terrenos desamortizados del convento de los Trinitarios Descalzos, situados en la Rambla. Para acometer la construcción del Gran Teatro del Liceo aportó de su patrimonio personal cuatrocientas mil pesetas, cantidad que la sociedad le compensó mediante la entrega de la propiedad de un palco y veinticuatro butacas de platea. Nombrado primer presidente de la junta rectora y posteriormente presidente honorario, Gibert vinculó su nombre al coliseo lírico de por vida. Décadas después, cuando un incendio destruyó el teatro en 1861, no aportó nuevo capital, pero cedió los derechos que poseía sobre un local comercial de la planta baja para facilitar la reconstrucción del inmueble.

A mediados del siglo XIX Barcelona seguía siendo una ciudad amurallada. La alta densidad demográfica y las deficiencias sanitarias hacían necesario que fueran demolidas. Gibert, que ejerció las funciones de corregidor y de gobernador civil de la provincia, figuró entre los principales impulsores del derribo de los fortines defensivos, concentrando sus esfuerzos en la apertura de la ciudad por el sector del Portal del Ángel. En 1835 adquirió fincas agrícolas extramuros, situadas en lo que hoy constituye la Plaza de Catalunya y el arranque del Paseo de Gracia hasta la Gran Vía.

Cuando el Ayuntamiento de Barcelona careció de los fondos necesarios para encargar la topografía y los planos del futuro trazado urbano del Eixample, Gibert prestó al municipio trescientas cincuenta mil pesetas para financiar los trabajos del Plan Cerdà. En el centro de la actual Plaza de Catalunya encargo su residencia al arquitecto Oriol Mestres. En el acto de colocación de la primera piedra, presidido por la reina Isabel II, la historiografía local sitúa simbólicamente el inicio de las edificaciones del Eixample.

Su actividad empresarial se extendió a las infraestructuras de transporte. Gibert ocupó la presidencia de la Compañía del Ferrocarril de Barcelona a Mataró, la primera línea férrea de España, y dirigió la posterior prolongación del trazado hasta la estación de Maçanet-Massanes, conocida como El Empalme. Estas inversiones unidas a la gestión de sus terrenos urbanizables y a su despacho profesional, lo situaron entre los mayores contribuyentes fiscales de la Cataluña de su época. A pesar de su proximidad a la Corona, rechazó el título nobiliario que le ofreció Isabel II en reconocimiento a sus servicios públicos.

Contrajo matrimonio en 1821 con María Ángeles de Olivas de Pomareda, hija del médico militar Miguel de Olivas. El matrimonio residió en la finca ubicada en el número 12 de la calle Còdols, en la esquina con la calle Escudellers, inmueble que años más tarde sería derribado por el financiero Evaristo Arnús para la apertura del Pasaje del Reloj.

El escritor y dibujante Apeles Mestres, hijo del arquitecto que diseñó la casa de la Plaza de Catalunya, lo describió como un hombre de elevada estatura, de postura erguida, rostro surcado por arrugas, cabello cano y una mirada vivaz en la que se combinaban la severidad militar y un trato afable. Fallecido en Barcelona el 22 de septiembre de 1873. La continuidad de sus proyectos de infraestructuras recayó en su familia.

Su hija Dolors Gibert Olivas se casó con el agente de bolsa Frederic Maristany Serra. El hijo de ambos, Eduard Maristany i Gibert (1855-1941), formado como ingeniero de caminos, se incorporó a la gestión ferroviaria en la compañía MZA (Madrid, Zaragoza y Alicante), de la que llegó a ser director general. Maristany proyectó y dirigió la construcción del túnel de la Argentera en la provincia de Tarragona, una obra de ingeniería de cuatro kilómetros de longitud, trabajo por el cual el rey Alfonso XIII le concedió el título de Marqués de Argentera.